Jesús hace algo más que curar a un leproso. En tiempos de Jesús, los leprosos eran privados de toda vida de familia, de trabajo y de religión. Estaban excluido de la asamblea del pueblo de la alianza, como decretaba la ley de Moisés. Pero se llegó a dogmatizar de tal manera, que quien estaba afectado por ella, era un maldito. La lepra era (y es aún) una enfermedad de pobres y marginados. Nadie, pues, se acercaba a ellos. Pero el Señor sí.
Jesús nos enfrenta con lo que significa marginar a los pobres en nombre de Dios. Jesús se acerca al leproso, le toca (expresamente se dice que extendió la mano y le tocó, lo que implicaría que desde ese instante Jesús también quedaba bajo la ley sagrada de la contaminación); pero le cura y, con una osadía inaudita, le envía al sacerdote (a los que representan lo sagrado y el poder) para que sea un testimonio contra ellos y contra todo lo que pueda ser sacralizar las leyes sin corazón.
Dios escucha al marginado por cualquier causa, y se convierte en su abogado defensor. En este domingo, dedicado a la campaña de "Manos Unidas", tengamos presente que el clamor de los pobres de todo el mundo llega a Jesucristo y también a nosotros, que tenemos que acercarnos a ellos y ayudarles, no sólo por caridad sino también por justicia.
Un cordial saludo, hermanos.