Asociación Cultural

Leyendo Caminos

¿QUIÉNES SOMOS?



Somos una entidad sin ánimo de lucro que tiene como objetivo principal asesorar, orientar, capacitar y brindar formación de carácter informal a instituciones educativas, a personas naturales o jurídicas, gremios, instituciones públicas y privadas, organizaciones ambientalistas y todo tipo de asociaciones legalmente constituidas, para construir una cultura de la prevención integral, entendida desde la promoción e información sobre todos aquellos fenómenos sociales y culturales que afectan de manera directa o indirecta a las comunidades si no hay control sobre sus realizaciones, de la convivencia pacífica y de la orientación de la niñez y la juventud, hacia el desarrollo social y cultural en el territorio nacional, asumiendo la lectura como eje fundamentador de sus acciones. Dirige sus actividades, mediante el desarrollo de planes, programas y proyectos para desarrollar y construir una cultura de la paz, comprometida con los pueblos hacia la edificación de una identidad, posible solamente, si se diseñan caminos con horizontes claros; senderos sembrados de valores sociales, espirituales y culturales que indiquen la marcha en una ruta donde la prevención sea la bandera de la integralidad social y cultural.

 MISIÓN

Desarrollarprocesos de formación, actualización y capacitación en prevención integral,mediante talleres, charlas, seminarios, a entidades públicas y privadas,instituciones educativas, de solidaridad, ambientalistas y personas en general,para el fortalecimiento de la democracia, la cultura de la paz, el desarrollosostenible de las comunidades, procurando la consolidación de una construccióncolectiva de la identidad, rescatando los valores, tradiciones yexpresiones  culturales de los pueblos.

 

VISIÓN

Constituirseen una entidad líder en el sector en la promoción del desarrollo social,cultural, la formación integral, rescatando el desarrollo de las expresionesculturales de las comunidades y el fortalecimiento de la lectura y la escrituracomo expresiones de reflexión sobre la vida y la convivencia pacífica, medianteel liderazgo positivo en el sector educativo.

 



 


PÁGINAS AMIGAS

SOLUCIONES PEDAGÓGICAS-RAÚL SÁNCHEZ ACOSTA




EscribArte, S.A.S. GRUPO LITERARIO


 


 



La lectura y la Escritura

EL OFICIO DE ESCRIBIR
Por Raúl Sánchez Acosta

Raúl Sánchez AcostaEscribir no es un juego en el que juntar grafemas para formar palabras que representan ideas, objetos, nombres, etc., es el objetivo. La escritura entraña un acto mucho más rico y placentero; mas es un acto consciente, muy humano, y por lo tanto, un acto social por excelencia.

El ser humano es cierto, no nació escribiendo, pero, igualmente, sin la escritura, no tendría las mismas oportunidades sociales que se ha creado a través de la historia.

Cuando vamos a la escuela, perseguimos la lectura y la escritura como un imperativo primordial del hecho educativo. Y lo es, pues sin estas dos tecnologías de la palabra, difícilmente lograremos integrarnos de manera eficaz a los procesos sociales, culturales y económicos implicados en la vida comunitaria de los humanos. Escribir es portar la habilidad para traducir en signos gráficos los sonidos con que estamos facultados para expresarnos, para comunicarnos, para establecer vínculos sociales con los demás.

Alcanzar el dominio de la palabra escrita es tener el poder, junto con la lectura - inherente al proceso escritural- para hacer tangible en un soporte cualquiera, el mundo de las ideas. Por tanto hay que reconocer que la lectura y la escritura, son una sola realidad que representan poder, poder para pensar, poder para interpretar, poder para actuar. Sin la palabra escrita, el espíritu libertario del hombre habría sido sólo un sueño intangible y volátil, propio de la oralidad.

Podría decirse, como alguna vez lo hiciera Saussure, que la escritura es la forma básica del lenguaje (Saussure, 1959), aunque posee simultáneamente, utilidad, defectos y peligros. Bien sabemos, desde el punto de vista lingüístico, que la oralidad en el lenguaje humano prima sobre la escritura. Sin embargo, la escritura ha alcanzado un prestigio tal, que hace pensar en que es ésta imprescindible en función del estudio de la lengua como fenómeno social del lenguaje. Es más, se ha llegado a pensar en que la oralidad es inseparable de la escritura, cosa bien falsa, pues aquélla existe por sí sola, mientras que la escritura es su representación. No obstante, a la luz de la realidad lingüística, en perspectiva de la sociolingüística, la escritura se ubica en un plano cultural en el que es impensable por ejemplo un estudio de la lengua, sin tener a mano los elementos y herramientas propios de la escritura, sin los cuales sería totalmente imposible realizar tales tareas. Ahora, no se pretende demostrar la preeminencia de la escritura sobre la lengua oral; por el contrario, se trata de reconocer el valor de la escritura como un aporte valioso de la cultura a la oralidad en función del perfeccionamiento de la expresión y la comunicación interhumana.

En relación con lo anterior habríamos de decir a favor de la escritura, que se convierte en un referente valiosísimo para el abordaje del estudio lingüístico, desde el momento mismo en que la literatura hace su aparición. Y no estamos hablando del año pasado. Este ayer es más lejano que los alcances de la memoria. Desde ese momento, la lengua, como institución social, empieza a organizarse, a acumular elementos de protección, a configurar las diferentes estructuras que habrán de darle el status que la ubica en un lugar privilegiado con respecto a la oralidad o el habla, propiamente dicha. Así aparecen las gramáticas, los diccionarios, los manuales, etc., instrumentos que validan su prestigio en comparación con el habla. Estos elementos son documentos, son referentes tangibles que aparecen en forma de libros, de textos objetivos como realidades ostensibles y susceptibles de demostración: son testigos del tiempo, testigos de facto del hecho lingüístico.

La escritura identifica, más que épocas y culturas, una categorización sociocultural e histórica: la civilización. "Sin la escritura, el pensamiento escolarizado no pensaría ni podría pensar como lo hace, no sólo cuando está ocupado en escribir, sino incluso normalmente cuando articula sus pensamientos de manera oral. Más que cualquier otra invención particular, la escritura ha transformado la conciencia humana”’.

Y es la literatura la llave que abre estas puertas que conducen a los corredores de la escritura dentro del maravilloso edificio de la palabra.

El escritor es un producto de las circunstancias socioculturales, en un momento histórico y en unas condiciones concretas, que impelen al individuo a manifestar a través de la palabra escrita su visión del mundo, su apreciación de la realidad o de sus fantasmas, en un lenguaje de signos arbitrarios que lo integran a la cultura alfabética, de tal manera que puede compartir sus visiones con otros seres en condiciones de establecer un contacto indirecto con interlocutores que comparten el mismo código comunicativo, a través del texto.

Las primeras manifestaciones literarias eran un intento por demostrar que la escritura posibilitaba expresarse de manera distinta, y más que distinta, mejor; esto es, que el escritor era consciente que al crear un texto estaba manifestando realidades lingüísticas cercanas a la belleza.

La literatura es entonces la forma de hacer de la palabra un acto de placer y de belleza. Arte éste que deambula a la sombra del hombre en su largo proceso de crecimiento social a través de la historia, alimentando sus mundos de monstruos, fantasmas y terrores, pero a la vez salvándolo de los temores a que diariamente se enfrentaba y enfrenta en el mundo real, gracias a esa capacidad que le confiere la escritura de ambientar espacios reales o ficticios con personajes, situaciones y espacios fantásticos, como una forma de exorcizarle de espíritus y fenómenos asociados al mal, o en su defecto, oficiando como catalizadora en un universo maniqueísta, una especie de catarsis, que es lo que en realidad hace la literatura en el hombre.

Escribir así apreciado como fenómeno típicamente humano es un acto de libertad, una forma de flotar en los vapores de la "inspiración”2 . El escritor no escinde la realidad de su yo. Actúa en correspondencia con el mundo exterior de donde toma los elementos para confeccionar la historia que se configura en su atormentado o feliz mundo interior. Sin embargo es un individuo ajeno a sí mismo; es su conciencia la que orienta sus imágenes. Ahí dentro de él, un mundo deambula en palabras que adquieren su connotación gráfica al enfrentarse con el soporte físico donde se dibujarán los signos de la escritura. El papel, el muro, la arena, la roca, son instrumentos que en complicidad con su conciencia hacen posible el acto creativo en texto para convertirse en otra realidad igualmente espléndida, humana y socialmente poderosa: la escritura.

La escuela enseña a leer y a escribir. En las aulas de clases recibimos orientaciones que nos conducen al dominio de la lengua como sistema, como institución social, habilitándonos para comunicarnos de manera eficaz, y para poder adaptarnos a la vida comunitaria. Pero la escuela no enseña a un escritor a ser artista. Muchas veces la escuela oficia como castradora de estas facultades humanas entre los estudiantes. El maestro, por su parte, en un alto porcentaje, aún no ha sabido descubrirse como artista. Pues hay artistas que sufren su pasión enseñando a leer y a escribir, mas no laboran activando el poder creativo de sus discípulos. Muchas veces por carecer de las herramientas didácticas o pedagógicas necesarias para orientar estos procesos, o sencillamente porque hay intereses más íntimos que impiden ejercer una verdadera labor docente. Son múltiples las razones que podrían argumentarse para justificar la falta de propiedad en el ejercicio del magisterio en la enseñanza de la literatura o del arte literario, como el de la simple enseñanza de la lengua materna. Motivaciones de tipo laboral, político, social, etc. hacen difícil cualquier reflexión sobre la calidad de la educación referida a la enseñanza de la lengua, la lectura y la escritura o la enseñanza de la literatura concretamente. Sin embargo, este no es el tema que nos ocupa, por lo que es conveniente dejarlo para otra oportunidad y abordar la literatura desde la visión particular del acto creativo individual.

Un escritor no puede ser oficiante, sin una experiencia previa de lectura. La lectura no se puede dar separada de la escritura. Son dos actos que se producen en concomitancia. El uno, no es sin el otro. La mente del escritor se puebla de imágenes, de símbolos, de personajes, de espacios, de colores, de aromas, de esquemas, de paisajes, de rostros, de impresiones. Son visiones y versiones de su mundo lector. Es como decir que un escritor es la suma de sus lecturas. En el acto de creación, por tanto confluyen todas estas impresiones que hay en su mente, en su memoria, en sus experiencias de encuentros con otros escritores que a través de los textos le han transmitido un mundo que en su interior lucha por hallar identidad. El valor del escritor está entonces en su capacidad para decantar de ese mundo interior de lenguaje, como en un caleidoscopio, los mensajes y su propia voz sin que se tiña con trozos extraños de esos libros o textos que han nutrido su universo literario.

No es una experiencia fácil o banal. Tal vez sea una de las más duras pruebas a que tiene que enfrentarse todo autor: el plagio. Lejos de esta apreciación del hecho creativo, surge también otra faceta importante en el escritor, relacionada con el acto mismo de la concepción de un texto literario: la composición escrita, para no entrar en confusiones y definiciones referidas a los procesos de redacción, que entrañan prácticas mecánicas más asociadas a la normatividad y la gramática, que a la creación propiamente dicha.

Federico Nietzsche, en algunos de sus apuntes acerca de la literatura precisa que para escribir bien y mejor, se debe tener en cuenta que escribir mejor significa también pensar mejor; es descubrir cosas más interesantes, y por lo tanto, dignas de ser transmitidas, dignas de ser comunicadas y comunicadas de verdad (Nietzsche, 1879). Igualmente recomendaba que el escritor debe esforzarse por afianzar un estilo particular, que no debe ser otro que el de ser grande, siempre aspirar a la grandeza a través de la realización de su arte, para lo cual decía: "El estilo grande nace cuando la belleza triunfa de lo monstruoso”.

No hay tópicos de la vida del hombre, de su entorno, de sus realizaciones y sus sueños, que no interesen a la literatura. El escritor es el único individuo que asume como oficio la escritura como una forma de demostrar que la palabra es un instrumento versátil que se alimenta constante y continuamente de la imaginación para trascender lo cotidiano, haciendo del lenguaje un vehículo plástico que posibilita la fusión entre lo real y lo fantástico en una solo hecho: el texto escrito.

La escritura implica siempre procesos de elaboración que comprometen niveles lingüísticos complejos, aparentemente simples. Guillermo Bustamante Zamudio y Fabio Jurado Valencia, en su estudio "Entre la lectura y la escritura”, concretan:

"En el discurso escrito, se debe crear internamente un contexto y para ello es necesario recurrir a procesos que exigen un mayor grado de especificidad y de ampliación semántica; es por ello que puede ser comprendido en infinitos contextos de lectura. Las lenguas en su desarrollo hacia el escrito, han creado formas de lenguaje elaborado y, por tanto, ofrecen recursos lingüísticos que posibilitan tal elaboración. Estos recursos van a permitir recuperar constantemente la información que en el discurso oral tal vez se lograría sólo con una mirada o con un gesto indicativo.”

Es curioso, que el autor literario hace abstracción del mundo circundante cuando se halla en "trance”, cuando se encuentra en pleno proceso creativo. Todas sus fuerzas físicas y mentales se concentran en la producción de una idea, en la creación de un personaje, en la definición de un hecho dentro de una historia concreta. No obstante, él, como escritor, es el más grande ausente en la obra. No le interesa su yo dentro de ésta. El texto escrito, por su lado, obra del escritor, producto de su accionar creativo, una vez se ha plasmado en el papel o el soporte físico reflejo del acto de escritura, se convierte en un objeto ajeno a él mismo. Hace parte del mundo tangible objeto de la lectura, porque el acto creativo es eminentemente subjetivo. Pertenece al mundo de la imaginación; es y será posible sólo en la medida en que flota, vaga o trasega en los laberintos de la mente del escritor.

Es muy difícil para un escritor explicar cómo se forma el objeto de creación en la escritura. Y es que escribir es un acto de sublimación en la que el escritor, este oficiante de la palabra escrita, queda suspendido en el limbo de las ideas, mientras su mano, febrilmente articula palabras, imágenes, situaciones, personajes y demás elementos propios del universo creativo de la literatura, bajo la guía inexorable de la conciencia.

Respecto al tópico anterior cabe señalar que la conciencia, entendida en el sentido atribuido por Freud, como una percepción transitoria (Freud, 1940) es en realidad una entidad subjetiva, que para el caso que nos ocupa, efectivamente, no permanece, como queda demostrado en cualquier acto creativo. El oficio de escribir, está determinado por esos intervalos de la conciencia que hacen posible el acto iluminado, el momento en que las "musas” acuden para provocar la luz.

El escritor, como el historiador es un testigo de su tiempo. Nada pasa inadvertido para alguien cuyo oficio es escribir, registrar con palabras el diario acontecer. Para el primero, la realidad, los hechos concretos son simples referentes, puntos de partida, trozos de tiempo, partículas generatrices de universos complejos sólo posibles en la mente, en su imaginación creadora que son modelados y activados por actos de la conciencia; mientras que para el historiador son el punto de partida y la esencia del trabajo como auscultadores del tiempo en función de un testimonio de verdad, en los que el hombre es sujeto activo, y que gracias a su pluma o su capacidad de reflexión, se pueden convertir en hechos comunicativos a través de la escritura.

El escritor, seguramente no discrimina el acto creador, sea este en verso o en prosa. Se dice, sin embargo, que todo prosador se ha iniciado con los versos. Y es posible que así sea, como lo es que todo poeta, acostumbrado a producir trabajos en verso, alguna vez haya escrito en prosa.

El aprendiz de escritor debe ser muy cauteloso al momento de abordar el papel o cualquier soporte físico sobre el cual desea plasmar el fruto de sus lucubraciones mentales. Primero, porque el lenguaje nos puede jugar incómodas pasadas, pues es necesario conocer las reglas de uso; por otro lado está el terrible miedo al plagio, que también puede urdir oscuras celadas durante la escritura, y están por último, las buenas lecturas. Saber elegir a los mentores, es escoger a los clásicos como modelos a seguir, más no para copiar. No obstante hay un consejo ineludible para todos los escritores, los escribidores y todos los oficiantes de la palabra: escribir cuanto la imaginación produzca, leer lo producido, releerlo, corregir lo corregible y deshacerse del texto. Tal vez la mejor manera de hacer posible este acto de desprendimiento es hacer que alguien con ojos diferentes, con mirada diferente, con una experiencia consciente lejana a la esencia creativa del autor, se apropie del texto en un acto de lectura independiente.

Cuando escribí mi primera novela, ya había hecho cientos de intentos con poemas y cuentos a los que aplicaba un riguroso sistema de revisión. Muy pocos sobrevivieron a esa purga. Mas, lo más ponderable de esta época de creación fue la convicción con que me aferraba a una idea. La obsesión del escritor en cierne, es el principal alimento para crecer en la búsqueda de caminos en la escritura. La anécdota mueve la barca y hace que se agiten las olas. De ésta son valiosos los nombres, las versiones orales, las tergiversaciones, las contradicciones. Todo esto crea ambientes propicios para la definición de situaciones y la caracterización de personajes. Durante ocho años sometí el texto a lecturas y relecturas, a borrones y reconstrucciones, a alteraciones y cambios significativos que dieron al traste con la idea inicial de la novela.

Cuando uno como escritor visita un aula de clases atestada de jóvenes inquietos y ávidos de respuestas, lo primero que se les ocurre preguntar es ¿Qué lo inspiró para escribir ese libro?

Igualmente, la respuesta es ocurrente. Mi primera novela fue motivada por una anécdota: Un chico de mi edad, en mi pueblo, arrebató un banano a otro que llevaba un mercado a casa dentro de una mochila de fique.
— ¡A robar al Carmen! — le increpó con enojo el chico de la mochila cuando hubo recobrado el banano.

Yo pregunté a uno y otro; a viejos y jóvenes; a parientes y extraños, sobre el origen de la expresión. Desde entonces, la masacre de El Carmen, se convirtió en una obsesión.

Historia de Ki, partió de otra anécdota: un amigo, en Bogotá, me contó que poseía cuatro agendas que había tenido que someter a un proceso de limpieza y desinfección especiales, pues las había rescatado de una maloliente mochila de un mendigo, durante una visita a un tugurio de la Capital. Se trataba del levantamiento del cadáver del mencionado mendigo, como parte de las labores oficiales de la Fiscalía. Me decía que en las agendas, el mendigo narraba hechos de la vida cotidiana bogotana, de los cuales era testigo de primera plana, como: asesinatos, robos, atracos, etc. Y contaba mi amigo, que cada una de las agendas estaba marcada con un título: La historia de Ki, palabra que quería decir amigo, como la habría definido el mendigo con su extraña letra.

Yo le insistí que me dejara ver las agendas. Así anduve varios meses, sin poder obtener su favor. Al cabo de un tiempo se me ocurrió que el relato de mi amigo, del que ya no había vuelto a tener noticia, era una buena historia para escribir una novela. Pues esa intención se fue adentrando en mi mundo interior, hasta volverse una obsesión que culminó en una novela de la cual ya se han elaborado dos ediciones y ocho reimpresiones.

Más tarde abordaría, también obsesivamente, la tarea de escribir, como parte de mi oficio, "La novia del silencio”, "Canique”, "En la sombra”, libros de cuentos que entrañan momentos especiales de mi vida. Considero que el escritor se despedaza poco a poco en cada uno de sus libros. En cada texto se van partículas esenciales del autor.

Recuerdo que en clases de cálculo, en mi época de estudiante, en mi pueblo, escribía un cuento. El profesor se me acercó ante mi "ausencia”.

— ¿Cómo va el ejercicio, Sánchez? — me preguntó.
— Hay un personaje que no logro caracterizar como quisiera, profesor— le respondí con cierto medido cinismo.
— No se preocupe por el ejercicio, Sánchez. Pero yo quiero ser el primero en leer ese cuento cuando lo termine — me dijo con aire de complicidad.
— Será el segundo en leerlo, profesor, porque el primero seré yo — le aclaré en susurro.

Lo cierto fue que jamás perdí la materia de cálculo, aunque el cuento no nos satisfizo a los dos.

No recuerdo instante en que la imaginación deje de interponerse para mediar ante mis palabras, ante cualquier conversación. Creo que es el mismo sino del escritor que va dentro invitándome a escribir.

Escribo porque me libera de esas tensiones en que se sitúa la mente ante la oportunidad de recrear la realidad de la que soy testigo. Todos los seres humanos poseemos esa capacidad creativa inherente a nuestra especie como portadores de lenguaje. Mas, no todos los seres humanos estamos en disposición de asumir la escritura como un oficio a través del cual expresarnos como un acto feliz de libertad.

Es importante anotar que este ejercicio es bastante abrumador, pero delicioso; es dispendioso, pero gratificante. Se aprende que escribir no es un pasatiempo, no es un trabajo que se realiza para producir dinero, para producir libros, para ganar estatus social, para adquirir fama. Se aprende a respetar un oficio que consiste en crear historias, en crear mundos, en crear universos paralelos que nacen en nuestra imaginación, como actos concientes, que por ser intermitentes, son esporádicos y que la única manera de darle sentido a la vida, es estar en permanente disposición para escribir, en contacto con los libros, las lecturas, los autores, para nutrir de mundos y colores ese caleidoscopio de la mente, porque en cualquier momento salta la chispa de la iluminación. Será entonces cuando en el espejo, una sonrisa nos anuncie la llegada de las "musas”.


BIBLIOGRAFÍA

BUSTAMANTE Z., Guillermo y JURADO V., Fabio. Entre la lectura y la escritura. Hacia la producción interactiva de los sentidos. Bogotá: Cooperativa Editorial Magisterio, 1997.
FREUD, Sigmund. Los textos fundamentales del psicoanálisis. Barcelona: Ediciones Altaya, 1993.
NIETZSCHE, Federico. El viajero y su sombra. Madrid: Alianza, 1987.
ONG, Walter. Oralidad y escritura. Bogotá, D.C.: Fondo de Cultura Económica, Ltda., 1994.
SAUSSURE, Ferdinand de. Curso de lingüística general. Madrid: Gredos, 1984.
VOGLER, Christopher. El viaje del escritor. Bogotá: Intermedio, 2003.

 


 



LEER ES UNA AVENTURA CREATIVA

Por Raúl Sánchez Acosta

La lectura, como dijo Jorge Luis Borges en una ocasión, es una de las formas de felicidad que tenemos los hombres . Leer es adentrarse en un mundo maravilloso donde la palabra, prestidigitadora, funge de partera de imágenes, de colores, sensaciones, ilusiones. Leer es un acto consciente o inconsciente de buscarle la otra cara al universo, entendiendo que es una conversación especial entre un creador y un recreador. Un acto comunicativo de participación espiritual, porque la conciencia asume su rol de descifrador de mensajes para valorarlos y validar la voluntad del ejercicio interpretativo que representa la lectura.

La prospección de la educación en Colombia, a partir de la formulación de la Ley General de Educación de 1994 y la reglamentación de algunos de sus artículos, apuntaba a reformular el ejercicio docente, desde su rol dentro del proceso educativo, por un lado; así mismo determinaba la necesidad de asumir actitudes de cambio estructural por parte de los actores del proceso, toda vez que se había reconocido un cúmulo de incongruencias sustanciales en los métodos educacionales aplicados, en la administración de recursos y en la definición del objeto - sujeto de conocimiento. Cabe reconocer que en el espíritu de la Ley reposa una elevada intencionalidad humanista que sobrepasa en alguna medida las condiciones asociadas a factores epistemológicos, de infraestructura y actitudinales del sector. Se precisa que el docente, el administrativo, el estudiante, el padre de familia y el Estado mismo, establezcan procedimientos, estrategias y sistemas operativos completos que hagan posible una adopción efectiva del concepto de cambio, objetiva y subjetivamente.

No obstante lo anterior, ha de rescatarse el sentido de la Ley en lo que atañe a la forma de abordar el espacio educativo, en la praxis, partiendo de la recomendación y direccionamiento de procesos formativos que se deslindan de los lineamientos curriculares por áreas diseñados por el Ministerio de Educación Nacional, que prescriben el uso de metodologías activas, participativas, implementando actividades que impliquen procesos de investigación y creación.

En este punto se exalta el elemento creativo como factor preponderante en la aprehensión del conocimiento, como acicate para la identificación del medio, del entorno, reconocimiento de los valores nacionales, regionales, sectoriales y la participación objetiva en la formulación de estrategias correctivas o mecanismos de acción hacia el desarrollo social, económico y cultural, y la transformación de las condiciones de vida del hombre y la mujer en Colombia.

La creatividad, es pues, un fenómeno de reinvención de condiciones para facilitar una mejor comprensión del mundo en que vivimos. El acceso al conocimiento se consigue con actitud positiva hacia el cambio. Y ese cambio, no es más que la toma de conciencia de la necesidad de asegurar la comunicabilidad como proceso social, histórico, inherente a nuestra condición humana. Los agentes educativos, no han entendido este hecho y se aíslan por temor a mostrar sus deficiencias o falencias.

Es aquí donde la lectura aparece con su connotación dialógica, social e histórica, al permitir el acceso al conocimiento, como medio a través del cual la creatividad oficia como puente entre el sujeto lector, el autor transmisor y el contexto cultural que engloban los mensajes comunicativos entre palabras, ideas y conceptos.


AnimaciónMotivar a la lectura es una labor difícil, pero no imposible, a pesar de que carecemos de una cultura lectora. La lectura es una aventura creativa que no hemos sabido entender y mucho menos hemos sabido transmitirla al alumno o al padre da familia quien también hace parte del proceso educativo.

Cuando abordamos un texto , aun a pesar de nuestra voluntad, realizamos un proceso de conversación, un acto comunicativo en que se asume una postura interpretativa permanente que implica una comprensión de mensajes, hechos, y procesos. Esa comprensión se da a partir del descubrimiento de ideas, de matices sígnicos valiosos para la formulación de un mapa conceptual en la mente, el cual conduce a la producción activa de otro mensaje configurado en imágenes acústicas, realidades verbales. Esto es, que una vez leído, movió nuestra voluntad hacia la participación de un proceso comunicativo, fuimos capaces de concebir otra realidad textual, de codificar mensajes haciendo uso de nuestra competencia lingüística (Chomsky, Noam, 1967)y valiéndonos de la capacidad interpretativa para dar forma creativa a otra idea, nuestra, personal. Por tanto, el acto creativo no surge en un nivel externo a la textualidad. Intrínsecamente, podemos crear textos de cualquier tipo, en el instante en que desciframos mensajes escritos, cuando hacemos comprensión de signos para trasladar los mensajes a nuestros propios niveles de expresión, acudiendo a procesos mentales como el análisis, la síntesis o la simple descripción.

El lenguaje, se dice que es una facultad enteramente humana, un privilegio que nos diferencia del resto de las especies. Son múltiples las facetas en que éste se suele presentar; sin embargo, desde el punto de vista lingüístico, es la capacidad de articular palabras, mensajes; hablar es lo que identifica al lenguaje como realización exclusivamente humana. Esta capacidad de comunicación a través de un lenguaje articulado, pot tanto, lo podemos apreciar como una facultad racional que nos permite relacionarnos, hacer vida social, comunicarnos.

Desde tiempos remotos, la humanidad ha entendido que es a través del lenguaje como se puede acceder a la vida. El lenguaje, en ese sentido, propiciaba al hombre primitivo la posibilidad de juntarse con otro, gritándole, llamándolo, asignándole un signo, un nombre; instándole para hacerse gregario y enfrentar peligros comunes ante bestias predadoras o a fenómenos naturales incomprensibles. Al socializar sus formas de expresión, sus lenguajes, establecieron acuerdos, convenciones que propiciaban asimismo la utilización de códigos. Así nacerían las primeras lenguas. Se formuló entonces la necesidad de buscar otras formas de expresión para interpretar sus preocupaciones, sus rutas de evasión, sus caminos de éxito. Nace la escritura, una forma alterna a la oralidad que acompañaría al hombre durante toda la aventura evolutiva de la historia, ampliando sus horizontes culturales, sus niveles de socialización y gregarismo.

Unida, concomitantemente a ese proceso de representación gráfica de sonidos, la lectura aparecerá como la forma de describir los signos escritos, como posibilidad de producir sonidos que corresponden con aquéllos. Pero leer no es sólo identificar el repertorio de signos que conforman un alfabeto y poder agruparlos en sílabas, frases, oraciones o párrafos; leer no es únicamente vocalizar grafemas. Leer es comprender, interpretar, descubrir, valorar el texto, reflexionar acerca de su sentido, interiorizarlo. Leer es apropiarse del significado y la intención de un mensaje escrito o signado. La lectura es una invitación a pensar, a observar el mundo desde otra perspectiva, a soñar otras posibilidades de entender el universo del que hacemos parte. Leer es una aventura estimulante a través de la cual nos convertimos en creadores de otros universos que transmiten una visión diferente del cosmos que nos llega en las palabras, en el texto. Leer es un acto de comunicación directo entre el autor y el manipulador del texto escrito.

En la escuela se nos ha enseñado a leer y a escribir, pero no se nos ha dicho cómo entender y para qué entender lo leído. La escuela debe replantear sus prácticas en el aula hacia la apreciación, cultivo y desarrollo de estas dos habilidades básicas comunicativas: la lectura y la escritura. Pero es a partir de la lectura como acto descriptivo, perceptivo, interpretativo y valorativo, como podemos llegar a reubicarnos en un plano eficiente para establecer verdaderos procesos comunicativos en el aula. Pues toda lectura, implica siempre un acto escritural.

La lectura, como acto creativo no debe formularse coercitivamente en la escuela. Ha de entenderse como un sueño, un acto de voluntad conducido por un orientador de caminos, un maestro que estimule e incite lúdiamente a la lectura como recreación, diversión, como fuente de conocimiento, como contingente dialógico y como una forma de acercanos a la felicidad.


 


 



LA LITERATURA INFANTIL: SU RAZÓN DE SER

Por Raúl Sánchez Acosta


Taller de lectura
Se entiende que la literatura infantil es toda aquella producción literaria dirigida a niños y jóvenes. Benedetto Croce, considera que calificar como infantil a la literatura dirigida a la infancia, produce el efecto de una limitación, que conlleva la idea de una parcialización o segregación...

Con esto, quiere decir, que para que un libro sea un buen libro para niños, tiene que ser un buen libro, esencialmente, y reunir las condiciones de todas las obras literarias de calidad. Sin embargo, es necesario, que una vez reunidas todas esas condiciones generales para ser literatura, se requiere agregar ciertos requisitos específicos que le exige su contenido o el sector a quien va dirigida esa literatura.

En la actualidad se suele hablar de literatura para niños, como una forma de clarificar el tema y de evitar las posibles confusiones que generaría la común denominación, según se le acostumbra a entender como una expresión literaria pueril, poco seria, limitada o producida por niños.

De todas maneras, entendemos la literatura infantil como una expresión artística de calidad literaria dirigida a niños y jóvenes con el objeto de divertirlos, conmoverlos, orientarlos, enseñarles, mostrarles otras formas de pensar y sentir, estimularles la creatividad, animarlos a soñar y vislumbrar otros universos a través del juego maravilloso que permite vivir la alquimia de la palabra.

Hemos sido alimentados de generación en generación con la ilusión del paraíso. Para unos, alcanzable; para otros, imposible. Desde posiciones diversas apreciamos el valor o la naturaleza de la libertad. La literatura, esa gran partera de sueños, jamás se retira del espacio donde crecemos en esa búsqueda. En la mayoría de los casos inconsciente, y convencidos de que el color del vestido que usa esa niña es el mismo de la felicidad.

No hemos podido comprobarlo, ciertamente, pero estamos seguros de que cada nota, cada voz, cada fonema, cada palabra, cada imagen, evocación o símbolo que nos permite vivenciar la lengua, tiene algo de extraño y natural que nos exige pensar en la literatura.

Somos niños desde antes de nacer, hasta la muerte. Nos impresionamos y asombramos siempre ante lo inesperado, lo fortuito o lo maravilloso, con la misma impetuosidad con que experimentamos esas sensaciones en épocas más crudas.

¿Quién no quisiera ver en su madre o en su padre, la imagen de una mujer o un hombre joven, casi inmortal? ¿Quién vacilaría en pensar en la posibilidad casi olímpica de retroceder el tiempo para alisar la piel, atrasar los calendarios o impedir las muertes o sucesos dolorosos?

Cuando niños, el imaginario obra como un ingeniero rediseñando el mundo, alterando paisajes, manipulando la vida y la muerte de acuerdo con el vaivén de los afectos. Cuando adultos, el imaginario, entonces, ante situaciones adversas, reconstruye el tiempo y nos ubica en el plano de la infancia para soñar en un mundo con otras estaciones.

Ese es el juego de la literatura. Un juego que le apuesta al tiempo, a pesar de las edades, a pesar de la experiencia. Y la literatura infantil, como género especial dentro de este universo artístico de la lengua, no es ajena a ese juego en el que, sin quererlo o sin creerlo, compite el adulto con su propia capacidad de imaginar.

El mundo moderno, tildado de caótico, crítico, confuso y muchas veces de loco, realmente, es un mundo contrario a lo que nos ha querido mostrar la misma realidad. La lectura de obras literarias para cualquier edad y sentidas desde la perspectiva del hábito, permite realizar apreciaciones aparentemente contradictorias. Es posible que la impresión que nos arroja este mundo "enloquecido” opere como una suerte de magia cuya misión es la de obnubilar con sus colores y su ruido a los seres banales, rutinarios, ritualistas de la vida, que caminan al ocaso mirando sólo la punta de sus zapatos.

Es necesario que el lenguaje tome partida en este proceso de selección del pensamiento. Cuando aparece en la historia de la humanidad, la escritura, aparece un instrumento que ampliará los horizontes comunicativos. Pero la más importante, es que con esta otra niña, amable y locuaz, amiga de la libertad, y de la opresión, aparece también el sortilegio de la razón para nutrir con otros colores y aromas el paraíso de la fantasía, adormecido en los tiempos de la preescritura.

La literatura, surge entonces como una herramienta del lenguaje para ampliar el horizonte de los sueños de la humanidad. Con ella hemos crecido. La lectura de sus signos y sus símbolos nos ha permitido soñar la aventura del tiempo a través de la historia del pensamiento. La misma que nos ha contado quiénes éramos, quiénes fuimos, dónde estuvimos, qué hicimos. La literatura nos ha dicho verdades, nos ha inventado otras, pero nunca nos engaña.

El tiempo nunca es enemigo, sólo que a veces se disfraza para dejarse contar. El hombre lo ha recogido y organizado en el libro de la historia. Un libro por donde camina la literatura, amablemente, como Pedro por su casa; pues, siente que la historia es el claustro de amplios corredores, hermosas alcobas y espléndidas salas donde vio desfilar el universo construido por el hombre con sus hechos.

Se nos ha mostrado la literatura así: cariñosa y feliz, y curiosamente adulta. La hemos visto en sus comienzos como una joven que crece; la ubicamos en la historia con nombres sonorísimos, elevados, corriendo con los siglos con mensajes para todos, sin distinción de clases, de credo, ideologías, posiciones sociales, etc. Pero tuvimos que esperar el siglo XIX para que la literatura mirara hacia los niños. Con los hermanos Grimm, Hoffman y Andersen, la niña adulta, se nos volvió infantil, se nos hizo amiga de niños y jóvenes, porque empezó a mirarlos con respeto, con admiración y con cariño.


Grimm Hoffman Andersen



El tiempo ha seguido su marcha y con él, la literatura infantil ha ido adquiriendo labradores que aran sus tierras con la esperanza de que la cultura que se construye alrededor del libro, no olvide a los niños y niñas, a los jóvenes. A ellos ha de llegar el legado de la humanidad que ha transitado todos los caminos de la historia, desde las primeras manifestaciones del cuento, hasta las más elevadas expresiones rítmicas de la poesía, pasando por la novela y otras formas en que la literatura cuenta el mundo a su manera...

No podríamos decir, como reza la frase de cajón, ya disonante, que los niños son la esperanza y el futuro, porque caeríamos en cacofonías e imprecisiones. Pues el niño no puede ser futuro. Es, y es suficiente con que entendamos su presencia en el ahora. La literatura infantil es para el niño, la niña y el joven del presente de esa literatura. No hay anacronismo.

Por otro lado, la esperanza, somos todos con el medio y las circunstancias. La literatura infantil es, porque el tiempo, la historia y el hombre, necesitan asumir la esperanza en el ahora.

Soñar es un verbo que se conjuga en el presente para apreciar mejor el horizonte de la literatura. La literatura, a su vez, no es otra cosa que un universo donde los sueños imaginan la vida. El hombre se hace Dios al soñar. La literatura diviniza a quien la asume, ya sea como lector o como escritor. Necesitamos que niños, niñas y jóvenes, empiecen a seguir el curso de la divinidad. Es imperioso que propiciemos espacios para incentivar los sueños, para cultivar el imaginario infantil y enriquecer el universo léxico, desde la práctica y la teoría de la razón para el perfeccionamiento del lenguaje, para elevar los niveles de comunicabilidad entre los seres humanos.

La producción artística expresada en las letras para niños es esa ventana que permite rescatar el lenguaje de los sueños, para adentrarnos al mundo de la realidad por los caminos de la fantasía. Hagamos de la literatura infantil, un espacio común para reconstruir la sociedad, desde la perspectiva de la lectura crítica y consciente, y desde la escritura ubicada, seria y responsable. Debemos ser testigos responsables de nuestro tiempo. Si queremos transformar la naturaleza de los problemas sociales de nuestra era, empecemos a realizar una lectura crítica y aterrizada de los signos de la historia que estamos construyendo.

El lenguaje es un instrumento de poder. La literatura infantil es un espacio privilegiado, con el poder para nutrir de esperanzas a niños, niñas y jóvenes. Que ese imaginario que los mueve a jugar, sea el mismo que promoverá en sus sueños la marcha por el camino de la libertad.

Somos esclavos de las sombras de la ignorancia, no porque no seamos capaces de soñar, sino porque no hemos aprendido a jugar con el tiempo de nuestro lado. A eso nos enseña la literatura infantil: a reconocer que "la vida es un sueño”, como decía Pedro Calderón de la Barca, y que la fantasía que nos proporciona literatura a través de la imagen, es la esencia que alimenta nuestro imaginario.

La buena literatura infantil es espacio para soñar la realidad en todas las instancias que nos brinda el tiempo. Desde Las mil y una noches, Calila y Dimna, los clásicos de la literatura griega y latina, los cuentos del Decamerón, las letras de la Edad Media, la obra de los hermanos Grimm, Perrault, Andersen, Hoffmann, Pombo, y la nueva literatura infantil dirigida al presente del lector joven, ha tenido una constante universal: La palabra como punto de apoyo en la determinación del universo.

La palabra juega, la palabra canta, la palabra camina, la palabra edifica, la palabra nos hace soñar que somos dioses y que somos capaces de reconstruir el mundo y solucionar sus conflictos a través de la magia universal de la literatura.

No hemos sido capaces aún de desentrañar la magia, el sonido de cristal que subyace detrás de los textos. Se requiere que aprendamos, nosotros los adultos, a descubrir el universo que vislumbra el niño en medio de sus juegos, juegos que necesariamente, por esa naturaleza mutante del tiempo y las experiencias que nos brinda, no fueron los mismos, o por lo menos no fueron sentidos igual.

La literatura es esa experiencia especial donde las palabras, las evocaciones, la poesía y la magia real del relato, nos transporta a otro plano vivencial en el que el lenguaje posibilita el encuentro fabuloso entre la tangíbilidad del mundo real, con la fantasía cósmica del poema que corre arrastrado por el torrente líquido de las verdades que fragua el imaginario del autor de los libros para niños.

Colombia, como muchos otros países en este momento, está despertando de un adormilamiento con sueños demasiados sencillos. La realidad cultural obliga a repensar en la fantasía para darle sentido a la vida, una vida truculenta, bulliciosa, salpicada de dificultades y conflictos sociales.

Se nos habla de un tejido roto, un tejido social agujereado. La literatura nos puede hacer pensar en una tela que es posible destejer con palabras, para elaborar una urdimbre más sólida con el poema compacto de las ilusiones de los niños, los anhelos de las mujeres y la esperanza de los abuelos, agentes constructores de tiempo. Es cierto que la literatura infantil puede ser en últimas un simple divertimento. Pero que tal si salvamos su lenguaje, si aprendemos a indagar en la urdimbre del relato infantil sobre las dosis de diálogo que sazonan sus historias dándole sentido y pertinencia al juego del suspenso que gravita en esas aventuras donde volvemos, los adultos, otra vez a jugar a ser lo que antes fuimos: Agentes soñadores, fabuladores de mundos, donde todo es posible, donde la libertad huele a río y la felicidad sí tiene el mismo vestido de la niña que inspira todos los sueños.

Asumamos entonces la literatura infantil como lo que es, un juego muy serio que pretende enseñamos a vivir la realidad con un lenguaje que posibilita encontramos con la fantasía, fungiendo de partera en un mundo que necesita permanentemente el nacimiento de verdades.

Sólo el que sueña vive. La literatura infantil es el vehículo que nos puede conducir al país maravilloso que soñamos.

 

 

 


 




LA LECTURA Y EL LIBRO


Por Raúl Sánchez Acosta

Abrir un libro, es como entrar en un mundo nuevo. La lectura es la posibilidad de entendimiento de otras formas de percibir los fenómenos que hacen parte de nuestras experiencias.

El universo sígnico del libro es la esencia del proceso lector. Comprenderlo, interpretarlo, darle sentido y proyectar maneras especiales de apreciar las experiencias que suscita la lectura, también pueden ser actividades de aprehensión del conocimiento y ejercicio lúdico.

Hay quienes consideran que una vida sin sueños es vana; aunque otros piensan que los sueños son experiencias banales de la vida. No obstante, es interesante recoger las apreciaciones de algunos filósofos y pensadores europeos que han expresado su predilección por la primera postura. En este sentido, la lectura, según se desprende de serios estudios desarrollados en el campo de la semiótica y la lingüística textual, es una experiencia onírica de las más ricas y placenteras que puede tener el ser humano en toda la historia de la cultura.

El libro es una realidad hecha relato para invitar a soñar por los caminos del texto; es un universo para soñar en la ruta de las palabras; es un sueño para leer todas las huellas, las señales que nos ayudan a entender que la vida real se alimenta de fantasía.


El libro de don Quijote

El hábito de la lectura y su fascinación, se cultivan leyendo, abordando las páginas, descifrando sus signos, sus símbolos, disfrutando su historia, reinventándola, haciendo el otro libro que la mente configura a medida que las imágenes, los conceptos, las situaciones y las vidas que palpitan en su interior, se agolpan para rediseñar el imaginario del lector.

La lectura independiente, concentrada y responsable, ha de ser un instrumento mediador para alcanzar otras ventanas o lugares desde los cuales vislumbrar nuevas posibilidades de interpretar la fantasía que sostiene la realidad textual del libro, como hecho artístico literario, y como objeto de reflexión lingüística.

La lectura y la escritura son un solo proceso. Se deben reconocer como momentos del mismo fenómeno. Un fenómeno en crisis que se acentúa en la cultura moderna debido a la presencia continua y permanente de eventos del entorno que imposibilitan el acercamiento del individuo al texto escrito como mediación del lenguaje para reflexionar sobre el ser como tal, hacia su trascendencia social y moral.

La postmodernidad crea estereotipos fungibles, pero que en su momento, impactan como explosiones que fulminan cualquier instancia que aparezca en la vida cotidiana' haciendo las veces de puente, para abordar el libro o el texto que habría de ser leído e interpretado en un ámbito de reflexión comunicativa.

La atomización de intereses en el mundo de las comunicaciones modernas, aísla al individuo, convirtiéndolo en un misántropo en potencia, que sólo piensa y actúa en función del yo.

Ese yoísmo patológico es fácilmente absorbido por los ideales de poder, normales en la configuración de la mente del ser humano, quien confronta su existencia como realidad, contra la historia de la especie en continua lucha por la supervivencia y el dominio ( véase El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado . F. Engels).

La escuela no ha creado espacios para reflexionar sobre el libro o el texto escrito asumido como elemento cohesionador de la conciencia colectiva (Bruno Bettelheim), y menos aún de la importancia de los procesos que permiten internalizar el libro en el mundo vital del individuo

Leer y escribir, por tanto, son simples fenómenos instrumentales sin poder en el universo mecanicista del hombre postmoderno. Su práctica ha decaído en todo el mundo. Sin embargo, la preocupación más importante es la que debemos reconocer asociada con los niveles de lectura en nuestro continente. Estudios recientes señalan que en América Latina se lee menos de un libro al año, en promedio; en Colombia, concretamente, el promedio es de medio libro por año.

Las entidades del Estado y las particulares que se preocupan por este problema , consideran que se deben adelantar programas y proyectos en los sistemas de educación de nuestros pueblos, para promover la lectura y la escritura como actividades de vital importancia para el desarrollo cultural y la construcción de una sociedad más autónoma, reflexiva y competente para participar en la lucha contra el atraso social, político, cultural y económico de las naciones latinoamericanas (Documentos V Congreso Nacional de Lectura, Bogotá 2002).

Leer y escribir son procesos problémicos en la cultura educativa, y seguirán siéndolo si no propiciamos espacios para repensar sobre su práctica.

Este material pretende brindarse, precisamente, como una iniciativa para ver el libro, el texto escrito, la literatura y la fantasía, en función del hábito lector.

Es necesario que el libro sea asumido como un útil escolar, como herramienta de estudio, como juguete, o como amigo. Así, pues, es bueno que se le raye, se le escriba, se le bese, se le marque, se le dibuje en sus páginas, e incluso, se le recorte aquello que llame tanto la atención como para compartirlo con el amigo lector.

Se pretende que el libro se convierta en un estímulo de la lectura y de la escritura. Que cada persona que lo posea, experimente esa grata sensación de pertenencia y de dominio o posesión sobre un bien tan preciado como lo es un libro. He aquí una forma atenuada de posibilitar esa experiencia de poder individual que nos sugiere la cultura de la sociedad moderna.

 


 



INCIDENCIA DEL PENSAMIENTO DE HUSSERL EN COLOMBIA Y AMÉRICA LATINA

Por Raúl Sánchez Acosta


Edmund HusserlEl título de este ensayo, seguramente no sugiera algo muy nuevo, sobre todo para alguien familiarizado con los temas filosóficos. Sin embargo, no sería ocioso hacer algunas consideraciones generales sobre la recepción de Husserl en nuestro país y en Latinoamérica.

No hay nada más lejano a la objetividad, considerar que existe una filosofía latinoamericana como escuela o movimiento filosófico. Se ha pretendido que asumir los problemas de Latinoamérica con una visión filosófica, determinando los rumbos de un pensamiento unificador de la conciencia latinoamericana, es crear un sistema de conceptos metodológicamente trazados para definir las características propias de un movimiento filosófico.

No se puede negar, desde luego, la ambigüedad que ofrece el mismo concepto de Filosofía latinoamericana. Pues los puntos de vista desde los cuales se puede explicar la razón de su adjetivación, no son del todo relevantes como para abandonarnos a su discusión.

Si bien es cierto que la nuestra es una cultura híbrida e igualmente multifacética, cabe pensar en la posibilidad de una expresión cultural polivalente donde han participado diferentes formas de asumir el mundo, la historia y al hombre, como objetos de conocimiento en el pensamiento del hombre latinoamericano.

La anterior afirmación también vale para hacer una reflexión a propósito del hecho filosófico en Colombia, pues a pesar de no ser el nuestro un pueblo con tradición filosófica, posee una vasta pléyade de pensadores que afirman su quehacer cultural en la filosofía como preocupación de su existencia. Y el fenómeno anteriormente mencionado se da en Colombia con las mismas características, só1o que su historia ha colocado su devenir filosófico un pasito atrás con respecto a las realizaciones de otros países en América latina.

Argentina, Perú, México, para citar só1o algunos, han sentado ya las bases de una normalización de la reflexión filosófica, desde los albores del siglo XX y cabe exagerar un poco. En nuestro país, este ambiente especial, como expresión propia del hecho cu1tural co1ompiano, hasta ahora se está reflejando en el sentido de una norma1ización de la filosofía como preocupación cultural propiamente dicha.

Diversos factores influyeron para que nuestro país reflejara ese rezago en la asunción del hecho filosófico como especulación racional o actuar cotidiano. Se habla en la historiografía filosófica colombiana de atraso histórico, en el sentido de falta de actualización; ausencia de canales eficaces para la transmisión del acontecer filosófico de Occidente . La poca di fusión de obras en español como referente de acto filosófico nacional, ya sea como hermenéutica del pensamiento europeo, como reflexión del proceso de un movimiento filosófico determinado allende el mar, o como simple indagación del acontecer humano desde una perspectiva ideo1ógica, es, en cierta medida, uno de los elementos que han propiciado ese anacronismo y desfase que se ha sumado al hecho de que muchos de nuestros pensadores han basado su actuación filosófica en la lectura de traducciones que infortunadamente nos han llegado tarde. Factores socio-po1íticos y culturales conforman la amalgama de barreras que determinan la situación panorámica del pensamiento colombiano.

Nuestra filosofía, para hablar de nuestros pensadores, no obstante, ha sabido sobrepasar estas vallas culturales para darle una identidad a su quehacer. Nuestros filósofos han sido ajenos al fenómeno. Hay pluralidad de posiciones, pero a pesar de esa atmósfera casi religiosa que devino del positivismo, generatriz movimiento de las raíces ideo1ógicas de nuestros Estados, en Colombia se forjó un grupo que no surgió como Generación y menos como Grupo en el sentido de una univocidad en torno a temas, posiciones o ideologías, sino como indvidua1idades proyectadas a la indagación metafísica en primera instancia y a la exploración de la teoría del conocimiento como facticidad, estando siendo desde una realidad concreta.

Esta vivencia del pensamiento colombiano se refleja en los trabajos de acuciosos y estudiosos fi1ósofos colombianos que han estado construyendo el edificio de la normalización de la filosofía en Colombia. Hablamos de Cayetano Betancur, Danilo Cruz Vélez, Rafael Carrillo, Daniel Herrera, Rubén Sierra Mejía, Jorge Aurelio Díaz, Rubén Jaramillo Vélez, Luis Eduardo Nieto Arteta, Ramón Pérez Mantilla, Juan Guillermo Hoyos, Julio Enrique Blanco y otros, que con su labor denodada, a veces en la oscuridad, piensan en profundidad como realización cultural propia. Algunos lo hacen por convicción filosófica, 1os otros, porque consideran que es un imperativo vital, pues es realización (en el sentido onto1ógico).

Una cosa en común los convierte en fundadores. La cátedra los ha hermanado, haciendo de ellos multiplicadores de las ideas, sino de ellos mismos, por lo menos, de las que comparten como epígonos de inteligencias reconocidas en su tránsito cultural por la historia del pensamiento europeo, el genitivo asidero de la mayoría de las ideas reelaboradas a partir de su propia realidad filosófica.

Un pensador europeo se apadrina el honor de haber transferido a América el pensamiento Alemán en particular. Ortega y Gasset, no es un nombre nuevo para un pensador colombiano. Preocupado por la europeización de España, se europeizó para hacerse, desde más español, más universal. Como mentor de un movimiento cultural de vastas proporciones, asumió con entereza la realidad filosófica del momento europeo, para llevar la fenomenología alemana a un plano de exposición a la reflexión en el mundo hispánico. Este acontecimiento creó discrepancias como todo lo nuevo, incluso confusiones, pero más que eso, ambiente filosófico. Y fue a partir de Ortega y Gasset que a Colombia llegaron los pensadores alemanes que habían estado creando visión del pensamiento en Europa. Kelsen, Scheler, Heidegger y otros que habían tomado la metodología de Edmundo Husserl para sus propias reflexiones.


José Ortega y GassetA José Ortega y Gasset le preocupaba mucho que los filósofos no tuvieran conciencia de su función. La filosofía para él, implicaba un compromiso, un compromiso de acción continua y unívoca en el hecho filosófico. O se era filósofo o no se era. La filosofía podía verse como una acción moribunda, siempre y cuando no hubiera filósofos. La filosofía ha de llegar a reinar desde el momento mismo en que el filósofo se apropie de su quehacer:

Para que la filosofía impere basta con que la haya; es decir, con que los filósofos sean filósofos. Desde hace casi una centuria, los filósofos son todo, menos eso- son políticos, son pedagogos, son literatos o son hombres de ciencia (ORTEGA y GASSET, La rebelión de las masas, Círculo de Lectores, 1983).

Esta posición orteguiana sigue siendo válida desde el momento en que asumamos la discusión sobre la verdadera normalización de la filosofía en Colombia. Está de más explicar las razones en que se puede fundar este aserto. No obstante, la perseverancia y la calidad del trabajo del filósofo colombiano, se refleja en su acometido permanente, acucioso, meticuloso y convencido, aunque en la trastienda de un verdadero acontecer cultural de relevancia nacional.

Pero no hay pesimismo con respecto a este fenómeno como hito histórico en nuestra nación e igualmente no podemos pecar de triunfalistas por los reconocimientos hechos a la obra filosófica nacional.

Volviendo a Ortega, su influencia permitió, como decíamos, conocer el pensamiento alemán del momento. Cabe hacer énfasis en que ese momento está marcado por la fenomenología, distinguiéndola como método filosófico que parte de los datos empíricos o fenómenos, tal y como éstos se presentan a la conciencia. Su fundador, Edmund Husserl, la concebía no como una ciencia natural, de los hechos, sino de las esencias que se captan por intuición. Esto planteaba ya un método determinado que suponía las reducciones fenomenológicas que se dan en tres instancias: reducción histórica, reducción eidética y reducción trascendental.

Husserl entonces, capta la atención del pensador colombiano, que por razones socio-políticas y culturales, ha visto en la incitación orteguiana el momento propicio para hallar una expresión más digna y libre acorde con su ideal de autenticidad y salida o fuga del positivismo reinante en buena parte de este lado de Occidente . Las ideas de Husserl se filtran fácilmente en el hacer y ser del pensador nacional que ve en la fenomenología el camino expedito para definirse libremente en el mundo de las ideas.

Bien importante es el fenómeno Husserl en la filosofía colombiana que ha producido interesantes aportes intelectuales en el devenir de la ideología nacional. Debe entenderse la expresión ideología en el sentido en que la define Bertrand Russell:

Nosotros entenderemos por ello la doctrina según la cual todo lo que existe, o por lo menos todo lo que podemos conocer como existente, debe ser en cierto modo mental (Los problemas de la filosofía, Labor, pp.39).

Múltiples factores se han unido para condicionar de alguna manera la recepción del pensamiento Husserliano. Pero vale la pena considerar, que a pesar de esas limitantes, es Husserl, el pensador de más amplia y persistente recepción, de todos los que han influido en nuestro medio desde la década del cuarenta hasta este momento. El Profesor Daniel Herrera Restrepo resume estas circunstanciales condicionantes así en su ponencia, Nosotros y la fenomenología presentada en el IV Congreso internacional de filosofía latinoamericana:

"-Las pocas obras de Husserl traducidas al español y la tardía traducción de ellas. Como consecuencia, la uti1ización de fuentes secundarias, especialmente en los años anteriores a la década de los setenta.

-Las sucesivas interpretaciones dadas en Europa al pensamiento husserliano, las cuales se han dejado sentir con un retraso considerable en nuestro medio.

-Finalmente, el hecho de que el pensamiento inédito de Husserl, el cual se comenzó a publicar en la década de los cincuenta, sólo ha sido dado a la luz en una mínima parte”.

El citado autor, comenta al respecto, que en Colombia no se ha producido una visión panorámica verdadera del pensamiento husserliano por las razones citadas y esto ha condicionado la misma interpretación de su obra. De ahí la consideración según la cual Husserl, reduce la fenomenología a una ciencia eidética (es la comprensión que se hacía de su obra en Colombia). Esta posición que se conoce como la segunda interpretación o tendencia ( europea) del pensamiento husserliano, concibe la pérdida de la trascendencia, como reducción eidética, desde luego. "Para nosotros —prosigue Daniel Herrera — las diversas reducciones, comenzando por la eidética, no implican esta pérdida. Al contrario, gracias a ellas el sujeto no sólo toma conciencia de la existencia de la trascendencia sino también de la significación de ésta”.

Posiciones encontradas se presentan en el panorama del pensamiento colombiano a propósito de la obra del pensador alemán, pero es gracias a esa independencia inteligente del pensamiento que se ha podido acrisolar un movimiento fenomenológico, que si bien es cierto no ha trasvasado las fronteras nacionales, ha hecho posible la permanencia de un ambiente fenomenológico en el pensamiento colombiano, aunque no husserliano, y esto vale más que otra consideración.

No es aventurado, por consiguiente, tener en cuenta lo que para Husserl es la filosofía, y determinar de ahí, los supuestos en que se apoya en cierta forma el pensamiento liberador en Colombia y América latina.

Para Husserl, la filosofía es, simultáneamente, una idea, una actitud y una tarea.

Según lo anterior, una idea, se refleja en el pensamiento de Husserl en el sentido que confiere a la filosofía concebir la realización de la humanidad hacia un fin de infinitas formas de hacer, de actuar; en cuanto actitud, en las realizaciones personales y colectivas en proyección a un ser infinito, multifacético y consciente de su estar en el mundo; como tarea, explicar, dar fe de la existencia de la experiencia concreta con el fin de la realización personal con autonomía humana y proyección universal.

Estos supuestos, se hallan insertos en la fundamentación de una vertiente del pensamiento latinoamericano que busca identidad cultural en lo filosófico. No obstante la diversidad de posiciones al respecto de la existencia o no existencia de una filosofía latinoamericana, no podemos mirar de soslayo la metodología fenomeno1ógica que ha inyectado un espíritu humanizante en el pensamiento latinoamericano contemporáneo. La fenomenología entonces se concibe como la determinación de la actuación del hombre en su realización como persona, apuntando al desarrollo de la humanidad como especie.

Si bien se puede exaltar el método fenomenológico para la toma de conciencia de la realidad, a Husserl, su fundador, cabe asignarle un importante papel en el recuento de la historia del pensamiento latinoamericano de esta última mitad del siglo, y en Colombia, reconocerle la importante incidencia en la revelación de la actuación intelectual en la búsqueda de soluciones a los problemas que plantea nuestra realidad cultural. No se puede naufragar en un mar huracanado, si se nos han tendido los elementos indispensables para vagar, no a la deriva, porque la brújula ha quedado flotando entre las manos de los que han aprendido a nadar.

Tal vez no nos equivocamos al enfatizar y aseverar que el panorama de la fenomenología en Colombia no es oscuro, ni tenebroso. Aún así, es fácil predecir que hacen falta muchos esfuerzos para sacar adelante el buque en medio de la tormenta.


BIBLIOGRAFÍA

ANÁLISIS. USTA. IV Congreso internacional de filosofía latinoamericana, 1987.
HIRSCHBERGER, Johannes. Breve historia de la filosofía. Barcelona:
Editorial Herder, 1982.
ORTEGA y Gasset. La rebelión de las masas. Barcelona: Círculo de Lectores, 1983.
RUSSELL, Bertrand. Los problemas de la filosofía. Editorial Labor, 1970.

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