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HISTORIA DE UN SUICIDIO

RAFAEL MARIA BARALT


Había en esta rierra una mujer joven y hermosa, de almabuena y de corazó noblísimo. Amaba muhco, creía más y procedía mejor, siendo aun tiempo dechado de pasiones generosas, de fe profunda y de caridad ferviente. Como todas las criaturas racionales dotadas de unaexquisita sensibilidad, tenía mucha tristeza en la imaginación, y bañabasiempre sus pensamientos en la fuente de melancolía que Dios ha colocado en loscorazones predestinados al martirio del desengaño.


De cuerpo era elegante; de genio, dulce; de ánimo, altivo.

En ocasiones secoloreaban de repente sus pálidas mejillas y centelleaban sus grandes ojosnegros, al tiempo que sus labios sonreían. Cualquiera hubiera dicho entoncesque, trocados sus oficios, sonreían los ojos y lloraban los labios; y era quelos ojos daban y buscaban amor, cuando los labios expresaban el desengaño conla contracción de desprecio.


En la primavera desu juventud perdió a sus padres, y convertida por esta terrible desgracia encabeza de familia, sirvió de madre a sus hermanos menores… así, condenada a nogozar nunca los santos placeres de la maternidad, conoció y sufrió desde muytemprano sus graves deberes y sus tremendos sinsabores. Fue madre para amar ysufrir, no para gozar y ser querida.


La mujer que tieneardor en la sangre, fuego en la imaginación y orgullo en el carácter, renunciéa la felicidad, y créame; más le valiera no haber nacido… pocos hombres soncapaces de conocer y de pagar el amor de una mujer semejante; y no conocido, nopagado, ese amor se convierte en asesino de la criatura que lo ha concebido.


Para las mujeres deesta clase hay también otro caso de muerte: aquel en que, conocido y pagado, suamor es imposible en la tierra, por ser a los ojos del mundo, legítimo…legítimo llama el mundo a las veces los testimonios que da contra sus juicios ysus leyes la naturaleza.


Pues cuando una deestas cosas sucede, suena cara la mujer la hora de su verdadero combate en latierra.

Entonces la sangre,la imaginación y el orgullo se levantan y combaten contra el cuerpo dentro delcuerpo.

Y la sangre dice:"una fuerza irresistible y desconocida me hace hervir sin cesar en tus venas yllevar los huracanes y las tempestades a tu corazón, apiádame o pereces”.


Y dice laimaginación: "Esa fuerza irresistible y desconocida también me lleva a mi porla tierra y dar el cielo como un coche de vapor sobre los carriles de hierronegro ascua, en busca de un bien que solo yo puedo concebir y que no alcanzo:pase mi voz, o el fuego en que me abrazo para evaporar tu sangre y reducirá sushuesos a cenizas”.


Pero el orgulloresponde: "Perezca el cuerpo y sufra y desespere el alma, antes que el mundopueda decir: "yo te desprecio…” ¿Qué importa la voz de la naturaleza, clamandodentro de ti? ¿Qué importa el fallo de la razón a favor de la naturaleza? Envano la naturaleza y la razón te justifican ante la conciencia, que es elreflejo de Dios, porque los hombres han querido que tu razón sea muda, tunaturaleza insensible y tu conciencia esclava”.


Ahora bien: el peorestado de la criatura racional no es el ser despreciada por la culpa cuando laacompaña el remordimiento; porque Dios ha querido que esta nos consuele almismo tiempo que nos castigue. Y nos consuela, porque conserva en nosotros lasideas de la justicia divina y nos reconcilia con nosotros mismos, haciéndonosreconocer, con cierto noble orgullo, que aún tenemos fuerzas para elevarnos hastael arrepentimiento. El remordimiento es la lanza de Aquiles con su virtudfabulosa de curar las heridas que nacía.


No; el peor estadode la criatura, su estado de muerte, es el de no poder ser dichosa por laacción que considera permitida según su razón, a tiempo que la ve criminalsegún el mundo. En esta lucha del orgullo que huye de la vergüenza públicacontra el instinto y el pensamiento, que tienden a emanciparse de la sociedad,padece el corazón el tormento de Tántalo; más duro, más cruel aún, por cuantono es la fuerza ajena, sino la propia, mal dirigida, la que nos impide gozardel bien a que nos es posible renunciar.


Esa es la lucha de los Titanes contrael cielo: lucha desesperada en la quelas armas lanzadas contra los enemigos se vuelven por sí mismas a herirnos, sinofenderlos, en lo más vivo de nuestra llaga. Es el combate imposible y monstruosode uno contra todos; de la criatura contra el mundo; de la unidad contra elinfinito; combate triste, en que el vencimiento es la muerte porque es elsacrificio, y en que la victoria es la vergüenza, porque es la felicidadadquirida por medio de la fuerza… el mundo perdona la felicidad que obtenemosengañándole, no la que conquistamos venciéndole… Mata el valor, corona laperfidia… La hipocresía obtiene el laurel: a la franqueza da el cadalso…Triunfa en él la adultera solapada que lleva los ladrones al hogar paterno; yperece entre e fango la ramera que sólo se daña a sí misma, y que tiene almenos el valor de cargar con la responsabilidad de sus propios actos.


Al fin, el noblecorazón, incapaz de fingimiento y demasiado débil o demasiado fuerte parasobrellevar un tormento perpetuo, entra en cuenta consigo mismo y suma lossufrimientos, añadiendo a cada día del año todas las horas del día y todos losminutos de cada hora… el total es el suicidio. ¿Hace bien? ¿Hacemal?... Compadezcamos, no condenemos. De la aritmética del corazón sólo Diosconozca, sólo Dios juzgue… ningún corazón puede medir la fuerza ni la debilidadde otro corazón… nadie tiene la medida de su propio corazón; mucho menos delajeno.

Pues sucedió queesta mujer tuvo del amor las espinas, no las flores.


Cuando las leyes dela sociedad le permitieron amar, amó y no fue amada. Cuando las leyes de lasociedad quisieron imponer silencio al corazón, el corazón habló; pero hablóconsigo mismo; habló para el sacrificio, no para la fruición… cuando el corazónhabla así, es como la madre que concibe y nutre a su hijo, para entregarlodespués, crecido y bello, al cuchillo de un verdugo.


Y llegó un día enque al mirar en derredor de sí se halló sola… con su pasión sin esperanza. Así sehalla algunas veces el que viaja en un desierto: con sed y sin agua… Y dijo: "bebamosla lluvia del cielo, si cae”, y la lluvia del cielo no cayó.

La lluvia del cieloes la esperanza.


Entonces la sangre,con el ardor de la sed, se enardeció y corrió como fuego por las venas; quemóel corazón y trastornó la inteligencia. Y cuando lainteligencia se trastorna, el pensamiento de la muerte es el pensamiento de lafelicidad.

Murió.


Yo vi su cadáver arrojadopor las aguas del Guadalquivir a una playa inculta… ¡Qué cadáver!... No sereconocían sus facciones. Los ojos, comidos por los peces del río, ya no existían:en su lugar había quedado dos cavidades profundas, llenas de arena salpicada desangre. La nariz había desaparecido casi enteramente, y las mejillas no eranmás que dos masas informes de carne lívida, jaspeada de vetas azules, moradas,rojas, amarillas; de todos los colores de la muerte. La boca se había contraídode una manera horrorosa, formando en los labios un hoyo del cual manaba, comode una sentina asquerosa y fétida, un agua negra, a veces verdosa, las másveces sanguinolenta.


Los pies y las piernas estaban desnudos, y es imposibledescribir los infinitos colores que tenían: eran los colores de una carneprimitivamente blanca, y ya en putrefacción… lo único que se conservaba intactoera el pecho: turgente, albo todavía; el pecho de una virgen, en el cual seveía, acaso por disposición de la Providencia , un testimoni de la inmaculadavirtud de la víctima… Los vestidos se hallaban pegados a trozos en el cuerpo:tal girón cubriendo parte de la deformecabeza: cual otro, la espalda: un refajo encarnado, la cintura hasta lasrodillas. Los cabellos yacían esparcidos sin orden, húmedos, pegajosos ysalpicados de arena, por el rostro monstruoso; y sobre el cuello, horriblementehinchado y partido con una soga de esparto… Esta soga fue empleada para sacarel cadáver del río, y nadie había querido o se había atrevido a quitársela.


Hubo muchasdificultades para conducir este cadáver desde la playa al cementerio del pueblocercano. Los más querrían que se enterrase allí, entre la arena, como unapiedra despreciable; y en realidad, menos que una piedra despreciable era aquelcuerpo, porque era la tabla rota de un náufragio.


Un hombre ebrio,cubierto de andrajos, y un mendigo inválido se decidieron por fin a transportarlo,con la esperanza de ganar algunos cuartos abriendo el hoyo: el vicio y lamendicidad especulaban con la muerte del suicida… No ví la compasión en ningúnrostro; la caridad en ningún pecho… Los espectadores comentaban, cada cual a sumanera, aquella muerte; y reparé que todos, unánimemente, la explicaban conmotivos torpes o siniestros… La mayor parte de los hombres no conciben que se puedamorir por virtud, por necesidad o por gusto. ¿Depende esto de que son dichosos?¿O de que son malos?... Depende de que son egoístas o cobardes. Fingen ignorarque la muerte voluntaria conduce, por lo común, las más nobles pasiones (extraviadas,si se quiere, pero dignas de consideración) y atribuyen a cobardía o maldad elsuicidio, para poder vivir con honores de valientes y virtuosos.


Por fin, se decidióque podrían hacerse las preces de la Iglesia a favor del alma que había animadoaquel cuerpo, y que no había inconveniente en echar a éste encima la mismatierra que a todos, en el lugar que a todos pertenece. ¡Habíanse ofrecido dudassobre esto!


Mientras elsacerdote rezaba por lo bajo y de prisa (hedía mucho el cadáver) las sublimesoraciones que la religión católica ha consagrado a los muertos, unos pocos amigosde la difunta, que como únicos concurrentes asistían a su entierro, examinabanatentamente el cuerpo desfigurado, tapándose las narices… A algunos se lesocurrió arrepentirse de hallarse allí;alguno hubo que al ver tal o cual parte destrozada del cuerpo muerto, observóque cuando vivo debía ser bellísima: sólo tres lloraban… y uno de éstos, paraimpedir la profanación del cadáver, cubrió con sus propias ropas el rostrodeforme y el pecho desnudo de la infeliz.


Abierto el hoyo, setrató de bajarla a él; pero era poco menos que imposible esta operación, porcuanto el cadáver se deshacía más y más a cada instante.


El hombre ebriopropuso volcar las andas desde lo alto de la sepultura; pero quiso ajustarantes su trabajo…

-"¿Quién me paga y cuánto me paga?”,gritó;… y el mendigo inválido indicó el precio… Concertados o no de antemanoentre sí para obtener por medio de una farsa más dinero, ello es que aquellosdos miserables discordaron en este punto, vomitando el uno contra el otrodenuesto e imprecaciones horribles que hacían erizar los cabellos… Fue precisocalmarlos, conviniendo en pagar el precio señalado por el hombre ebrio, que erael mayor.


-Seguido el consejo, fue arrojadoel cadáver a la sepultura desde lo alto del montón de tierra extraída de ella,y cayó dando un gran golpe que la deshizo… Por lo común, vemos descender losmuertos a la nueza decentemente vestidos y con cierta compostura y solemnidad. Colócansesus manos cruzadas sobre el pecho en la actitud del ruego y de la oración, cualsi implorasen la misericordia divina: sus ojos, abiertos aún, si bien fijos yvidriosos, miran al cielo… El cadáver de la pobre mujer, con la caída quedódesnudo, expuesto a las miradas desvergonzadas de aquellos hombres sin alma… Ycayó con el rostro hacia la tierra; y sus brazos abiertos en opuestasdirecciones la abrazaron cual si lucharan con ella… Tal estaba, que me imaginéverla en el fondo del río mordiendo furiosa la arena y pugnando en su agoníapor desprenderse del peso de las aguas, para hallar aire y luz… Sus ojos ya nomiraban al cielo ni a la tierra… ¡No tenía ojos!


-¡Justicia de Dios, justicia deDios! ¿Por qué tal vida, por qué tal muerte al inocente?

Así dije en unrapto de dolor; pro después he pensado que la Providencia ha dado en aquellamuerte grandes y esplendidos testimonios de su justicia.


No basta vivir comobuenos; es preciso morir inocentes. Muévanse las manos del hombre paraconservar la vida del hombre, no para quitársela.


El dolor es sagrado…Purifíquese el hombre por él, y no perezca a sus manos.

Respete el hombrela obra de Dios y la semejanza de Dios en su propio cuerpo y en su propia alma.

Piense que vivir espadecer, y padezca… El dolor tiene sus deleites y su felicidad. La felicidaddel dolor es la resignación; el deleite del dolor son los sacrificios.


La muerte siemprellega pronto; está fuera y dentro de nosotros… Espere el hombre a que llegue,porque esperar es ser valiente… Salir al encuentro del peligro es quererlopasar pronto, es temerlo.


-¡Justicia de Dios! ¡Justicia deDios!... Te vi en aquella sepultura… en aquel cuerpo deforme…, en aquel olvidode todos…, en aquellas vilezas…, en aquella profunda miseria…, en aquelladesolación espantosa…


-¡Justicia de Dios! ¡Justicia deDios!... Yo creo en ti… ¡Ten piedad de nosotros!... Y tú, pobre almaatormentada, que escogiste para salir de la vida terrenal la puerta vedada,adonde, como al infierno, no se llega sino después de haber perdido laesperanza; si desde el lugar en que Dios te ha colocado puedes volver la vistaatrás y pensar en los que te amaron, piensa en mí y compadéceme, como yo piensoen ti y te envidio, sin tener valor para imitarte.


 

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