CÍRCULO DE ESTUDIOS HUMANÍSTICOS DE YUCATÁN A.C.

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Obsidiana

 

Obsidiana es la revista electrónica del Círculo de Estudios Humanísticos de Yucatán A.C., en ella se presentan textos de relevantes escritores mexicanos y extranjeros de todas las épocas, e igualmente fragmentos del qué hacer literario de los integrantes del Círcuo de Estudios Humanísticos de Yucatán A.C.

 

En este número se muestran fragmentos de poemas de Elvia Benítez Guerrero y de Indalecio Cardeña Vázquez, con los que obtuvieron el primer lugar compartiendo el Premio Nacional de Poesía "Rosario Castellanos" en 2006, organizado por la Universidad Autónoma de Yucatán, y el poema Finisterra de Carlos Montemayor (Parral, Chihuahua, 1947 - Cd. de México, 2010)

 

 Arqueología de la nostalgia

Elvia Benítez

Sólo queda en el mundo un templo de nostalgias,

se levanta en la tierra igual que las pirámides

donde los sacerdotes construían futuro.

He subido por él

al sonar los primeros automóviles del día,

espié las ventanas en letargo de máquinas,

vi estudiantes felices en la somnolencia de la calle,

mujeres de arcilla en el recuerdo de sus mercados,

maniquíes de agua entre sueños de hierro

y pájaros electrificados

en el pentagrama de sus edificios.

 

Más tarde regresarán del circo los payasos,

malabaristas  de corbata en mostradores de humo

donde algún policía

algún mimo barato con su lenta belleza,

me bailan en el ánimo del escenario triste

de los presagios hondos,

en el delirio de las oficinas.

 

Me refugio en un parque

con todas mis leyendas a cuestas,

y desde allí, la fuga del crepúsculo

es una historia de motorcitos viejos.

 

 

En la ciudad el templo es truco decorativo,

turistas de video le toman fotografías

lo esconden en sus maletas,

lo escupen sobre postales,

lo conectan en su correo,

lo proyectan al análisis de sus maquinarias,

lo someten al olvido más resistente

para comprobar si es cierto, si en teoría

la piedrita rota en el impacto de sus ídolos

el rompecabezas de la noche,

tiene un murciélago atorado

o se murió de lluvia.

 

En el templo de la risa

nada puede morir,

nada puede ser verdad o puede no ser cierto

en el templo de los encendidos

al sonar los relojes

en un país acuático de trenes infinitos,

al caer el destino por la tarde con todos

aquellos árboles que cubren de raíces

la tortuga del mundo

en el camino por donde alguna vez

la estela, no la de siempre,

la de los barcos, no eran langostas ni curiosidad barata

como un pájaro.

La estela que dejan al fumar

esos viejos que remojan su pan  en chocolate tibio

son un espejismo tal vez,

u otra razón de ser gaviota

de ser lo que no se puede repetir

en el tiempo.

 

Reconstruyen las piedras

el olvidado mapa por donde caminaron

los hombres primeros

en el acontecer de un laberinto inútil,

entre días negados a la curvatura delmundo.

No habrá silencio interrumpido

que pueda desprenderse,

no habrá insectos luminosos

entre las ataduras del milagro.

Recorrer los pasillos

para volver al centro del universo.

Al final del camino,

el templo me convoca

a olvidar el presagio de las avenidas,

se vuelve aire la puerta,

se derrumba el odio

en la tierra donde la semilla inaugura el futuro.

 

 

 

 

Las Mansiones delAire

 

Indalecio Cardeña Vázquez

 

La rueda de los katunes

 

Un bosque de cedros

extiende su aroma,

 

duermen los jaguares

en la estera de las nubes,

 

un camino de jade

conduce a los laberintos del aire.

 

Entre las volutas del sol

y la memoria de las piedras,

las voces del vaticinio

hablan de los días locos,

los corazones débiles,

las lanzas rotas en medio de la batalla,

 

anuncian la confusión de los árboles,

las esteras vacías,

las pezuñas de los venados

golpeando las olas de la playa.

 

¿Dónde estás Ix Cuzim Ha'?

¿Dónde tus pechos altivos

y las suaves columnas de canela, de tus muslos?

¿Dónde la flor de tu amor

brota, como agua en la piedra?

 

En tus manos abandono

la rueda de los katunes

y dejo que tu voz conjure

el humo del tiempo.

 

 

Finisterra

Carlos Montemayor

Entre el verano del desierto,

entre el ardiente viento de las costas

que aspiran a bañar el desierto,
entre la ensenada donde la ciudad deposita su beso de sombra
sobre el calor de las playas.
Entre muros cubiertos por la humedad
y cuerpos que deambulan eufóricos por el día y la cerveza.
Entre el aroma salobre donde la vida
escucha lentamente sus sueños erosionando sentidos.
Entre el cielo desnudo y calcinado,
sólo tan blanco como la arena de las playas y las cuevas,
firme como las rocas entre abismos marinos,
acariciado por la espuma y las embarcaciones ligeras.
Entre las piedras, la resaca y los cerros que elevan
su ancianidad poderosa sobre la hierba
y los reptiles que se adormecen bajo el llamado
grave y ensordecedor de las ballenas
refugiadas en las bahías.
Entre el vuelo sabio y orgulloso de los pelícanos
y las gaviotas que se alejan de nuestras manos
cuando quisiéramos sentir tan sólo un instante de su vuelo de espuma.
Entre el verde oleaje que estalla
contra la blancura de las playas y de las rocas,
que despedaza su espuma contra peñascos,
blancos como los sueños de todos los que han muerto
y han vuelto a vivir y han vuelto a besar la muerte.
Entre el Océano que estrecha contra sí mismo, contrasu pecho ubicuo,
contra su sexo esparcido en cada gota de su Océano,
el mar final de nuestro Golfo,
el mar que alguna vez todos seremos,
y se derrumba en él, respirando en el oleaje,
con su semen de espuma, de peces y de rocas.
Entre las horas que se transforman en una fragancia verde,
entre la sangre que no se escucha por el estrépito de las olas contra laspeñas,
aquí donde el aire es luz y sal y aroma de todo lo que es posible,
caigo, me sumerjo, grito enardecido,
como si toda mi piel se hubiera levantado entre los mares,
como si todos los corazones que he amado estallaran sobre las costas,
y beso el suelo en que ambos nos convertimos en el otro,
en el cuerpo sudado, amargo y salobre que nos cubre, 
donde brotaron todos los seres
que una vez, en el encuentro de Finisterra, conocimos.

Canto el odio, canto el rencor que estrella sus espadas
enfurecidas contra el mar que lidia con los soles, 
arrojando las mareas contra las playas y las rocas
como si alcanzara el desierto y los astros,
salando la tierra como si quisiera cegar los ojos de los astros.
Canto el odio de los amores que no tenemos ya entre los brazos
y persisten como ecos en caracoles rotos y vacíos;
la furia con que cada uno desentierra en otro lecho
los amores que en sí mismo aún escucha;
la marea ascendiendo en su isla espoleada por el mar
gritando por los cuerpos futuros,
por los amores futuros, por los sexos futuros.
Persistir como el Océano nocturno en su marejada,
bajo la luna nueva que enfría las sábanas
húmedas por nuestro sudor, sólo por el nuestro,
entre impacientes noches de rencores y dulzuras.

Canto la furia de que los cuerpos se separen,
de que su encuentro no sea eterno y estruendoso
como el de los mares en Finisterra;
la furia de que los cuerpos amen intensa y demencialmente
pero sus sexos se deshagan como arena salada y dolida
entre la pálida y húmeda noche de los sentidos;
la furia de no ser por siempre,
de que no tengan los cuerpos la altura de nuestra soberbia y nuestra dureza,
acantilados donde el otro mar que nos ama despedace su espuma
como dos bocas bajo su indomable fuerza:
mar que se abre con su aroma de siglos
y en el cuerpo de una mujer es todos los cuerpos
y en los brazos sudorosos y mordidos y lacerados es todos los abrazos.
Canto el triunfo, la ira de dos cuerpos
que estallan de ceguera y de luz,
brillantes en la noche que erosiona al amor y a los lechos.
Las espaldas donde los planetas se reflejan
hipnotizados por el combate de nuestros cuerpos desnudos,
del beso primordial de los sexos en que se desencadena 
el oleaje de todas las vidas, de todos los astros, 
sembrando recuerdos permanentes en cuerpos perecibles.
Son los labios incólumes de la luz, de la noche, de las mujeres
con pezones relucientes como astros
sin cesar llamando, titilando desde un inmemorial paraíso.
Mujeres con su sexo rutilante y oscuro
como vacíos estelares que permanecen insaciados en el espacio,
mostrando su incesante abismo, su incomparable oscuridad.
La angustia de que el amor se derrumbe en el lecho como un oleaje exhausto,
de que nos sintamos a salvo y en tierra firme
oyendo entre las sábanas el ulular del pasado
sin saber que es también el del futuro,
cuando sienten los cuerpos que algo permanece bajo el dolor,
en su deslumbrante instante.

Déjame ahora, Finisterra, aprender el canto de la dulzura,
la permanencia de las rocas o el sol de tu verano,
la firmeza del cielo sobre los mares.
Déjame, con ella, entenderlo.
Contemplar su cuerpo desnudo y sudoroso y acorde con todo,
acariciarlo como los veleros que se remontan sobre el mar
y contemplan desde el oleaje las costas y las peñas,
como la gaviota que besa tu cuerpo
en el menor suspiro de la brisa marina.
No quiero ser ya el dolor de no ser siempre,
no quiero oír el paso fugaz del verso que se lamenta de no ser
más cuando ya se ha dicho.
Déjame besar la raíz intensa en que los sexos se reconcilian con todas lascosas
y contemplan desde su océano convulso la luz de la totalidad inmóvil,
la belleza de la dulzura inmortal de las cosas.

Déjame por un momento más cantar, Finisterra,
ahora que mi cuerpo oye, y siente, y ama.
Cantar que este aire sobre el mar es como un cuerpo, 
que el vuelo del pelícano sobre la brisa es un encuentro de cuerpos,
que el brillo de las olas bajo el sol calcinante es un abrazo, 
un ser desnudo que nos llama a grandes voces,
que el calor sofocante e implacable del sol es el calor de un cuerpo.
Cantar que los ojos que miran el encuentro de los mares atraviesan entremillares de cuerpos
y gozan su cercanía sudorosa;
que las costas y las peñas
son la forma firme y durable de una desnudez implacable y dulce;
que la sombra que cae de las cuevas, de los acantilados, 
es un cuerpo que se reclina en la arena,
como yo me reclino sobre mi amiga.

Cantar que Finisterra eleva su cuerpo de rocas
y se arquea sobre sus aguas
como si el encuentro de océanos fuera un grito 
permanente elevándose sobre el mar,
ahuecándose como un cuerpo convulso por sus sentidos.
Cantar así, como si tus rocas lanzaran para siempre,
durante todas las noches y todas las mañanas,
brotando de la espuma y del oleaje,
un grito de amor, visceral, profundo,
que desde el fondo vierte en espuma un goce irrespirable
y deja el paso abierto a la vida,
a la brisa donde por siempre cantará el instante nítido de la espuma,
como una mujer que se abre de horizonte a horizonte
y nos ve naufragar en un madero de deseos, sed, hambre, sueños.

Aunque no sea perenne como el encuentro de tus mares,
aunque no sean mis ojos los que sobre la arena rueden 
con los granos rutilantes de los fósiles y la sal,
dame de tu espumoso mar y de tu verde oleaje,
de tu inmensidad convulsionada y amarga;
dame tu dulzura de cuerpos amantes, de sudorosos veranos y sudorosas mañanas,
de tus voces que tañen a rebato en cada ola;
dame la dulzura con que el mar ante tus costas
arroja la espuma sobre tu espalda
como brazos y manos colmados de versos blancos,
de versos salobres que se endulzan en las bocas,
de peces maravillosos que en las bocas se besan y ciegan.
Dame un momento, uno sólo Finisterra,
en que tu encuentro resuene en mi cuerpo convulso en el otro cuerpo,
en que tu rumor y tu oleaje que se estrella en las costas 
sea mi rumor y estallido en el otro cuerpo,
en que mi mar, mi océano, se despedace y se convierta 
en la blancura hirviente de otra espuma seminal y eterna:
así, en ese instante en que tus océanos se juntan,
en que se exalta la espuma,
déjame decir que este grito espumante es para siempre, 
que será mi voz para siempre,
oh que será mi voz para siempre.



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