Escrito por Pr. Adolfo Espinoza Martes, 20 de Octubre de 2009 16:58 La palabra de Dios nos enseña que: “la fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.” (He.11:1) Por lo tanto, cuando oímos la palabra de Dios, y creemos en ella, estamos escuchando cosas que no vemos, cosas que no entendemos, pero si hay fe, las creemos porque Dios lo dice. Cuando hay fe entonces, podemos estar seguros de lo que Dios nos dice, ya que esta seguridad no está en nuestro razonamiento, sino en la persona que lo dice, Dios.
Dios no miente. El fruto de la fe, es poder ver aquellas cosas que Dios nos ha prometido. Jesús le dijo a Marta: “¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?” (Jn.11:40) Es, pues, la visión un fruto de la fe.
Para que esta gracia pueda ser alcanzada por los creyentes, Dios nos ha dado el Espíritu Santo, el cual ha venido para que por medio de él lleguemos a conocer la verdad. “Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir.” (Jn.16:13) El Espíritu Santo toma de la palabra que hemos guardado en nuestro corazón y la revela, da entendimiento de aquellas cosas que no podemos ver en forma natural, porque son celestiales o espirituales. “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman. Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios.” (1Co.2:9-10) Si podemos valorar esto en su profunda dimensión, Dios quiere que seamos testigos de las cosas futuras, de las cosas que él tiene preparadas en la nueva creación, que tengamos visión de las cosas celestiales.
Esta es una característica de los creyentes que por la fe, desecharon reinos y tesoros terrenales, porque habían apreciado mayores riquezas en Dios. Abraham, llamado el padre de la fe, vivió como extranjero en la tierra prometida, habitando en tiendas con Isaac y Jacob, porque espera la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios. (He.11:9-10) La visión de Abraham estaba puesta en las cosas celestiales y en el día del Señor. Hablándoles a los judíos acerca de Abraham, el Señor Jesús les dijo: “Abraham vuestro padre se gozó que había de ver mi día; y lo vio, y se gozó.” (Jn.8:56) El no estaba mirando las cosas que se ven, sino las que no se ven, porque las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas. De esta misma forma, Moisés desechó “ser llamado hijo de la hija de Faraón, escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los deleites temporales del pecado, teniendo por mayores riquezas el vituperio de Cristo, que los tesoros de los Egipcios; porque tenía puesta la mirada en el galardón. Por la fe dejó a Egipto, no temiendo la ira del rey; porque se sostuvo como viendo al Invisible.” (He.11:24-27)
Si por la gracia del Señor, podemos ver más allá de esta vida, y valorar lo que Dios ha preparado para los que le aman, entenderemos por qué no es difícil dejarlo todo por amor al que nos amó primero, y de esta forma vivir de tal manera de serle agradables. Jesús nos enseñó a vivir delante de Dios, y no hacer nada para ser vistos y alabados por los hombres, porque si buscamos recompensa de los hombres, perderemos la recompensa que viene de Dios. Entonces añadió: “No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan.
Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.” (Mt.6:19-21) Esta fue la misma palabra dada al conocido joven rico, Jesús le dijo: “Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme”. Esta palabra entristeció a este varón, porque tenía muchas posesiones y su corazón estaba ligado a ellas. El hombre que no se prepara para ir al encuentro de su Señor, será sorprendido repentinamente y perderá todo por lo que ha vivido y luchado, descubriendo que ha vivido para la vanidad. Luego de contar aquella parábola sobre el hombre que engrandeció sus graneros para almacenar allí todos sus frutos, diciendo: “Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe, regocíjate. Pero Dios le dijo: Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto ¿de quién será?” concluyó el Señor diciendo: “Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico para con Dios.” (Lc.12:16-21)
Al examinar las iglesias, el Señor le dijo al apóstol Juan que escribiera a la iglesia de Laodisea: “…tú dices: yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego, y desnudo.” (Ap.3:14-17) Es una iglesia, es pueblo del Señor, pero ¿cómo se puede estar en una condición tan lamentable que se esté inconsciente de cómo lo ve Dios a uno, y creer que estamos enriquecidos, y que no tenemos necesidad de nada? El contraste con esta situación está en la iglesia de Esmirna. Esta era una congregación pequeña, y con evidente pobreza material, pero dispuestos a todo por amor al Señor: “Yo conozco tus obras, y tu tribulación, y tu pobreza (pero tú eres rico), … (Ap.2:8-9) El día del Señor viene, y que en aquel día seamos hallados enriquecidos en Cristo Jesús, y recibamos galardón completo, para gloria de Dios Padre.
Pastor Adolfo Espinoza
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