Esquina1 Esquina2

Guanajuato y más
¡Visita la seccion de manuales!
Enlaces a las mejores paginas de la red y atractivos del estado.

Callejon del beso

Se cuenta que doña Ana era hija única de un hombre intransigente y violento pero por fortuna, siempre triunfa el amor por trágico que éste sea.

Doña Ana era cortejada por un joven galán, don Carlos. Al ser descubierta por su padre, sobrevinieron el encierro, la amenaza de enviarla a un convento, y lo peor de todo, casarla en España con un viejo y rico noble, con lo que, además, acrecentaría el padre su mermada hacienda.

La bella y sumisa criatura y su dama de compañía, doña Brígida, lloraron e imploraron juntas, pero de nada sirvió.

Así, antes de someterse al sacrificio, resolvieron que doña Brígida llevaría una misiva a don Carlos con la infausta nueva.

Mil conjeturas se hizo el joven enamorado, pero de ella, hubo una que le pareció la más acertada.

Una ventana de la casa de doña Ana daba hacia un angosto callejón, tan estrecho que era posible, asomado a la ventana, tocar con la mano la pared de enfrente.

Si lograban entrar a la casa de enfrente, podría hablar con su amada y, entre los dos, encontrar una solución a su problema. Pregunto quién era el dueño de aquella casa y la adquirió a precio de oro.

Hay que imaginar cuál fue la sorpresa de doña Ana cuando, asomada a su balcón, se encontró a tan corta distancia con su joven enamorado.

Unos cuantos momentos habían transcurrido de aquel inenarrable coloquio amoroso, pues, cuando más abstraídos se hallaban los dos amantes, del fondo de la pieza se escucharon frases violentas. Era el padre de doña Ana increpando a Brígida, quien se jugaba la misma vida por impedir que su amo entrara a la alcoba de su señora.

El padre arrojó a la protectora de doña Ana, como era natural, y con una daga en la mano, de un solo golpe la clavo en el pecho de su hija.

Don Carlos enmudeció de espanto, pues la mano de doña Ana seguía entre las suyas, pero cada vez más fría.

Ante lo inevitable, don Carlos dejó un tierno beso sobre aquella mano tersa y pálida, ya sin vida.

Por esto a este lugar, sin duda unos de los más típicos de nuestra ciudad, se le llama el Callejón del Beso.




Plazuela de los carcamanes

Hace más de siglo y medio que vinieron a establecerse a esta ciudad dos hermanos extranjeros procedentes de Europa, según se decía por entonces. Su apellido Karlkaman Fue degenerado en Los Carcamanes para referirse a ambos.

La vida transcurría tranquila y bonancible para los hermanos, pero un mal día, al Amanecer la mañana del 2 de Junio de 1803, corrió como reguero de pólvora de que los vecinos habían encontrado los cuerpos yertos de los hermanos Carcamanes .

Y cuentan que cuando entraron a la casa que se hallaba abierta, el cuadro que se ofrecía a su vista era horrible, trágico y espeluznante, un doble asesinato por robarlos, fue la primera hipótesis que se formó en torno a su inesperada muerte. Sin embargo la realidad fue otra. Una joven tan bella como frívola que allí vivía, fue hallada también con una tremenda herida en medio del corazón esa misma mañana del 2 de Junio.

Se puede dilucidar que la frívola doncella sostenía relaciones amorosa con los dos hermanos, el primero, poseído de profunda cólera espero a que llegara el segundo y, como acontece en esos casos, ni el selfesco ni la vida en común a través de los años fueron obstáculos para que ocurriera la terrible tragedia.

En ciega e iracunda pelea se trabaron los Carcamanes , de la cual quedó tendido Nicolás y Arturo a pesar de hallarse muy mal herido, apoyándose en la pared con las manos ensangrentadas llegó hasta donde vivía la infiel y en su propio lecho la asesinó, volviéndose luego a su casa, donde se suicidó con la misma arma homicida.. cuando las autoridades intervinieron y se corrieron los trámites de rigor, el cuerpo de Nicolás fue inhumado en el que es ahora el templo de San Francisco, y Arturo en el panteón San Sebastián.

Y cuenta la leyenda que por ese rumbo de San José, a la casa de los Carcamanes tres espectros hacen el recorrido, apenas cae la noche, hasta la madrugada, lamentado su muerte y llorando su castigo.





La carrosa infernal

Créamelo que es cierto doña Teclita; pues yo lo he visto.

- No es posible, doña Genoveva. ¿Cómo puede cruzar las calles del pueblo a las altas horas ese coche endemoniado? Sin embargo, le afirmo que muchas personas me cuentan y me cuentan; ¿pero no será nomás tornillo de su fantasía?

- Pues a mí también me consta - intervino don Simón - y muy retecierto. Que sea espanto, doña Tecla o el mismísimo demonio, ¡Jesús nos asista!, es cosa que no le puedo afirmar; y como mi testimonio, hallará mil en el pueblo; y no solamente, sino hasta personas de absoluto crédito y honorabilidad pueden asegurarlo: ahí está la familia Moreno, que no me dejará mentir: muy entrada la noche, a veces en la madrugada, de pronto rompe el silencio de las tristes callejas el ruido del coche sobre el empedrado. Es un almatroste antiguo, pesado, de muelles resistentes y engranes ruidosos. Va cubierto con camisa de lona, como si estuviera siempre resguardado del polvo y el maltrato, y lo jalan dos mulas grandes; pero lo más curioso es que no lleva quién lo guíe; es decir, carece de cochero, aunque los animales van con las riendas tirantes, como si manos invisibles lo condujeran hacia el Misterio.

- ¿Y hace mucho que se aparece? - interrogó la vecina.

- Sí dona Tecla. Este espanto o demonio data de muchos años, después de la exclaustración, allá por el 60. Había en aquel tiempo un chinacote sin escrúpulos, que fue jefe político después, llamado don Cirilo Quiroz, que con Domingo Orozco fueron tremendos. ¡Qué tiempo aquel! ¡Si viera usted cuántas riquezas se perdieron! Dicen que este señor se entretenía en fusilar con su pistolete, en sus ratos de ocio, un cuadro de Cabrera que había en el descanso de la escalera monumental del convento de San Agustín. ¡Imagine usted qué imbécil ¡ y no sólo ese cuadro era bueno, había a montón: en uno de los patios estaba un Víacrucis de extraordinario mérito, debido a una firma colonial. En Guanajuato, en la capilla del colegio del Estado, existe aún la Adoración de los Reyes un óleo que es una joya, debida a José Juárez, igual al de la Academia de San Carlos, y una Biblia políglota, edición incunable, única por su tamaño inmenso, pues extendida abarca casi dos metros, en la Biblioteca del Colegio del Estado, pertenecientes, como digo, a nuestro convento agustiniano.

- Pero es usted muy sabiondo, don Simón.

- No, doña Tecla- intervino doña Genoveva -. Mi marido fue estudiante, sino que destripó .

Pues como le decía: el general don Manuel Doblado se llevó también muchas riquezas en libros y en cuadros; pero principalmente Maximiliano; ese si no tuvo abuela. Figúrese que los Calepinos o Artes para aprender otomí, tarasco y otros idiomas de naturales, fueron a parar hasta Austria, donde deben estar. Enriqueció su palacio con obras del convento. Pues verá usted: se cuenta que Quiroz se dirigió al templo de San Agustín; los frailes se disponían a abandonar su albergue, corridos por la Reforma; el convento se quedaba solo. Fray Angel Gasca, el Padre Provincial, como el capitán de un navío, fue el último que abandonó el claustro. En el templo había la consiguiente agitación: los fieles se apretaban observando los acontecimientos. Pues como digo, Cirilo Quiroz se abrió paso, dirigiéndose al Sagrario, ¡alabado sea Jesús Sacramentado!, y rompió la cerradura sacra, deseando apoderarse de los cálices y los copones de oro; pues sí señora, tuvo el gusto de romper la pequeña puertecita y metió la mano, y, al instante, una mano fuerte e imperiosa la detuvo la diestra pecadora, evitando el desacato. Don Cirilo Quiroz lanzó un grito, con los cabellos erizados, y se retiró prontamente del altar, todo confuso. De ahí comenzó a no ser bueno, como que se hizo paralítico, como que se tirició , algo así. Verá usted: andando el tiempo
después de su muerte, comenzó por oírse ese coche que jalan mulas sin auriga; algunas gentes dicen que después de pasar la calle del Relox . . .

- ¿Cuál es la calle del Relox, don Simón?

- La misma del convento, la que ahora se llama de Alberto Soto; en la esquina de la Penitenciaría hubo una escuela que desde tiempo inmemorial la llamaban la Escuela del Rey , y arriba, sobre el muro, un viejo relox que dio el nombre a la calle, ¿sabe usted?

- Prosiga don Simón, estoy muerta de miedo.

- Pues verá usted: decía que el coche pasa por la calle del Relox; luego se va al centro, por el Hospital, deteniéndose en la Plaza. Hacia la esquina de la calle Marte, hoy Tomasa Esteves, y precisamente en el lugar en donde estuvo la Jefatura, en lo que fue la puerta de las Casas Consistoriales, se detiene la carroza y baja del interior un hombre embozado en amplia capa negra; dicen que es el alma de don Cirilo Quiroz. Al dejarlo, el coche sigue su misteriosa ruta, toma por Las Tres Caídas , sigue por el Santuario y se pierde a lo lejos. ¿A dónde va? . . . ¡quién lo sabe! Si lo mira, por las dudas póngale la cruz, no vaya a ser el diablo.

Dos meses después, llegó azorada una mañana, doña Tecla.

- ¡Ay señor don Simón! ¡Ay doña Genovevita! Hoy en la mañana barría mi calle; estaba la luna muy bella, aclarándolo todo, como que la luz eléctrica se apagó, cuando, ¿ángeles del cielo!, oigo ruido de coche: ¡haiga cosa! Lo que menos me acordaba. Dio vuelta de la primera calle de Tomasa Esteves y lo veo venir por el templo de Las Tres Caídas: el mismo coche, con su eterna cubierta de lona y sus mulas. Como viera que me iba a atropellar, me pegué a la pared y vi, señor, vi el coche, sin cochero, con las riendas tirantes; producía un ruido terrible sobre las piedras. Cerré los ojos, y cuando vuelvo a abrirlos, creyendo ser toda alucinación, veo que se pierde a lo lejos por toda la calle ¿Pero qué es eso, don Simón? ¿Qué indica? ¿Qué es lo que persigue? ¿Es alma en pena, o demonio familiar?

- Señora, como conseja, es muy antigua, y todos, viejos y muchachos, a veces nos toca ver esa carroza que, en mi opinión, la lleva el diablo, muy flojo o muy indiferente a los humanos, pues tonto deja correr los años malgastados el tiempo que debía emplear mejor en su provecho, ¿no lo cree así, doña Teclita? Y más cuando se tienen ojos tan bellos como o de usted, que no hay quien no envidie a su marido . . .





La princesa de la bufa

Dícese que en el pintoresco y bello picacho del cerro de la Bufa alienta una princesa encantada de rara hermosura, que en la mañana de cada uno de los jueves festivos del año, sale al encuentro del caminante varón, pidiéndole que la conduzca en brazos hasta el altar mayor de la que hoy es la Basílica de Guanajuato, y que al llegar a ese sitio volverá a renacer la ciudad encantada, toda de plata, que fue esta capital hace muchos años, y que ella, la joven del hechizo, recobrará su condición humana.

Pero para romper este encantamiento hay condiciones precisas, tales como que el viajero, fascinado por la belleza de la joven que le llama, tenga la fuerza de voluntad suficiente para soportar varias pruebas: que al llevarla en sus brazos camine hacia adelante sin turbación y sin volver el rostro, no obstante escuche voces que le llamen y otros ruidos extraños que se produzcan a su espalda.

Si el elegido pierde la serenidad y voltea hacia atrás, entonces la bella muchacha se convierte en horrible serpiente y todo termina ahí.

La oferta es tentadora: una lindísima muchacha y una fortuna inacabable, pero, ¿quién es el galán con temple de acero que puede realizar esta hazaña?

Por lo visto las condiciones son precarias, pues Guanajuato, el Estado que hoy conocemos, tiene más de cuatro siglos de vida y no ha habido quien cumpla los requisitos para deshacer el hechizo.




Regogium Pecastorum

Hace muchos años oí una conseja que posteriormente me han referido con todo detalle. El señor obispo don Ignacio Arciga se complacía en repetirla con calor, y aún existen personas que aseguran como absolutamente verídica esta narración.
Desde el año de 1840 no había habido en la entonces villa de Salamanca visita pastoral, hasta el año de 1872, en que el mismo señor Arciga, deseando mover a fervor los corazones creyentes, congregó a los fieles para unos ejercicios piadosos que deberían tener lugar en el templo de las Tres Caídas. Con el objeto de dar alojamiento completo para todos los ejercitantes que acudieron al retiro espiritual, que debería durar ocho días, aislados del mundo y en prácticas piadosas, abríose una puerta de comunicación con las casas que después fueron de la familia Domenzáin, y con las subsecuentes, de tal manera, que casi fue media manzana el local ocupado hasta el Teatro Juan Valle , dado el crecido número de hombres que acudieron al llamado episcopal.
Hacía ya un día que se habían cerrado las puertas, que no podrían abrirse para nadie hasta pasados ocho, cuando encontrose en una de las piezas un hombre, que se había despertado de terrible embriaguez que lo había ido a parar a aquel sitio, ni si otras personas lo habrían conducido. Como de costumbre, se había emborrachado hasta quedar sin sentido y, de pronto, volvía a su acuerdo entre las paredes grises de un templo y en un ambiente de incienso y de plegarias que en absoluto cuadraban con su vida.
Era un hombre de 45 años llamado. . . . . . (pero esto me lo callo, para no herir susceptibilidades y en atención a que todavía quedan parientes de tal persona); supongamos que respondía al nombre de don Fermín Hernández; siempre lo vieron con una cuerda terrible, entre garitos y casas non sanctas. Tramposo, blasfemador, enemigo de todo orden, gozando de la peor fama, toda su vida la había pasado en un desorden continuo; ¿cómo no extrañarse él mismo de encontrarse en un lugar del todo ajeno a sus tendencias?
Atardecía. El hombre se incorporó. Llegaban hasta él murmullos de rezos procedentes de la contigua iglesia. Aquel ambiente lo contagió por un momento, volvió los ojos a un muro y se quedó mirando fijamente un óleo. La Virgen de los Dolores, con sus siete puñales, mostraba su palidez, destacada en los grandes pliegues del manto, tan inmenso como su duelo, como dijo un poeta cristiano, mientras de los ojos bellos inmensamente corrían las lágrimas cristalinas como diamantes sobre el mármol. Era tan dulce la expresión de la imagen, que conmovió el corazón endurecido de don Fermín, quien pensó en su madre muerta, por asociación de ideas, el único ser que lo había amado, y venía a su mente el recuerdo de escenas luctuosas y ejemplos vergonzosos: el padre, con su eterno deber, enloquecido, profiriendo maldiciones y llegando a la casa con mujeres desconocidas, que originaron la separación de la esposa del imposible hogar; poco después moría su madre, de abandono y miseria; así había transcurrido su vida de niño abandonado, de joven prematuramente adiestrado en el vicio, hasta hacer de él carne de presidio, de quien todo el mundo huía. Quizás si su madre hubiera vivido siempre a su lado hubiera podido ser mejor. Recordaba sus frases: Pídele a la Virgen María cuando te veas en alguna pena. Se quedo viendo por segunda vez a la Virgen; también Ella se presentaba a sus ojos sufriente y dolorosa. No, Ella tampoco pertenecía a la clase de los felices y de los poderosos: lo pregonaban sus siete dagas atormentando el corazón maternal, puro como el de un niño. La oración subió casi sin pensar, los rezos continuaban, la Virgen en el muro seguía llorando.
Dios te salve, María, llena eres de gracia. . .
La oración, compuesta en su mitad por un ángel, y la otra el grito angustiado de la humanidad miserable inusitado, se levantó; tenía una sola idea; huir, huir hacia la taberna; sentía ya el escozor del vicio, la sed del bebedor, que solamente se apaga con más vino. Como un criminal que se esconde, así, con cautela, salió a los patios desiertos, puesto que toda la gente se congregaba en la iglesia. Legó a la puerta de salida e intentó abrirla. Imposible; las paredes estaban altas, y si se proponía escalarlas, corría el riesgo de matarse. ¿Qué hacer? Malhumorado volvió a su cuarto; de pronto sintió un dolor punzante en el estómago, mientras un sudor viscoso lo inundaba y, por último, un vómito de sangre lo acabó de postrar. El estómago, con sus úlceras gravísimas como resultado de aquel beber de tantos años.
Comprendió que su hora se aproximaba, la terrible hora de la justicia. Muriéndose, oyó ruido estruendoso, y entre el vértigo de su gravedad vió, como entre sueños, algo terrible y espantoso: unos monstruosos horribles lo cercaban, mirando fijamente con ojos sin párpados; sapos enormes, inmensos como elefantes, que tendían sus manos alargándolas hacia él; y entre tanto horror, culebras de tamaño descomunal. Volvió la vista a lo alto queriendo descansar de lo que veía en torno, y percibió unos animales indefinibles, con alas de murciélago, peludos, como con humana figura; todas las blasfemias pronunciadas por él se oían con una tenacidad de beodo; ahora la comprendía, las injurias, las maldiciones y, entre todo aquel horror, unas carcajadas siniestras y terribles.
Cuando ya casi desesperaba sintiéndose morir de espanto, vió algo deslumbrador. Todos aquellos horrores infernales se disiparon al paso de una luz suave; no, no eran los celajes del sol de aquella tarde que moría; era un resplandor de aurora que comenzó a invadir el aposento. Con aquel rosicler llegó también un perfume gratísimo e inefable; dijérase que la luz llevaba aromas que extendía por la sombras; luego en aleteo y después unas alas resplandecientes, nacaradas; por último, vió unos ángeles de hermosura supraterrena. Llevaba un túnico de tal modo lleno de luz, que no podía fijarse en él la vista, pues ofuscaba con su esplendor. Los ojos mansos, sublimes, infinitamente bellos del Cristo, se fijaron en el pobre agonizante, mientras un ángel que excedía en dignidad a los demás se arrodilló, y presentó un libro de letra menuda. Jesús fijó en él los ojos y San Miguel le dijo: - Señor. No hay en esta vida un rasgo de virtud; pero tu misericordia es infinita. Judica causam tuam . Jesús habló. Al instante que dejó de hablar se oyeron hacia lo lejos los mismo ruidos infernales; pero como alejados un poco, como en actitud expectante. Y cuando dios iba a pronunciar la sentencia inexorable, la Virgen de los Siete Puñales se animó. La veía el pobre moribundo. Inclinó el cuerpo hacia delante y, emergiendo del cuadro, se acercó a Jesús. Respetuosamente se llegó a su Hijo en actitud de adorable y pronunció estas palabras con voz llena de ternura:
- ¡Hijo mío! Ninguna acción buena ha hecho este pobre hombre en su vida; pero, ¡oh, mi Dios y Señor!, en estos momentos ha aclamado a mi maternal amor y a mi intercesión saludándome con las palabras del arcángel. Yo hago valer esa Ave María. Por tu amor infinito y único, por los fríos de Belén, por las cruentas persecuciones de Herodes, o por mi dolor inconmensurable, por tu pobre madre, transida de hambre, de miseria y de infortunio, me interceso por él.
El hombre escuchaba asombrado y expectante. María no presentaba en aquel momento su aspecto de niña tímida; ahora era la madre que se imponía, poniendo en sus ojos bellos todo su empeño; el hombre atendía; hasta él llegaban aún los rezos de la iglesia. Hacia fuera ya era de noche y, sin embargo, en aquella habitación el día estaba en toda su refulgencia con la luz de Cristo.
Jesús se levantó radiante, sublime, desbordante de magnificencia. Al verlo incorporarse, el hombre se sentía empequeñecido, todo su ser se había anulado en una infantilidad suma; para qué hablaba, qué tenía que decir, si los ojos del Nazareno se fijaban en él suavemente, misericordiosamente, dulcemente.
- Por mi Madre llena de gracia y de bendición, te concedo cinco años más en tu vida. Que esta misericordia mía te salve, hijo mío. . .
Algo como inefable melodía inundó el ambiente; se percibieron los aleteos; poco a poco fue debilitándose la luz, y la obscuridad de pronto se enseñoreó de la estancia.
Al salir los hermanos ejercitantes encontraron en el piso de la pieza a don Fermín, que yacían desangrado, inmóvil, en un profundo letargo, y todos lo reconocieron en seguida. Al instante lo acostaron en una cama y mandaron por el médico; se le prodigaron auxilios, pero hasta el día siguiente pudo recobrar la razón.
Su primer deseo fue que le hablaran a su ilustrísima, el señor Obispo Arciga, que acudió solícito; con él estuvo toda la mañana, haciendo confesión general. ¿Qué le dijo? La cadena de su vida toda maldad. Al siguiente día comulgó y desde entonces fue el más austero de los penitentes.
Pasó el tiempo. Don Fermín Hernández ya no era el mismo, todo el mundo se asombraba al verlo; estaba envejecido como si mucho hubiera vivido, pero otro al fin. De ahí fue su existencia ejemplarísima; una vez un muchacho, por consejo de unos bebedores desairados, le aventó una piedra. Al recibirla, en medio del asombro de todos, tomó el proyectil y lo besó, siguiendo su camino sin inmutarse. Se pensó en una locura; pero desde aquel suceso trató siempre de hacer el bien. Al pasar por los templos se descubría lleno de veneración y prorrumpía en preces. Asceta, prescindió de toda compañía, viéndosele siempre donde había un dolor y con ansia deseaba servir a los demás hasta con lágrimas en los ojos.
Corrió la leyenda del poco tiempo que le quedaba de vida, y entre el escarnio y entre la burla, a los cinco años justos de aquellos ejercicios del señor Obispo don Ignacio Arciga, una mañana se encontró muerto a don Fermín Hernández; algunos dijeron que por frío, los creyentes vieron confirmado el pronóstico. En la expresión de sus ojos se adivinaba una paz ultraterrena y sus labios sonreían. . .
La Virgen de los Siete Puñales pertenece a la familia Casillas. ¡Cuánta razón tiene la Iglesia para apodar la María, REFUGIO DE LOS PECADORES!




Un celebre pesquin y un portentoso sermón

El 10 de marzo de 1858 fue la batalla de Arroyo Feo, conocida más comúnmente por la Guerra de la Coalición, en la que contendieron liberales y conservadores, decidiéndose el triunfo por las fuerzas conservadoras. Como es sabido, Los Estados de Guanajuato, Jalisco, Zacatecas, San Luis Potosí, Michoacán y Aguascalientes formaron una coalición para oponerse al Plan de Tacubaya, reuniendo 7, 000 hombres con treinta piezas de artillería, que pusieron al mando del general don Anastasio Parrodi, que se situó en Celaya el 8 de marzo, donde fue sometido por el general don Luis G. Osollo, que traía 5, 400 soldados; pero habiéndose retirado a Salamanca, en Arroyo Feo se trabó un reñido combate, declarándose el triunfo por el partido conservador. Dícese que se debió a que Parrodi permaneció varios días inactivo, dejando que Osollo aumentara sus elementos de guerra, la falta del general don Mariano Moret de no haber sostenido la carga de caballería como se le había ordenado, y la conducta de don Manuel Doblado, que se mantuvo expectante, no explicándose su proceder.
El coronel don José María Calderón, valiente y pundonoroso liberal, perdió la vida en la batalle en una brillante carga de caballería y sus amigos trataron de darle honrosa sepultura en sagrado; pero don Luis Saavedra, cura de Salamanca, se opuso tenazmente, diciendo que no lo permitiría.
El general don Luis G: Osollo, al saberlo, montó en cólera, pues aunque conservador por pertenecer al ejército de Zuloaga, era un liberal en sus ideas. El triunfo de la batalla lo hacía aparecer magnánimo y dirigiéndose al señor cura Saavedra le participó que, si no permitía la sepultura en lugar sacro al cadáver de don José María Calderón, tendría que fusilarlo en la plaza para escarmiento.
Esta intimación hizo que don Luis Saavedra diera su brazo a torcer y el cadáver de uno de los más leales defensores de la Constitución reposó al pie del altar mayor de la antigua capilla del caposanto de San Antonio; en la lápida que cubrió sus restos, se puso la siguiente inscripción:
A LA MEMORIA DEL
SEÑOR CORONEL JOSE MARIA CALDERON
Murió como nació, valiente y caballero,
Su amigo y compañero,
- VALENTE MEJIA.
10 de marzo de 1858.
Don Luis Saavedra fue un hombre muy inteligente y progresista; impulsó con tesón el desarrollo de la industria sobre la fabricación de la porcelana. En el museo de Guadalajara existe cerámica que aún se admira, procedente de las fábricas salmantinas. Es conocido el hecho de que una persona, al ver una estatua de cupido cubierta con un velo de punto, quiso alzar éste, que se hizo pedazos, pues también era de porcelana hecha filigrana. Casi puede decirse que en toda la República fue el único que en aquellos tiempos consiguió gran perfección en los procedimientos, considerándosele como uno de los elementos más conspicuos para su florecimiento y desarrollo.
Por otra parte, era reconocida su intelectualidad; gozaba, además, de gran prestigio y respeto, así es que la orden de Osollo lo puso altamente disgustado.
Pero no acaban sus mortificaciones: pocos días después, una mañana, al dirigirse el señor cura Saavedra a decir la misa de siete en el templo antiguo del Señor del Hospital, habalanceando su cuerpo en un modo peculiar de andar, arrastrando sus pasos de sexagenario e inclinada la cabeza blanca sobre el pecho no reparó en el concurso de gente que se apretaba ante la puerta principal del templo, curioseando un pasquín; pero al entrar al interior del sagrado recinto, vió junto a la pileta del agua bendita un segundo grupo, que acabó por llamarle la atención, pudiendo leer las siguientes palabras en un similar papel:
Por Palma de Calderón
Aunque de ornamento blanco
de esta misa hago intención
para contentar al manco.
En sabido que a Osollo le faltaba un brazo.
Montó en cólera el señor cura y al instante se dirigió al convento de San Agustín, cuyo Padre Provincial era fray Angel Gasca, a ponerlo al tanto de lo que ocurría. Recelaba de cierto clérigo de apellido villaseñor, conocido por el Padre Villa, muy afecto a las buenas mozas, al vino y también al alburito; referíase que le gustaban las tres bes al par del alma, tanto, que por su conducta no se le confirieron nunca las sagradas órdenes. Además, el tal padrecito era muy amante de la poesía y era proverbial su facilidad para componer sonetos, así como por lo rápido de su inspiración. Transcribió en seguida dos sonetos, uno dedicado a una fiesta de barrio y el otro demasiado curioso por su desconcertante final.
LA SIRANGUA
Corramos todos con afán y gozo
Demostrando entusiasmo y alegría
Para admirar en tan risueño día
De San Antonio el barrio bullicioso
Un rato allí tendremos de reposo,
De la música oiremos la armonía;
Nos causará ilusión la simpatía

Del nexo femenino, tan hermoso

Por todos los difuntos ya rezamos
Por ellos dirigimos un momento ,
Nuestras velas y ofrendas consumamos...

Hoy por lo mismo, sin ningún tormento
A divertir tan sólo nos juntamos
En medio del placer y del contento

AL SEÑOR DEL HOSPITAL

He aquí al Galileo crucificado,
Todo su cuerpo en llaga convertido;
Su rostro encarnizado y escupido,
Su pelo y barba todo condenado

Por su labio sediento, amoratado,
Muestra sus dientes de marfil pulido
Agonizante de dolor, transido,
Y a horroroso suplicio condenado.

¿Y quién lo puso en tan menguada cuita?
¿Y quién lo colocó en ese madero?
¿Y quién martirizó su Faz bendita?

Problema de dolor que sólo infiero:
¡La culpa atroz e iniquidad maldita
por redimir a tanto majadero!



Era tan fácil la verificación del padre Villa, que en una ocasión, en la taberna de don Guadalupe Partida, conocida por el Cantón de don Lupe , que quedabas en la calle primera de Tomasa Esteves, casa que fue después propiedad de don Ismael Domenzáin, mientras el padrecito tomaba sus mezcales, entrecerrando los párpados, saboreando el licor, uno de los asiduos parroquianos llamado don Juan García, alias El Muerto , compañero de don Teófilo Araujo, le pidió le compusiera una felicitación para darle los días a un su compadre. Casi al instante brilló la llama de la inspiración en el fraile, quien dijo:

El Muerto , tu compadre, en este día
por ser de tu natal y de tu santo,
resucita, aunque muerto de alegría,
trinando en su cajón sencillo canto.



Conociendo, pues, el señor cura Saavedra que no podía venir el golpe sino del padre Villaseñor, ocurrió presuroso al convento de San Agustín, y en menos que canta un callo expuso tan discretas razones al Padre Provincial, fray Angel Gasca, que después de la averiguación respectiva y quedando confeso y convicto el padre Villa, fue encerrado en uno de los calabozos como castigo a su enconoso pasquín.

Apenas respiraba el agraviado cura Saavedra, cuando pocos días después circulaban entre la gente principal salmantina unas invitaciones para el sermón de las Siete Palabras en el templo de Nuestro Padre San Agustín prometiéndose estar brillante, dada la erudición del padre don Pablo Cárdenas y su reconocido talento.

Era éste un sacerdote bajo de cuerpo, hoyoso de viruelas, ejemplarísimo por su conducta, lleno de sagacidad y viveza, que brillaba en los ojos pequeños y movedizos. El pueblo se congregó con marcada anticipación en el santo recinto; los sacerdotes todos de las contiguas iglesias ocupaban los lugares de honor, llenándolos con las damas y caballeros, que tarde se les hacía el ejercicio piadoso, en espera de la ansiada predicación. En el altar mayor se hallaba figurado el Calvario, con el Santo Cristo empalidecido, cubierto de llagas y sangre, y a sus pies la Divina Madre, doloridamente trágica, mientras la mujer del Magadalo, a los pies de la cruz, enjuagaba sus lágrimas con los rizos áureos de sus cabellos, y San Juan, el amigo fiel, oprimía las manos con angustia. El olor del trébol, de la manzanilla y del tornillo formaban un inconfundible perfume de Semana Santa, que se mezclaba al sacro del incienso y a los aromas mundanos de los señorones.

Comenzó el rosario, siguieron las oraciones del día y llegó el instante en que el padre Cárdenas abordó el púlpito.

Fray Angel Gasca, junto al señor cura Saavedra, restregaba sus manos y comentaba risueño, anticiapándose l satisfacción que sin duda iban a tener.

- Hermanos míos -, dijo el padre Cárdenas después del exordio -. La constitución de 1857 es una obra tan señaladamente grande y un monumento de tal valía, que no encuentro frases para elogiarla. Carísimos hermanos, desde el fondo del corazón saludémosla. ¡Viva la Constitución!

Aún no acaba de pronunciar estas palabras, levantóse fray Angel, frenético, las manos convulsas, os ojos desorbitados:

- En nombre de Dios - dijo -, mando imponer silencio a ese blasfemador que osa ocupar la sagrada cátedra del Espíritu Santo para hacer política. Silencio el majadero y baje luego de ahí.

El tumulto que se produjo no fue para menos. Obedeció el predicador y sumiso se llegó ante el superior. La gente permanecía estática y desconcertada, hasta que el señor cura Saavedra, no menos indignado que los demás, dijo:

- Todos los fieles pueden retirarse, y perdonen el escándalo que por la poca caridad de ese sacerdote se levan.

¿Qué decidió el lastimado Prior? Sencillamente que el padre fray Pablo Cárdenas fuera a hacerle un poco de compañía en el encierro al padre Villaseñor, pues bien la necesitaba por hallarse, como su compañero, contaminado de herejía; uno se había burlado de la debilidad del señor cura Saavedra y el otro había intentado hacer la apología de la flamante Constitución, tan discutida en aquella época.

Un año pasó y, al siguiente, 1859, cantó su primera misa un padre de apellido Gallardo. Al estar en el desayuno de dicha fiesta, que se efectuó en una de las casa del barrio de Santa Ana, fray Angel Gasca fue abordado por varios vecinos caracterizados, quienes le pidieron perdonara a los prisioneros Cárdenas y Villaseñor. Concedió el perdón de muy buen grado y al día siguiente, después de un año de calabozo, salieron de su encierro los susodichos padrecitos, muy escarmentados por su conducta demasiado achinacada, que tanto escándalo habían sabido producir.

La mano de la exclaustración hizo desaparecer en el mismo año del 59 estos personajes.






Leyenda del usurero


Trata de un hombre que vivió en tiempos de la Revolución de 1910.

Dos o tres veces al día, cuando el hambre lo acosaba, bajaba la escalera de su casa y se habría el pesado zaguán, hermético por el resto del día.

Rápidamente cambiaba unos centavos por atole y tamales o bien por nopales y tortillas, según la hora, y sin cruzar palabra con nadie, volvía otra vez a su encierro.

La gran puerta de madera dejaba oír el crujido de sus goznes herrumbrosos, para continuar irremediablemente cerrada.

Era el usurero del Baratillo, como dio en llamarle la gente del pueblo. Hombre enjuto, de mirada extraviada, blanco, estatura regular, bigote y piocha que dejaban ver evidentemente un rostro sin afeitarse. Vestía pantalón negro y camisa que se suponía blanca en otros tiempos.

Este hombre era tan rico, que por haber acumulado tan inmensa cantidad de monedas de oro perdió la razón. Hace años que a toda hora del día y de la noche, según cuenta el vulgo, se le oye contar y recontar el dinero y gozar con el tintineo de las monedas que chocas unas con otras, dejándolas caer sobre el colchón de su cama. Ese ruido tan peculiar era toda su obsesión...

Dicen que ese tesoro provenía del montepío que tuvo en su propia casa por muchos años y por prestar con muy altos intereses.

Fue también proverbial que la gente atribuyera al sombrío prestamista esta frase: peso que no deje diez, para qué es.

Prestaba su dinero en oro y ponía como condición que se le devolviera en oro, fijando, como hemos dicho, réditos crecidísimos.

Una ocasión tropezó con un hombre demasiado listo, quien logró sacarle a plazo corto como dos mil pesos con el 25 por ciento, pagaderos en ocho días, pero que lejos de liquidarle, huyó llevándose el dinero. Dicen, que fue esta la causa definitiva de su locura.

Desde ese día para el usurero no hubo más obsesión que contar su dinero y chapotear con sus manos repletas de monedas, que dejaba escurrir para escuchar cómo sonaba al golpear unas con otras.

Los vecinos lo ven casi todas las noches, y las familias que han vivido en esa casa oyen sus pasos en las escaleras que suben o bajan, y por las noches oyen también en tintineo de las monedas.

Es el usurero del Baratillo que cuenta su tesoro, tesoro que, como hasta ahora nadie lo ha encontrado, se asegura que sigue escondido en varios sitios de la casa, pues en medio de su gran avaricia pensaba que de ese modo jamás podrían encontrarlo.




Doña Luz De Cobarrubias

Una tarde lluviosa fui a visitar a una buena amiga: la vieja Antoñita. Hacía 30 años que estaba paralítica y se movía solamente merced a una silla pequeña de tule, que cambiaba de un lado a otro. Ya era muy anciana, pues desde que la conocí, los cabellos blancos santificaban su rostro pequeñito y sonriente, como las viejecitas de cera. Su cuarto era reducido, pero limpio. Afuera había aroma de plantas y dentro un olor fuerte a guayabas. Ella, con el fuego que produce el recuerdo, tan intenso entre los seniles que no viven más que por él, porque el mundo los relegó al olvido, me relató esta anécdota. ¡Ojalá pudiera contarla con el calor arcaico con que yo la oí!.
Allá por los años de 1810 y en plena guerra de Independencia, había en Salamanca, una familia Covarrubias, compuesta de una viuda y varios hijos, entre los que se encontraban doña María y doña Luz. Esta familia era acomodada y como descendían de españoles. Era notoria la belleza de las hijas. Ambas eran rubias con ojos de color turquí. Luz era maravillosamente hermosa. Su cutis transparente y níveo, su cuerpo modelado y esbelto. Dijérase una figura de porcelana delicadamente frágil. Poesía para adorno y marco del óvalo de su rostro, un cabello tan grande como un manto, y rubio como las espigas. El cabello se la comía , decía Antoñita. Por eso tal vez era su tez pálida como la de la Virgen del Viernes Santo.
Turbada la paz de aquellos por la pérdida del padre, vivían los Covarrubias con la placidez de esas épocas perfumadas de claustro monacal. Legó la guerra y con ella sus horrores.
La madre e hijos, a pesar de su apartamiento, eran partidarios de la insurrección; ¡cuál no sería su asombro al ver llegar ante la puerta de su casa un jefe realista. En un mañana en que éstos pasaban por el lugar!
Venía acompañado de mucha soldadesca y jugaba insolente en sus patillas al hablar con la señora de la casa.
- Me llevo a Luz, es muy hermosa. Vengo por ella.
la madre había estado lista para esconder a sus hijas. Dejó que el jefe aquel buscara por toda la casa, encomendándose a la Corte Celestial y alegando que Luz estaba en Celaya con unos parientes.
El soldado juró, pateó, renegó de no hallar nada, y así dijo:
La señora que muda y trómula esperaba la revancha, que debía ser cruel:
- Tenemos que estar en Santa Fe de Guanajuato hoy mismo; pero yo os juro que, así que deje acuarteladas las tropas, vendré por Luz. Será mía por la fuerza. Mañana estaré por ella; haced que venga, y si no, afrontaréis mis iras.
Y montando en su caballo, se alejó seguido de los suyos hasta perderse por el camino del mineral.
Así que se repusieron de aquel susto, y vueltos a reunir los miembros de la familia, todos pusiéronse infinitamente acongojados. Unos opinaban sacar a Luz aquella misma noche para la tierra caliente; otros, esconderla en tal o cual casa; otros, llebarla a un convento mientras se acababan las bullas; ¡pero cómo aventurarse por los caminos! La madre, piadosa en grado sumo, se entregó a sus oraciones.
-¡Qué se haga la voluntad de Dios! ¡A él entrego mi aficción y me pongo en sus manos!
Y por la noche, puestos de hinojos ante una vieja pintura de la Santa Virgen, ninguno escaseó mimos y ternuras par la celestial Señora; pero, sobre todas la voces, sobresalía la de la angustiada madre, que ponía su confianza en el Cielo.
- Lleváosla, Virgen Santísima. Leváosla. Por vuestro Divino hijo, ahorradme esta tribulación.
Y así oraron hasta que la cera puesta ante el viejo retablo se desangró extinta.
- Recogéos, hijos míos. Luz se quedará conmigo.
Y dirigiéndose a ésta, agregó:
- ¿Tienes miedo? ¿Tiemblas?
- Mucho miedo - articuló la joven.
-¡Que se haga la voluntad de Dios! -respondió la señora inclinando la frente.
Al día siguiente, como a las cuatro de la tarde, se dejó venir hacia la casa de los Covarrubias un pelotón de gachupines, en soberbios corceles que formaban nubes de polvo.
El jefe se acercó a la puerta, decidido a echarla entreabierta.
Al ruido de las espuelas y del tumulto salía la madre.
- Aquí estoy -le dijo el español -. Ahorremos palabras. ¿Dónde está Luz?
- Pasad, está lista y os aguarda.
Abrió una puerta y se hizo a un lado para dejar pasar al ibero. Este se detuvo en el umbral con el espanto retratado en su rostro.
Rodeada de macetas y flores, Luz, tendida, se encontraba muerta, con sus ojos azules entrecerrados, su piel de alabastro y sus cabellos que ña envolvían en un manto de oro, cobijando delicadamente su cuerpo virgen.
Quedó perplejo y mudo el español y al tronar los ojos a la madre, ésta dirigía sus miradas hacia la Virgen, plácidamente, tranquilamente, en expresión de infinito amor y arrobamiento generoso. Y fue tal la sonrisa de dicha que se escapaba de aquellos labios maternales, mientras de sus ojos corrían las lágrimas, era tan elocuente la expresión de aquel sufrimiento, que con toda el alma respiraba gratitud, que el español, en un impulso, tomó la mano de la señora y depositó en ella un beso, al mismo tiempo que musitó quedamente:
- Perdón, señora. Perdonadme.
Y dando órdenes salió con sus soldados.
Así me platicó la vieja Antoñita y me despedí conmovido. Hubiera querido saber más; pero ya era muy tarde. Fue la última vez que la vi, pues por esos días llegó la muerte y se llevó su flaco cuerpecillo y sus narraciones cautivadoras. ¡Con cuánta melancolía rememoro aquella tarde lluviosa, en que, con olor de sales hacia fuera y dentro un perfume de guayabas, escuché la historia de la muerta de ensueño.
Quizá si en lugar del español hubiera llegado el que ella guardaba por las noches y hubiera besado sus labios helados, tal vez se habría alzado de la tumba, resucitada por el amor, como en los cuentos azules de las hadas.




Misa Macabra

Tin tan, tin tan, tin tan, tin, tan.

Es un repique que en medio de la noche sorprende a algún vecino desvelado y que procede de las tristes campanas del Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, conocido más comúnmente por el Santuario convidando a la misa de alba; hay personas que han escuchado hasta dos llamadas, pero no más, y esto regularmente es tiempo de cuaresma. Las campanas suenan con extraño rumor y la esquila tiene cadencias desconocidas y extrañas: el vecino que se aventura a salir de casa dirigiéndose al santo recinto, encuentra pocas personas, que se hallan diseminadas en la nave esperando el sacrificio incruento. El altar aguarda con sus cirios prendidos, después de un rato sale el padre revestido con ornamento negro, y comienza la misa. Lo más extraño es que nadie la ayuda, y así transcurre la ceremonia con todos sus misterios, hasta que llega el Orate Fratres, en que el oficiante se vuelve al pueblo y puede verse que es un forastero, sacerdote que nadie conoce. Por fin llega la bendición, que no da como la liturgia pide en las misas de difuntos, y termina con el último evangelio. Al salir de la iglesia el transeúnte trasnohador, a poco andar a la realidad unas horas, escucha atento: son las doce; la hora de las apariciones y de los espíritus. Si por acaso aún está cerca del Santuario y vuelve la vista, se sorprenderá de que está obscuro y cerrado, con un silencio profundo, sin asomos de que se haya abierto durante la velada.
Tin, tan, tin, tan, tin, tan, tin, tan.
Otras veces, al oír el llamado de la esquila, la persona que se aventura llega al templo creyéndolo abierto, y al encontrarlo con una paz sepulcral, al darse cuenta de lo que sucede, más que de una risa procede a regresar a casa, con escalofríos de pavor, temiendo verse seguido por almas en pena.
Una noche, por el año de 1857, había aprehendido la policía al cuñado de don Pedro Jalpa, llamado José, y era en ese año comandante don Jesús Rodríguez, muy allegado y hasta compadre de los esposos Jalpa. Dialogaban estos señores sobre la cuerda del día siguiente y temiendo por don José, dijo don Pedro:
- Habla temprano con mi compadre Rodríguez, a ver qué puede hacer por tu hermano.
Doña Jerónima le contestó:
- Soy de tu parecer; pero sale casi amaneciendo; habrá que madrugar.
Y con esta disposición se recogieron.
Transcurría la noche; de pronto se despertaron al oír un repique.
- Ya debe ser tarde -dijo doña Jerónima, y procedió a levantarse.
- Oye -agregó -están llamando en el Santuario; me voy a la misa; deben ser ya las cuatro.
Doña Jerónima Jalpa salió y dirigió sus pasos hacia el templo. Delante de ella caminaba una vecina con el mismo rumbo.
- trinidad -le dijo al reconocerla -, espérame.
Pero la joven, sin atenderle, apretó el paso y se metió a la iglesia.
El templo, apenas alumbrado por los cirios del altar, se hallaba casi solo: un anciano hacia la derecha, y Trinidad, que se adelanto por la nave. Doña Jerónima Jalpa se detuvo en la puerta.
- Aquí me quedo -se dijo -; no sea que pase mi compadre Jesús con el caballo y no lo vea.
Comenzó la misa. Una preocupación la invadió: -¡Cuán floja es la gente; dizque tres oyendo misa nomás! ¡Lástima que nosotras no podamos ayudarla! Pero ¿cómo ese viejito no lo hace? Ya me dan ganas de indicárselo; en buen aprieto se verá el padre! ¡Y es de difunto! ¿Por quien se aplicará?
La ceremonia terminó y salió doña Jerónima. El viento frío de la noche agitó su tápalo y al instante sonaron las doce.
-¡Las doce, Santo Dios! ¡Misa a las doce en cuaresma!
Un estremecimiento de angustia recorrió su cuerpo, volvió la vista, y solamente halló la mole obscura del templo sumido en el silencio. Regresó a su casa muerta de miedo.
Otro día inquirió a la joven vecina.
- Trinidad; ¿saliste anoche a la iglesia, como a las doce?
- Imposible, señora. Muy dormida me encontraba a esa hora y usted sabe la vigilancia que mis padres tienen conmigo. Si de día es tan minuciosa, de noche no tendría igual.
¡Qué horror! Hasta entonces comprendió que había asistido a una misa macabra, acompañada de tres almas en pena.
Hacía una noche espléndida; la luna iluminaba las calles con su fulgor de leyenda, aclarándolo todo; la gente sacaba sus sillas a la puerta de las casas o se sentaba en los poyitos y conversaban de sus asuntos serios o baladíes y todo era animación y contento. En las ventanas, tras de las rejas, las muchachas enamoradas escuchaban con tierno apasionamiento, exacerbado por la noche en ensueño, las dulces palabras de los galanes, mientras sonaba el toque de la queda en los viejos bronces de los templos.
Al mesón de San Antonio , entonces ubicado en la calle de Las Carreras , se llegó don Ponciano Rodríguez, acompañado de sus arrieros, para disponer el pienso de las recuas y salir muy de mañanita en busca del tabaco a la tierra caliente , tan distante y misteriosa. Por un momento el mesón disfrutó de más acentuado trajín y habiéndolo dispuesto de la mejor manera, don Ponciano se encaró con el huésped para recomendarle del modo más atento vigilara que sus hombres no salieran durante la noche, para no tener qué demorar la salida, pues había que adelantarle al sol .
Ya cada quien de los arrieros tenía en su bolsa de ayate el manojo que deberían comerse durante algunos días, a la sombra de algún árbol, y teniendo frente a sí el camino polvoso e interminable, y lo componían gorditas de elote, de trigo, tamales agrios, quesos y tortillas que sus amantes mujeres habíanles preparado cuidadosamente.
Don Ponciano salió, que para algo era el amo y el jefe de la expedición, y se encaminó por las calles, a encerrarse a su domicilio, en tanto sonaban las tres de la madrugada para volver al mesón y salir luego.
Los hombres, en tanto, con sus cigarros de hoja, charlaban echados sobre los petates; algunos pensaban en las sorpresas que el viaje les depararía, otros en los cuidados que dejaban y en los encargos que las viejas les hacían; los más en las ganancias seguras del tabaco y piloncillo realizadas a base de trueques, y todos llevaban en recuerdo de sus hogares, de la casa cerrada de órganos y nopales den donde quedaba la mujer moliendo en la cocina de humo; en los chicos que encontrarían extraño el hueco que el padre dejara por varios meses; en el buey manso y en el burro paciente... Poco a poco las conversaciones se fueron acabando y el suelo pronto rindió los cuerpos fatigados por la brega ruda del día.
Ya hacía mucho tiempo que habían sonado las doce, cuando de pronto se oyó un repique.
- Tomás -dijo uno de los mozos moviendo a un compañero que roncaba -despierta, ya están llamando la misa de cuatro.
-¿Es posible, Antonio? -dijo incorporándose y desperezándose -. ¿Ya es tantarde? Aunque mira, todo el mundo duerme y, además, el amo ya debía estar aquí.
A poco sonó un segundo repique.
- Tienes razón -dijo a su compañero -. Levantémonos, pues.
- Oye Tomás -siguió Antonio -son en el Santuario las llamadas. ¿Te parece que vayamos a oír la misa en tanto salemos ? Vale que está cerquita. ¿ queres ?
- Ahí tu verás. Vamos, pues, quialcabo no está de más pedirle a Dios por los que dejamos.
Con esta disposición se dirigieron al zaguán y abrieron la maciza puerta asegurada con dos toscas cerraduras y una enorme cadena, y salieron.
Las calles estaban desiertas, el aire frío del amanecer penetraba sutil en sus cuerpos apenas defendidos con las cobijas, dieron vuelta y se llegaron al templo.
La puerta estaba abierta; entraron. La nave estaba sola; el altar esperaba con sus cirios prendidos. Los arrieros devotamente se persignaron; a poco por la puerta de la sacristía salió el sacerdote, revestido con casulla negra y empuñando el cáliz, que cubría con paño negro también, denotando ser misa de difuntos. Al ver que nadie acompañaba al oficiante, Tomás hizo una seña a Antonio y éste se adelantó, abriendo la puerta del comulgatorio para disponerse a ayudar al sacrificio.
Comenzó la ceremonia. El sacerdote recitó los salmos de David, siguió con el Introito, el Kyries y las demás oraciones; siguió el Evangelio, el Credo, el Ofertorio y el Lavado, y al formular las palabras del ritual Orate Fratres . El oficiante se volvió, y entonces una emoción indefinible de terror se apoderó de los dos oyentes: el sacerdote tenía el rostro lívido de la tumba, las cuencas, obscurísimas, hacían más intensa la palidez terrosa; las manos se alargaban descarnadas y la voz salía difícil, trabajosa, silbante, de entre los pocos dientes, cavernosa e intermitente.
Tomás instintivamente quiso salir, pero encontró cerrada la puerta; las velas se apagaron súbitamente, quedando todo en absoluta obscuridad y, dos gemidos salidos de los pechos de los arrieros, retumbaron en las bóvedas y después todo quedó en silencio.
Al día siguiente el sacristán, al abrir las puertas de la iglesia para la limpieza cotidiana, halló dos hombres desmayados, uno junto a la mesa del altar y el otro tirado cerca del cancel. Se hicieron las averiguaciones y don Ponciano Rodríguez, que por la ausencia de sus arrieros había

suspendido el viaje, juzgó no tratarse en el presente caso sino de una borrachera que los mozos habían tenido, yendo a dar inconscientes hasta la iglesia y no le dio mucha importancia; sin embargo, con días de anticipación, ambos compañeros bajaron al sepulcro por el susto mayúsculo que sufrieron.




Otras veces, cuando doblan las ocho recordando el toque de ánimas arcaico, sale del santuario la figura de un fraile, y pasea por las calles adyacentes sus silueta envuelta en negra sotana.

Estos repiques que llaman la misa de media noche, aseguran innumerables personas que los han escuchado, y se cree que el padre cuya alma anda en pena, es don José Guadalupe Valencia, cuyo retrato adorna las paredes de la sacristía, en un óleo descolorido, y a quien se atribuye que debía algunas misas, pues poco después de su muerte comenzaron a oírse esos repiques, particularmente en tiempo de cuaresma. De este sacerdote se afirma que no podía caminar ya, hacia el fin de su vida, a causa de los cilicios que en su carne se incrustaban, y era tradicional su ascetismo, mansedumbre y bondad, y tan amante de la música, que a pesar de su austeridad decía que la música sabía encender lo que los años apagaban .

Tin, tan, tin, tan, tin, tan, tin, tan.

Junto a los limosneros, naranjos y cedros se acurruca el templo misterioso en donde pena le alma del padre Valencia. Si oís el repique, permaneced en vuestra cama, no fuera a ser que, creyéndoos en la madrugada, vayáis a ver al padre deudor y a codearnos con espíritus que asisten ala macabra ceremonia.






Callejon del truco


La gente que allí vive, asegura que una sombra de varón, vestido a la usanza, con larga capa, sombrero de ancha ala calado hasta las cejas, de modo que sólo deja de ver dos chispas a manera ojos sobre el rostro pálido y desencajado, se desliza apresurado a lo largo de esta calle cuando el silencio y las sombras de la noche son completas.

Es la sombra de Don Ernesto, que sigiloso se detiene delante de una puerta y llama tres veces. Se oye un chirrido de ultratumba y entra el caballero. Es la Casa de Juego, a la que sólo van los más ricos. Se juega en grande: primero las bolsas repletas de oro, después las fincas, luego las haciendas. Es mal día para don Ernesto. Ha perdido tres o cuatro de sus mejores propiedades. Está nervioso como nunca. La fortuna le ha dado la espalda. Hace un recuento en la mente y advierte que lo ha perdido todo.

No todo, amigo, aún queda algo de valor .
- ¡El diablo lo supiera! ¿Qué es?
- Y va en una jugada por cuanto habéis perdido, en el primer albur - agrega la primera voz.
Don Ernesto, fuera de sí exclama:
- ¿A qué os referís? ¡Decidlo de una vez!.
- ¡Calma, calma! - Agrega el contrincante.
- ¡Qué tenga vuestra madre! - grita de nuevo el desafortunado caballero.

Su adversario se inclina sobre la mesa para musitar unas palabras al oído de don Ernesto...
- ¡No por Dios! ¡Ella no! - grita el perdidoso en el colmo de la exaltación.
- Resolveos, así podréis recuperar vuestras riquezas ...

Transcurren unos instantes de lucha en el interior del jugador, y al fin exclama:
- ¡Sea pues! ¡A la carta mayor!
Su amigo, parsimoniosamente, coloca sobre la mesa dos cartas; una sota de oros y un seis de espadas...
- ¡A la sota! - grita don Ernesto temblando de emoción.
Se deslizan los naipes fatídicos... siete de bastos, tres de oros, caballo de copas y al fin aparece la carta maldita, el seis.
- Perdéis nuevamente .

El caballero queda mudo, sin moverse, como desplomado sobre sí mismo.

Ha jugado a su bella esposa. Es hombre de palabra y tiene que cumplir.

Esa vez su adversario fue el propio diablo, por eso don Ernesto no vio una sola jugada.




Minuto Eterno

Aún recuerdo con emoción el misterioso y poético relato acerca del plagio de Luis Santander en mi pueblo natal. Cuando al calor del hogar lo escuchaba en mi niñez de los labios de gente vieja, mi interés se mantenía en suspenso y cuando me retiraba a mi estancia, desfilaban en mi memoria aquellos bandidos deslumbrantes de plata que acaso rondarían nuestra casa con aviesas intenciones, mi sueño de niño huía. Quiero contarlo como lo oí y protesto fielmente que es verdad todo lo acontecido.
Una hermosa mañana de tiempo de aguas en que el cielo está nublado y lloroso y un aire sutil y fresco se respira con un deleite, un sábado de agosto de 1880, don Antonio Santander, personaje influyente en la provincia, acompañado de sus más adictos amigos, se trasladó a las orillas del Lerma, que cruza por Salamanca, con el objeto de pasar un día campestre.
Después de la comida, que fue suculenta y rociada a más no poder con buenos vinos, dada la libertad del anfitrión, se pusieron los convidados a recorrer las márgenes del río al galope de sus buenos caballos. Con estos entretenimientos y otros ejercitando su puntería en el tiro al blanco, puesto sobre los sabinos centenarios que se reflejan mirando en el agua su vejez carcomida, dispersáronse, aprovechando la tarde que, a pesar del temporal, presentábase tranquila.
El hijo de don Antonio, gallardo joven de 18 años, se sintió indispuesto después de comer y se acercó a su padre pudiéndole la venia de retirarse y recuerdan algunas personas que presenciaron el incidente, que don Antonio le contestó:
-Espérate y tomas un baño en el río. Apenas si son las tres. Pero Luis se quejó de un obstinado dolor de cabeza y subiendo a su cabalgadura comenzó a vardear el río en dirección a la casa.
Daban las oraciones con sus dobles largos y pausados, llenas de melancolía despidiendo al día muriente; los ganados regresaban con los pastores y los carros volvían del campo, cuando terminó la reunión. Don Antonio volvió a su casa hasta las diez de la noche, hora en que el sereno con su escalera en hombros apagaba los faroles y las calles se quedaban como boca de loto. Para transitar por ellas era necesario llevar una linterna de mano con el objeto de precaverse de algún atraco. Los silbatos de los serenos a esa hora se reproducían como una contraseña para cuidar del orden y el sonido era profundamente melancólico. El toque de silencio de la Penitenciaría ululaba infinitas tristezas. Doña María, esposa de don Antonio, salió a su encuentro interrogándole:
-Antonio, ¿Dónde está Luis?
-Me extraña tu pregunta: el muchacho desde las tres de la tarde se volvió, diciendo que se encontraba enfermo.
-Oh; con seguridad le ha sucedido algo - replicó la madre -. Tú te das cuenta de su conducta; si se tratara de un hijo menos formal que como es, quizá viera el asunto con más tranquilidad. Don Antonio no le concedió mucha importancia a aquello, quizá se trataría de algún pasajero retén que detenía al mancebo lejos de su casa; cosas de la edad.
Pasó la noche cruel para la madre, eterna de angustia. Con el oído alerta, cada ruido le hacía incorporarse. Muchas veces se levantó percibiendo pisadas, exploraba las tinieblas de la calle preñada de sombras y retorcía sus manos, hasta que amaneció el día. Los criados fueron comisionados para indagar su paradero y todos regresaban con las mismas nuevas y el mismo desaliento: A don Luis nadie lo había visto penetrar por las calles adyacentes al río, ninguna persona daba razón de él. Con esto don Antonio se alarmó, recorrió todos los lugares en donde pudiera estar su hijo y volvió a la casa sin ningún consuelo que ofrecer a la bondadosa compañera y antes bien, sintiendo frío en el alma como presagio de tremenda desdicha.
Por la calma provinciana corrió la nueva que llegó al corazón de los padres haciéndolos enmudecer de espanto. La gente repetía algo como presentimiento que quizá sería un aviso: plagiaron seguro a Luis Santander .
Así pasaron dos días de crudelísima angustia. Ni un indicio, ni una noticia; las informaciones y búsquedas en pos del joven no cesaban. La madre sufría atrozmente sintiéndose morir; únicamente la tenía en pie la terrible tensión de nervios; dijérase sostenida por el mismo dolor. Por fin una noticia acabó de convencer de la triste verdad.
Una persona lo había visto: el doctor López caminaba la noche en que acaeció la desaparición, rumbo a Irapuato, acompañado de un mozo y en sendos caballos.
Serían las once de la noche y, a pesar de la tarde quieta y apacible, prometía una fuerte tempestad. Había en el cielo alguna claridad lunar que querían opacar densos nubarrones. El trueno comenzó a retumbar a lo lejos y los relámpagos, primero a grandes intervalos y por último continuados reciamente, indicaron la proximidad de la tormenta. El viento frío de la lluvia azotaba los rostros de los caminantes que se atrevían a
Desafiar el aguacero. Por fin comenzó a llover.
Así caminaban lo más aprisa que les permitía la tormenta, luego se detenían porque perdían el camino, cuando de pronto los caballos comenzaron a detenerse no obedeciendo la brida y por fin retrocedieron, parando las orejas y en el cuerpo un extraño temblor, signo que no falla en los animales cuando presienten el peligro.
El médico y su mozo prepararon sus armas; sin embargo, espolearon a los caballos, y calados por la lluvia, prosiguieron.
A la vuelta de un recodo se presentó a sus ojos un cuadro aterrador.
Era un grupo como de cincuenta hombres, todos vestidos de charro y cubiertos con cobijas, montados en magníficas cabalgaduras. El relámpago con su luz blanquísima, dejó ver por un momento el brillo de los sombreros galoneados, restos seguramente de aquellos plateados del tiempo de la Reforma y, al fulgor de instante, el doctor percibió que en medio de aquella procesión fantástica llevaban a Luis Santander, con las manos amarradas por la espalda y con la frente vuelta a la grupa del animal, como para despistar a la víctima.
Los bandidos bajaron prontamente de los caballos y se acercaron al médico y a su acompañante.
Y cuál sería el asombro de los pacíficos viajeros, cuando aquellos hombres temibles se arrodillaron en el camino, diciéndoles:
-Padrecito, échenos la bendición.
Aprovechando la situación que la Providencia le deparaba, el médico repuso alzando la mano:
-En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
El que estaba más próximo y probablemente el capitán de aquella cuadrilla lo interrogó:
-Padrecito, ¿va a una confesión?
-Si hijo, aquí adelante; pero dejen en paz a ese pobre, tengan piedad de él.- Y al decir aquello se fijó en el joven, que al percibir la voz la reconoció al instante, pues que se estremeció.
-Déjenos padrecito -- le contestó el bandolero-. Usted asistiendo moribundos, nosotros despachándolos al otro patio. Cada quien en su oficio.
los bandidos se fueron alejando y ya repuesto de aquella singular aventura, el médico comprendió que debía su vida a la manga de hule tomada como vestido talar y al sombrero semejante a los de los curas rurales: lo habían tomado como tal y habían respetado su existencia...
Cuando hubo terminado su narración, doña Maura se había desmayado sobre el sofá. La certeza de que su hijo estaba en poder de los plateados aserraba cruelmente se corazón y amenazaba acabar con aquella vida.
¿Qué hacer? ¿A quien ocurrir?
Don Antonio se dirigió al jefe político para que, con los serenos que había y que eran ocho y con los pocos hombres de buena voluntad que mal se armaron, se intentara algo. Los tiempos aquellos en que no había los adelantos de la época, favorecían los intentos criminales y nada se pudo conseguir.
Transcurrieron dos días más. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
habían sonado ya las diez hacía mucho tiempo; el huracán bramaba azotándolo todo; las calles estaban desiertas y las puertas cerradas, ante las cuales se amontonaba la basura barrida por el viento sin cesar; sólo en la casa de Santander el amplio zaguán, iluminado escasamente por la vela de sebo puesta en la farola, denotaba el velar angustioso de sus habitantes. En la puerta, de pie, quedaba doña Maura.
¿Qué hacía en aquella hora? ¿Esperaba algo?
Ella misma no lo sabía. Así había permanecido muchas horas, explorando la oscuridad, atenta como un centinela. El aire frío azotaba su rostro, pero ella semejaba la estatua de la desesperación, muda y trágica; tan sólo tenían sus labios el suave movimiento de la plegaria.
De improviso una pobre vieja quedó ante ella, una mendiga.
-Niña-le dijo-, socórrame por el amor de Dios.
Doña Maura se quedó contemplándola; ¿era posible que todas las escaseces y miserias pudieran compararse a situación? Sin embargo, quiso ejercer la caridad, creyendo que aquella buena acción redundaría en beneficio del hijo desaparecido.
-Espérame, voy a traerle algo.
Y se alejó al interior de la casa, rumbo a la cocina y los pasos hacían eco en la mansión muda y llena de sombra.
Cuando volvió con la caridad destinada a la pordiosera, ésta no estaba ya. Se asomó dona Maura a la puerta y nada percibió, ni tan siquiera el ruido de los pasos. Entonces sintió miedo y al cerrar la puerta la encontró en el umbral una carta. Tómala vivamente y, acercándose a la farola que producía una luz próxima a extinguiese, la leyó de una vez. La carta estaba concebida en estos términos, con pésima ortografía:
Si usted quiere la libertad de don Luis Santander, reúna cinco mil pesos para el próximo sábado. Debe tenerlos en oro y en talegas y llevarlos antes de la ocho de la noche a la iglesia parroquial. A esa hora entrará una limosnera y al verla, debe usted abandonar el dinero y salir del templo sin volver atrás la vista. El dinero deberá ponerlo junto al primer confesionario de la derecha, entrando de la puerta que da al parían donde se venden las cañas. Si alguien está con usted, no le entregaremos a su hijo: debe, pues, ir sola, advirtiéndole que si quiere ponernos un cuatro, aténgase a las consecuencias, que serán terribles.
Dona Maura sintió que algo muy superior a su voluntad la anonadaba: aquello era más penoso de lo que ella podría soportar.
Con todo ahínco, con el ansia de que la vida estaba de por medio, se propusieron los atribulados padres reunir la suma, que era muy crecida para aquellos tiempos, y como les hiciera falta alguna regular cantidad, todo el vecindario se prestó a ayudarles, así como el señor cura don Ramón Fuentes y las congregaciones piadosas, pudiendo completar la suma. En los templos se puso un cepo en el cual se leían estas frases: Una limosna para el rescate de don Luis Santander.
Llegó por fin el sábado. Don Antonio Santander estaba lleno de furor:
¿Era posible doblegarse ante las condiciones impuestas por los bandidos?
-Aunque no quieras Maura-dijo a su esposa-, tengo que acompañarte hasta la esquina de la Parroquia con hombres resueltos y bien armados. Tú penetrarás al templo, pero si pasan diez minutos y no sales, pistola en mano me dirijo a buscarte aunque me maten. ¡Si pensarán plagiarte a ti también!
Doña Maura lo disuadía angustiada.
No, por Dios; hazlo por nuestro hijo. Nada me pasará, confía en Dios como yo lo hago, entreguémonos en sus manos.
Y era tan ardiente su súplica y tan convincente su temor, que don Antonio accedió: a nadie avisaría pues, pero no marcharía sola, él estaba para sacarla a balazos del templo.
A las siete y media dadas, salieron aquellos infortunados padres rumbo a la Parroquia. En la e quina de la calle del Meridiano quedó Santander, como punto estratégico para observar perfectamente las dos entradas de la iglesia: la mayor y la del costado. El templo, con su torre cuadrada, destacaba su arte de Churriguera en las tinieblas misterioso e impotente. La señora sosteniendo a duras penas el saco de oro que se ocultaba entre los pliegues del tápalo, penetró al interior.
Casi nadie se encontraba en la iglesia. Sobre el altar mayor la imagen de San Bartolo, patrón titular de Salamanca, resplandecía rodeando de cirios que luchaban por vencer la lobreguez del lugar. Doña Maura se acercó con desconfianza al confesionario: ¿habría en él alguien apostado? Ya le parecía ver dos ojos brillando en el obscuro hueco. Hincóse, poniendo el saco sobre uno de los costados con gran precaución para no hacer ruido. Por fin pudo reclinarlo. La oración subió necesariamente a sus labios y comenzó a suplicar con toda la fe de sus mayores, con toda la devoción que pudiera ser capaz de sentir, con la desesperación tremenda de quien teme perder un hijo. Una idea espantosa cruzó por su mente. ¿Quién le aseguraba que entregarían sano y salvo a Luis? ¡Qué candidez en confiar en aquellos desalmados! ¡No sólo, sino que ni les convenía, dado que Luis pudiera denunciarlos!- ¡Jesús, ten piedad de mi!... ¿No sería un plan encaminado para robarlos, para despojarlos, para hundirlos en la misericordia de una madre! Quizá a esa hora Luis habría muerto; sí, estaba segura; ya lo habrían matado, así se lo decía su corazón. Con la voz enronquecida por la angustia; guturalmente profirió: Señor Dios, virgen María, sostedme, porque me muero.
Y volvía la idea: -¿Cómo confiar en aquellos desalmados?
Sonaron unas campanadas en lo alto de la torre.
Por asociación de ideas vino otra sugestión a aniquilarla:
- Ya dieron las ocho - dijo dialogando consigo misma -. Legara recuerdo que se atrasa con frecuencia. ¡Qué barbaridad, qué torpeza, qué irremediable descuido! ¿Por qué no puse en esto todo cuidado, si se trataba de salvar a mi hijo? Señor Dios ¿estoy en lo justo? ¿si es cierto verdad? Llegué tarde, muy tarde, es ya muy tarde. Señor ¿por qué dieron las ocho. . .?
Y en un momento trágico en que sus nervios se exaltaron hasta el máximum, vió con indecible terror, como confirmación muda a sus pensamientos, que el sacristán se adelantaba por las naves del templo haciendo resonar las llaves que pendían de sus manos, en tanto que levantaba a la gente devota rezagada.
- Ya es la hora de cerrar - decía -. Váyanse ya.
Llegó ante un mujer que sentada se encontraba dormida con el niño en el regazo. Sobresaltada se incorporó al despertarse y medio envuelta en el rebozo salió apresuradamente.
Dona Maura lo veía llegar. Al fin se le acercó abordándola.
- Por favor, señora: voy a cerrar ya.
Doña Maura articuló desfalleciente, agarrándose a una remotísima esperanza:
- Un momento, se lo suplicó, le prometo una gratificación.El sacristán se alejó volviendo al presbiterio y plácidamente comenzó a apagar las luces. Apenas se distinguía la iglesia solamente alumbrada por la débil luz procedente de la lámpara del Santísimo que arde sin cesar. Los santos se perdían en la sombra de las hornacinas, los detalles se esfumaban y todo adquiría un ambiente tétrico y pavoroso. Dona Maura retorcía las manos con angustia, sintiendo que el aliento le faltaba; pero supo sobreponerse

-¡Madre mía, Señor dios!.y su boca, con sequedad insoportable, no articulaba completa la oración. Por fin comenzaron a sonar los dobles de las ocho, majestuosos, tremendos. Dona Maura respiró y, al hacerlo, enjugó el sudor que corría bañando su frente.
Oyó al mismo tiempo el golpe seco de un bordón; volvió la vista y vió a una mendiga, a la misma pordiosera de la carta; ahora la reconocía, con su cara de hombre y sus miradas recelosas, acercándose toda envuelta en harapos. ¡Bendito Dios! ¿Sería quien aguardaba? No quiso esperar más. Hacia el altar voló su pensamiento. - Ahí dejó ese dinero, Señor, ayúdame. Persignóse prontamente y salió de la Parroquia, temiendo caerse.El aire húmedo la hizo a la esquina en donde esperaba su marido.-¡Bendito Dios! Cinco minutos transcurridos - le dijo éste -; ya comenzaba a inquietarme.
¿Cinco nada más? Para dona Maura aquellos momentos habían sido siglos.
Se tomó vacilante del brazo de don Antonio y se dirigieron a la casa.
-¿No viste entrar a nadie? - Interrogó la esposa.- A nadie vi - le contestó don Antonio -; y mira que estaba en la esquina y, por consiguiente, observaba las dos entradas del templo.
- Estarían apostados en el atrio. Y dime, ¿por qué querían en la iglesia el dinero?
- Para asegurarse la impunidad. En cualquier sitio podrían comprometerse y ser vistos. ¡Bribones! Si no fuera por mi hijo, habríamos dado cuenta de ellos.
- Confórmate, Antonio, y abriga en tu corazón este tremendo dolor. Mi razón me dice que no volveremos a ver a Luis.En esa noche, de igual velar que las anteriores, doña Maura permanecía de hinojos en el oratorio de su casa en donde llena de cirios y plena de flores destacaba su blancura la Inmaculada. - Señora: tened piedad de una madre. Vos también perdísteis a vuestro Hijo por tres días. Comprendéis mi dolor. Sostenedme y ayudadme. Y las preces con las lágrimas se confundían.
Daban las tres de la madrugada, cuando unos golpes fuertes en el zaguán alarmaron la casa. Al abrir prontamente, Luis Santander, entrando, se arrojó en brazos de sus padres. La madre dio un espantoso grito salido del fondo de su corazón y sólo articuló:-¡Gracias, Dios de mi alma! - Y cayó inerte, desmayada de júbilo.Si alguna vez se aventura algún curioso turista por el cerro de La Ordeña , en las cercanías de Salamanca, Estado de Guanajuato, y busca la célebre Cueva de Torres , famoso albergue de bandoleros desde tiempo inmemorial, casi escondida entre las peñas, hallará entre las paredes de la gruta, muy al fondo, un letrero escrito con mano temblorosa, que se explica por la sinuosidad de los renglones, que dice:
AQUÍ ESTUVO PLAGIADO LUIS SANTANDER AÑO DE 80



El espectro del teatro juan valles
El coronel Peña un hombre de pelo en pecho. Connotado liberal, había militado en algunos combates, se había revelado siempre por una firmeza de carácter excepcional.siendo muy niño un acontecimiento terrible amargó su infancia: una noche dos desconocidos condujeron a su padre hacia su casa, trastornado por exceso en la bebida, y tomando el viejo aldabón llamaron.La esposa esta abrió y los individuos, lo condujeron hacia su lecho, y mientras la señora volviase a entornar los postigos de la ventana, uno de aquellos, de certera puñalada termino con la vida de don Francisco. Los desalmados huyeron, no volviéndose a saber más, quedando todo sumido en el más absoluto misterio.La viuda quedó con sus hijos pequeños en una dolorosa situación económica, y su hijo Francisco tenía siempre ante sus ojos la impresión del suceso que lo hizo huérfano, y sólo deseaba esclarecer los ocultos motivos del asesinato sin nombre cuya víctima fue el autor de sus días. Corrieron muchos años, y una noche, en una cantina, encontró a un perdonavidas más bien que fanfarrón, de sombrío aspecto. Este, ante su auditorio, exageraba la hazaña; de pronto interrumpióse para fijar la mirada en don Francisco Peña y, con sonrisa desafiante, se encaró con él: Yo maté a su padre -le dijo -de una certera puñalada, y ya ve que tenía fama de valiente; me pagaron porque lo hiciera y ni las manos metió.Una ola de sangre pasó por don Francisco y pocos momentos después, sobre el viscoso pavimento de la taberna, un hombre se desangraba agonizante. Don Francisco Peña se presentó a las autoridades siguiéndose la causa respectiva y saliendo al fin absuelto. Cuando al pasar el tiempo recordaba, una arruga profunda surcaba su frente. Pensaba tal vez en sus tiempos de niño carente de todo, en su soledad de huérfano y en las mudas u eternas lágrimas de su madre. ¡Cuántas veces lo sorprendió la esposa, en tiempos muy posteriores, delante de un cuadro obscuro y borroso que representaba a Cristo en la cruz! ¿Meditaba tal vez en aquel rasgo suyo en el cual palpitaban encontrados sentimientos de venganza o de justicia?... después la malicia fue su carrera, hasta que en el año 96 lo encontramos, Vivía Peña a la mitad del Callejón del Diezmo, en una casa conocida por la del Molino, y hacia la esquina de la misma cuadra donde estuvieron las fábricas de porcelana del señor cura don Luis Saavedra, habitaba una sobrina del sacerdote, llamada dona Rosa Saavedra; en frente, con la calle de por medio, había una morada humilde, ocupada por una familia que contaba entre sus miembros una mujer joven llamada Teresa La Loca , pues se encontraba demente. Pronto corrió por el vecindario la noticia de que le cura Saavedra, fallecido tiempo hacía, se presentaba a Teresa La Loca , la cual se retorcía en supremo espanto, y tiritando, con las piernas encogidas, se apostaba en la banqueta de la calle dando gritos de pavor. Todo el mundo atribuía a la falta de seso las visiones de Teresa y nadie la tomaba en serio, puesto que ni sus mismos familiares le daban crédito. ¡Cuántas veces la encontró Peña empalidecida por el espanto! Y al preguntarle la causa de su azoramiento, contestaba la infeliz demente, con ojos desorbitados: - Es el cura, aparece -. Peña pasaba de largo, con una sonrisa incrédula, moviendo la cabeza. el 9 de noviembre del 96, que fue lunes, en que la Iglesia Católica conmemora Los fieles difuntos , salió el coronel Peña de su casa a hacer su inspección diaria por la población, a eso de las diez de la noche, acompañado de Manuel González.
El vecindario, de suyo pacífico, se encontraba recogido; durante el día habían ido en piadosa remería a visitar los camposantos de San Pedro, Nuestra Señora de San Juan San Antonio y las Flores. La gente principal con flores y composturas para los que fueron; los pobres, haciendo día de campo y llevando a las tumbas las ofrendas de pan y tamales, que después comían. Los faroles se habían suprimido, pues que esa noche había luna y, cuando esto pasaba, no se encendía el alumbrado por economía del exiguo presupuesto. Por las rendijas de las puertas había luz, pero en las calles uno que otro transeúnte pasaba. El toque de silencio de la penitenciaría sonaba a lo lejos, invitando al recogimiento de los guardas; solamente los centinelas, en su garitones, gritaban su contraseña de cuarto en cuarto de hora. cerca del Teatro Juan Valle vió don Francisco Peña a un bulto que le llamó la atención; parecía envuelto en un capote negro, y al pasar junto a él se agachó, como recatándose de curiosas miradas. Peña pensó en don Margarito Arteaga, que traía trapicheos con una mujerzuelilla que vivía por el barrio, e hizo intención de hablarle con sorna, pero prefirió no darse por entendido; sin embargo, dijo a Manuel González.-¿Quién será éste?
- Probablemente don Margarito -agregó el segundo -; no sale de por aquí.
Con esta propuesta afirmó su idea y pensó que el asunto se prestaba para jugarle una chispeante travesura. El martes siguiente salió solo de su casa, tomó la misma dirección que la vez anterior, y percibió cerca de las ventanas enrejadas de la familia Hernández al individuo en cuestión, que de pie lo esperaba, cubierto con el balandrán, y conforme se acercaba el coronel, echó a andar, metiéndose en el pórtico del teatro, evitando el encuentro.Peña apretó el paso y entró resuelto al pórtico, decidido a descubrir al incógnito. Prendió un cerillo y no encontró ningún rastro por donde hubiera desaparecido, ya que hasta halló cerradas perfectamente las puertas que conducen al patio; un estremecimiento de pavor recorrió su cuerpo; pero supo sobreponerse. Salió a la calle llamando al sereno y éste, alumbrándole con la linterna lo acompañó a hacer un minucioso registro que resultó inútil. - Yo también he visto muchas veces ese bulto -le dijo el guarda -y no se me hace cosa buena. El 4 de Noviembre, impulsado el coronel por las ideas obsesionantes de las veladas anteriores, determinó a toda costa descubrir el misterio; su vida en la milicia había modelado el carácter con tendencias al racionalismo y a la despreocupación, y su actuación liberal no le permitía admitir muchas cosas que, según él, no podrían suceder, sosteniendo siempre, cuando la ocasión lo facilitaba, controversias en las cuales negaba con maniática terquedad toda la intervención del mundo visible. Ignoraba el coronel Peña que existen cosas sobrenaturales e incomprensibles, según la frase de Pascal, en los cuales el entendimiento humanos naufraga en vino por e encontrar la solución. Esa noche desde lejos divisó el bulto; comenzó a caminar tomándole la delantera y percibió con toda claridad que traía un vestido talar y encima el sobrepelliz o roquete blanco. Casi maquinalmente lo siguió, volvió a llamar al sereno como la noche anterior y al acercarse el gendarme con la linterna, inquirió don Francisco:
-¿No hay novedad, Pascual?- No, señor -, contestó el hombre.En ese momento el fantasma se colocó entre ambos interlocutores, desafiando la luz de la linterna. El coronel Peña lo distinguió con toda claridad, pero sin denunciar su emoción, haciendo violencia a su preocupación, denominándola con su voluntad. Murmuró sordamente: Acompáñeme a la estación. Y ambos se perdieron hacia los suburbios. Volvió el coronel el día 5, atenaceado por aquella idea turbadora, más con curiosidad que con miedo; había hablado ya en su casa del fenómeno, y la esposa, doña Manuela Yépez, le había aconsejado que tuviera entereza para hablar con el espíritu; pero esa noche en vano recorrió la calle una y muchas veces; esperó en la esquina, pasó repetidas veces por el teatro, exploró su interior, y nada halló. Aquí si podría afirmarse que provocaba el fenómeno, que una profunda sugestión lo dominaba; pero salió su esfuerzo infructuoso. De pronto las doce sonaron en los templos uniéndose a los silbatos tristes y monótonos de los gendarmes. Regresó a su hogar un poco contrariado; creía haber aumentado sus conocimientos en aquellas andanzas, y volvía descontento, juzgando haber sido todo producto de morbosa alucinación.El 6 de noviembre, viernes, salió de su casa rumbo al teatro; el bulto misterioso estaba allí, sentando en la banqueta de la calles. Al aproximarse Peña, se levantó; ahora se distinguía con toda claridad: un sacerdote anciano, perfectamente materializado, lo invitaba a aproximares. Don Francisco creyó desmayarse, pero pudo imponerse a sí mismo. Caso más bien con el pensamiento articuló:- En nombre de Dios, dime: ¿quién erres, qué es lo que debes y por qué andas penando? Y una voz salida de algo tan artificioso que parecía inverosímil, sonidos articulados como a través de un fuelle, con entonación desusada y nunca oída, contestó: - Soy el cura Saavedra. Escúchame y apiádate de mi alma: un mérico dueño de un cuantioso tesoro, estando moribundo llamó al padre Hincapié revelándole que, en determinado lugar, había un tesoro consistente en oro robado a las conductas durante las guerras con los españoles en 1810; que sacará ese dinero dedicando una parte para mandas , entre ellas unas misas al Señor del Hospital, algunos rosarios y cubriera determinados compromisos. El padre Hincapié, a pesar de haberles señalado precisamente el lugar del tesoro, no hizo por sacarlo, y así pasó el tiempo hasta que a mí me tocó auxiliar a Hincapié en sus últimas horas. Tampoco yo saqué nada a pesar de habérmelo recomendado el padre con angustiado ahínco, y ahora vengo a suplicarte, por amor de Jesucristo, me saques de penas. Mi alma no descansará en la paz del Señor hasta que ese dinero no se recoja. Ayer jueves no vine, porque era día de oración y los seres del más allá nos entregamos totalmente a ella. ¿Qué saben los humanos de la verdadera vida? Saca ese dinero, que se encuentra en la casa ocupada por mi sobrina doña Rosa, háblale en mi nombre y ella accederá. En el ángulo de la segunda pieza, hacia el norte, hallarás, escarbando un metro, una loza escrita, debajo de ella los huesos del hombre que el desdichado mérico hizo víctima de su infame codicia. Procura enterrar luego en lugar sagrado la osamenta que te indico, la cual debe reposar en su fosa hasta la consumación de los siglos, cumple con las mandas y Dios te bendecirá, no pudiendo encarecerte la recompensa que se te espera; únicamente sabe que, en la otra vida, pagaré con creces la caridad
Ya hacia la madrugada, los parientes de don Francisco Peña, alarmados por su ausencia, procedieron a buscarlo, hallando sobre la banqueta del teatro Juan Valle el cuerpo exánime del coronel.
Todo se realizó como se ha dicho. Doña Rosa Saavedra no puso reparo en facilitar la casa para la correspondiente búsqueda; se hizo la excavación, encontrando el esqueleto y las señas dadas por el cura don Luis Saavedra, así como armas enmohecidas y mosquetes del tiempo de la colonia. Se pagaron las misas y los rosarios y, según el decir del coronel Peña, a la hora de Incarnatus Est, en el Credo, el sacerdote Saavedra, que momentos antes se aparecía, inclinaba la cabeza adorando la encarnación de Dios hijo en una profunda reverencia, y luego se desvanecía. Parece que el dinero no lo sacó Peña, sino otras personas; pero desde aquellos aciagos días la salud del coronel quebrantóse sobremanera. Una noche del mes de diciembre, ya cercano el amanecer, vió en el rodapié de la cama al cura, que lo miraba con fijeza desconcertante.- Vengo a darte las gracias -le dijo.
El coronel respondió al punto:Por amor de Dios, déjame en paz; ya no puedo tolerar tu presencia.
Al año siguiente, cinco meses después de lo acaecido, el 7 de abril de 1897, siendo jueves santo, como a las doce de la tarde venía Peña montado en su caballo rumbo a la Jefatura, que quedaba en la esquina de la plaza, en la casa donde ahora vive don Pedro Arredondo, cuando al bajarse del corcel sintió una profunda punzada en el corazón, dobláronse sus piernas y quedó muerto en el acto. Los médicos opinaron por un aneurisma, pero, en opinión de sus familiares y del vulgo, la causa determinante de su muerte fue la macabra visita del cura de Salamanca.

La casa a que esto se refiere, guardadora de un tesoro, pertenece a la familia Acosta.


CONTACTAME

contador de visitas
Esquina3 Esquina4