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BORGES Y LA MITOLOGÍA CLÁSICA




“El hombre moderno tiene la pretensión de pensar despierto. Pero este despierto pensamiento nos ha llevado por los corredores de una sinuosa pesadilla, en donde los espejos de la razón multiplican las cámaras de tortura. Al salir, acaso, descubriremos que habíamos soñado con los ojos abiertos y que los sueños de la razón son atroces. Quizá, entonces, empezaremos a soñar con los ojos cerrados”.
Octavio Paz: El laberinto de la soledad. México, 1959.


“Expulsado del pensamiento puro, el mito se refugia en la literatura, que así resulta una profanación pero también una reivindicación del mito. En un plano dialécticamente superior, ya que permite el ingreso del pensamiento racional al lado del pensamiento mágico”.
Ernesto Sábato: “Reivindicación del mito”, en El escritor y sus fantasmas. Barcelona, 1983(3)
Borges murió el 14 de junio de 1986, sin llegar a cumplir los 87 años de edad . Quienes entonces no teníamos edad suficiente para apreciar su literatura, esperábamos que el paso de los años nos la descubriera plenamente. Habíamos recibido la imagen del vate ciego, como Homero , respondiendo pacientemente a miles de preguntas sobre su literatura, apareciendo en medios de información, en homenajes, recibiendo premios, siendo reconocido por universidades de todo el mundo, dictando con porte de maestro sus relatos, hilvanando profecías oraculares y filosóficos misterios. Sus libros se reeditaban y los estudios y tesis sobre sus obras crecían incansablemente. Ya hacía algunos años que se había agotado el Borges oculto, el secreto hacedor de historias, el guía espiritual de una logia, de una secta de acólitos elitistas que veneraban la palabra del divino maestro. Pero dejó de existir, efectivamente, se perdió -porque la vida tiene esas paradojas- en un ajeno laberinto de vida pública,  fama y popularidad que no le eran  gratas. El otro, el “Borges para millones”, el “Borges para todos” nacía para que nuevas generaciones hicieran autopsias y radiografías de sus escritos, intentando desvelar y desentrañar lo que pudiera haber detrás de cada párrafo, de cada sintagma, de cada palabra. El primer Borges se disipó ante los ojos de sus seguidores allá por 1970 ; al Otro, lo estudiamos con fruición muchos neófitos, haciendo buena la máxima del maestro argentino:
“En el decurso de una vida consagrada menos a vivir que a leer, he verificado muchas veces que los propósitos y teorías literarias no son otra cosa que estímulos y que la obra final suele ignorarlos y hasta contradecirlos”  .
El Uno moría por obra del nacimiento del Otro para que, acaso sin saberlo, pudieran ser posibles estas líneas. A manos de su redentor moría, al fin, el Minotauro .




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