Domingo Herbella Rivero

  • crea tu página web gratis

    Muestra del contenido:

    LOS DEMONIOS DE UN ÁNGEL

    Los pasos del ser

     

    ¡Oh! Exclamo en mi interior. ¿Qué es el ser?

    ¡Ah! Esa es la gran incógnita. Absoluta la desolación para aquel que ni tan siquiera su presencia percibe. ¿En mi interior tendrá verdadera existencia eso a lo que llamamos ser?

    Yo y mi ser. ¿Tienen alguna diferencia?

    Así es, este ente llamado ser tiene verdadera existencia.

    Pero para aquel que previamente nunca ha sabido de él, y por tanto no ha podido aportarle el alimento que le es necesario, él tan solo representa una ridiculez, es tan pequeño en su interior que nunca sabrá de aquello que en el interior de su pequeño universo vive.


    Pero no creáis que aunque esto ocurra él estará ahí por siempre. Pobre desnutrido, perdido e imprudente. Y esto es así, pues él como ente sin desarrollo no conoce nada de sus medidas. Nada sabe de sí mismo y del cubículo que ocupa, y así mismo piensa que vive en la más absoluta soledad en el interior de un universo infinito.

    Pero cavila que, ¡ay de aquel que se digne a despertar su valía! Y así su energía poner en movimiento.




    Si tu valentía, coraje y decisión, llevan a despertar esa energía en ti, lo que puedas llegar a sentir tenlo por seguro, jamás serás quien de poderlo olvidar.

    Puesto que lo que en ti despertará serán los más puros y auténticos sentimientos. Será como la bella primavera, que llegando en el más absoluto silencio, propone a los campos la explosión más alucinante de color, vida y armonía que se pueda imaginar.




    En ese campo observamos las delicadas flores que con sus diferentes colores y olores engalanan con la más fulgurosa vida, hasta el rincón más lúgubre que pueda haber en ese tú campo.

    El gran árbol ahora cargado de verdes hojas, que son el símbolo de su existencia.

    Qué extraña excitación el observar una mayúscula corona verde toda ella sustentada por sus hercúleos brazos. Son esas ramas la que sombra ofrecen al cansado mensajero.




    ¡AH! Ese sentimiento de luz y amor ronda por todos los minúsculos entresijos de tu ser. Qué pena el que así no sea. Pues si sientes el amor sé lo que estas sintiendo, no es otra cosa que el poder observar hasta el último rincón de ese tu campo florido.

    Gracias a ello tu energía fluye cada vez con más fuerza y libertad, ¿Por qué no pensar en ello profundamente? De esta manera sabrás que puedes dejar que en ti y por ti fluyan todos los sentimientos.

    Es ahora cuando de repente te das de cuenta que tu ser se funde con todo aquello que te rodea.

    ¡Oh que sentir de ligereza!, llegas a tener la impresión de que incluso flotas, al igual que esa mota de polen, ahora tú como ella te sientes libre.

    Al igual que ella vagas por la inmensidad de tu campo, diriges tus fuerzas a la búsqueda de la flor adecuada. Te encuentras bien, francamente bien, las prisas aquí no tienen existencia, así dejas que tu ser pueda divagar en busca de esa flor, pero sin que te sientas presionado a buscarla, ella aparecerá.


    Así mismo sabes y tienes muy en cuenta que al final esa mota de polen encontrará su flor. Pues ella posee un valor único y primordial.

    El momento de la polinización ha llegado, tu flor a la vista está.

    Bien, regresa ahora a la tierra en tu forma, la cual representa esa existencia en este mundo material, mírate en tu envoltura grosera. Escucha esto que yo te trasmito.

    Si has sentido la fuerza con que en el interior el sentimiento se inflama,

    ¡Ay de ti! Pues ya no encontrarás marcha atrás, ya nunca más te podrás negar, ya por siempre estarás en ti.

    Pero total eso ya da igual, lo único que ahora puedes hacer es buscar información, ella alimentará a ese sabio que dormido empieza a despertar.


    De esta manera podrás sobrevolar tu campo y comprobar que a cada paso las flores son más, y los árboles crecen. Sabrás cuales son las flores que en tu interior florecen, sabrás cuales debes de buscar y las que quieres que ocupen un espacio en el interior de tu ser.

    Como ya hemos dicho, tu campo está repleto de todo tipo de flores.

    Tienes las que por su belleza tienden a estar protegidas por agudas y afiladas espinas. No esperan que tú te lastimes, pero debes entender que le son totalmente necesarias.

    Pero tú eres esa mota de polen, puedes estar seguro que podrás llegar a ella sin ninguna dificultad.

    Sin embargo, piensa también que pobre de ti si eres en realidad un ente mayor que esa humilde mota de polen, debes de comprender que si no mides tus distancias y eres del todo precavido acabarás por pincharte. Y así harás que tu sangre mane al exterior de ti sin ningún sentido. Y muy en el fondo de tu ser debes de comprender y aceptar que esa flor no es ni será para ti.



     

    Los sentidos corporales e incorpóreos

     

    En mi humilde conocimiento, he llegado a comprender que el ente dispone de cuatro estados diferenciados. En un principio tan solo se dispone de cuatro, pero una vez el ser despierta tiene a su servicio dos más, los cuales nombraré pero no explicaré. Es el momento de enumerar estos estados:

    Cerebral, Mental, Espiritual y el Atman. Los dos que faltan son

    Inspiración e Intuición.

    La forma de clasificarlos no es casualidad ya que he establecido la correlación entre cercanía del cuerpo bruto y lo más alejado del mismo.

     

    CEREBRO: Se dice de aquel órgano encargado de regir ordenadamente el cuerpo físico o bruto. A mi comprensión lo que verdaderamente le interesa no es eso, sino la parte del mismo que se dedica a los sentidos y los sentimientos. Como todos ya sabréis, él se encarga de los sentidos, que son la vista, el oído, el gusto, el olfato y el tacto. Y lo que me interesa sobremanera, da paso a los sentimientos hacia la mente.

     

    MENTE: Es el puente entre lo físico y lo espiritual. Ésta se dedica a clasificar y a guardar. Es lo más semejante a un fichero, y une el cerebro al espíritu.

     

    ESPÍRITU: Parece que nos vamos a meter en las lindes de la religión o lo paranormal. Pero a mi entender no es así, fijaos en lo que yo creo.

    El espíritu es el encargado de sentir toda energía que mana del sentimiento que a él llega, con esto se encarga de poder reconocer esa energía, y una vez hecho se la pasa al alma.

     

    ALMA: Es aquella que es capaz de identificar la energía de los sentimientos, y se encarga de nombrarla. Con ello no tendrá que enfrentarse a una energía que no pueda nombrar, por la dificultad de aquello que sentimos.

    Evita así el que nos perdamos en un mar de dudas, ya que la duda es un sentir poco aconsejable y muy problemático.

    Por lo tanto, y para que lo que trato de exponer se pueda comprender, es mejor que os lo explique con una de esas historias que, seguro cuando la terminemos nadie se acordará del porqué se llevó a cabo.



      

    Despertando a la vida

     

    En mí esto se produjo, en aquel tiempo en el que la duda vagaba a sus anchas por el estrecho mundo que es mi ser. Tan solo tenía por compañero el miedo, y con él a todos sus discípulos, no hacían otra cosa que aconsejar a mi ser. Ellos me decían cosas como ésta:

    ¡No te muevas! Pues si te mueves no sabrás dónde acabará el camino, no tendrás opción de conocer a qué lugar te arrastraran tus pies. No puedes imaginar, y es mejor que no lo hagas. Pues quién sabe lo que en ese caminar te puede abordar. Mírate, con lo bien que estás ahí en tu total quietud.

    Y así, indagando en mí, buscaban lo que me aterrorizaba, y este era el impulso que necesitaban para que yo terminase por exhalar ese preciado alimento. No se trata de otra cosa que la energía negativa que, con lo que yo sentía, emanaba en forma de vibración. Así miles de esas vibraciones salían de mi interior y quedaban liberadas en el exterior, dándoles cada vez más fuerza. Estos entes nacidos de la más negra y pérfida soledad, se encontraban gracias a ello, bien alimentados y felices. Claro que primero deberíamos saber si los entes saben lo que es la felicidad. A mi buen entender no creo que eso sea posible.


    Y era así como transcurría mi vida un día tras otro, era horrible ver como tan solo podía exhalar oscuridad y comprobar que toda luz menguaba y desaparecía a pasos agigantados. Estaba claro que no podía seguir así por más tiempo. Un día llego el más horrible de los momentos, en el que ya no podía escuchar aquello que creí no se podía encarcelar. Eran mis propios pensamientos, ya no era quien de poder oír el interior de mi ser. Mi pobre cerebro trataba desesperadamente de avisarme de aquello que me estaba ocurriendo. Pero este era acallado con los más negros sentimientos. Lo peor, era que comenzaba a alimentarme de esa negrura y ya no la repelía, incluso diría que me sentía bien. ¡Ah ese negro desierto! No creí que volviese a ver nada más que la más indisoluble oscuridad. Esa era mi sombría existencia, todo en mí sufría la pérdida del más llamativo color, mudando en una pena que asolaba los rincones de este apaleado ser.




    Mi yo perdido se dirigía a una apatía sin precedentes, hacia lo más profundo de mi persona. Deambulaba en este austero y oscuro desierto, en el que no tienen existencia los oasis y mucho menos cualquier forma de vida. Lo único que este desierto es capaz de aportar a mi ser es esa negra arena la cual habita por ciento de miles de millones en este lugar.

    Pobre e inerte estúpido, no me puedo creer que llegase a pensar que allí me encontraba seguro. Estúpido de mí, aquella compañía me daba la misma seguridad que tiene una torre de palillos en medio de un vendaval.

    La depresión daba paso al cansancio, otro de los negros representantes de este sitio. Él es aquel que te impide desplazarte, así no tenía ganas de hacer nada, tan solo quedarme allí en un lugar inmóvil, lejos de todo. Pero un día llego el momento que tanto había anhelado, y como todo lo bueno y genial siempre llega sin dar visos de que se producirá. Como todos los días, me hallaba en esa desesperación desértica cuando, y sin previo aviso, se levantó un fortísimo viento que casi me impedía abrir los ojos. Este huracanado viento se hallaba sembrado de minúsculos granos de arena negra. Impulsados por el aire penetraban en mi piel, causándome dolorosas heridas. Fue el momento en el que me encontré más dolorido, mi sangrante rostro tan solo podía mirar el maltrecho cuerpo que lo sustentaba. Miré hacia lo alto y grité con todas mis fuerzas. 


    Mi garganta reseca dejó salir el sonido que produciría después un profundo dolor en ella. Pero algo anormal ocurrió, y es que justo antes de que este huracanado viento cesase, con él venía algo muy extraño, algo que nunca había visto ni sentido. En ese instante alcé la mano y pude asir algo con fuerza. Ya fuese lo que fuese se hallaba en mi mano. En ese preciso instante algo cambió rotundamente. Aquellos hirientes granos negros desaparecieron dejando paso a otros que eran multicolor, estos no me dañaban, más bien fortificaban mi ser y le daban el poder de la decisión.

    No sabía hacia dónde dirigirme, a un lado y a otro era todo igual. Pero sí sabía y estaba seguro de que debía ponerme en movimiento. ¿Qué más da a dónde? ¡Debo comenzar a andar!


    Y así lo hice. Pero no me lo permitirían tan fácilmente, la maliciosa duda llego de nuevo a mí, y quiso restaurar su reinado en mi ser.

    ¿Hacia dónde diriges tus pies? ¿Saben estos ya en qué lugar quieren parar?

    ¡Duda, duda que pesada te vuelves! Tú siempre con ese lastre, siempre con la incógnita colgada de ti, siempre envuelta en el bullicio de lo que todavía no ha acontecido.

    Tú siempre portadora de la más envolvente fragancia. ¿Seguir andando?

    ¿Sí? ¿No? ¿Qué hacer?

    Di la espalda a esa horrible sensación, y comprobé cómo el movimiento se producía. Andaba sin saber a dónde me dirigía, no sabía ni tan siquiera si sería quien de llegar a algún lugar. Pero lo que realmente me parecía hermoso es que no me importaba, ni tan siquiera me preocupaba lo más mínimo.

    Tan solo quería seguir hacia adelante, no mirar atrás y continuar, eso era lo que anhelaba. Pasé un largo tiempo andando, no podría ser quien de precisar el tiempo trascurrido pero fue bastante. Así que paré en un lugar sin nada especial a tomar el aire, en ese instante comencé a cuestionarme algunas cosas sucedidas, pero sobre todas las cuestiones había una.

    -¿Qué es lo que ha ocurrido?

    Y mientras buscaba una respuesta miré hacia abajo, comprobé que mi puño se hallaba cerrado todavía. De repente, el reflejo de aquella imagen atrapando algo entre los granos negros vino a mí. Y sabía que aquello que permanecía en mi puño era el culpable de que me pusiese en movimiento.

    Abrí el puño poco a poco, como el que cazando una mariposa no quiere que se le escape pero tampoco quiere dañarla. Pues bien, fui abriendo y de repente pude comprobar como de él salía luz.


    ¿Qué puede ser esto que emana su luz y posee vida propia también?

    ¿Cómo puede ser que entre cientos de miles de negros granos de arena haya podido coger esto, que nada tiene que ver con esa arena?

    ¡ Ahí a vuelves a estar aquí! Tu siempre rondándome con todas tus sombras. ¡Ah traidora duda!

    Y sin más pensar cerré fuertemente el puño, y me puse nuevamente en movimiento. De esta manera la duda queda así en el olvido provocado. No tenía importancia ninguna hacia donde dirigía mis pasos, lo importante ahora era el movimiento que se llevaba a cabo. ¡Qué distinto me sentía!

    ¿A qué se puede deber este fluir de sentimientos? ¿Qué es aquello que me está ocurriendo?

    La respuesta llegó a mí en el momento en el que regresó el recuerdo de esas dos pequeñas semillas. Éstas eran ahora lo más importante ya que, gracias a ellas, yo estoy en movimiento. Hasta mí llegó un escalofrío al pensar que poseían luz y vida propia. Sentí que su energía era mucho mayor que toda aquella que en mi degenerado ser existía, por no nombrar la experiencia vital que yo no poseía, y de la que ellas estaban repletas. También mi experiencia erala que se puede tener estando en perpetuo silencio en medio de un negro desierto. Esto me llevaba a querer ver de nuevo esa mágica luz que estas dos pequeñas emanaban. Así fue cuando de nuevo abrí la mano. ¿Y qué es lo que estaba sucediendo en mi mano?



    Lo que sin podérmelo creer sucedía era que esas dos semillas habían eclosionado en maravillosas flores doradas que emitían dulces rayos de luz plateada a la vez que dorada. Era muy hermoso, pero lo que yo no esperaba es que enraizasen en mi mano. Al sentirlo se convirtió en algo casi espasmódico.

    Pero poco a poco este sentimiento recorrió mi cuerpo de pies a cabeza. Daba la firme sensación de haberme convertido en esa tierra, en la cual cualquier flor tiene la dicha de crecer y multiplicarse. Así pude ver como las raíces de ésta crecían y subían por mi brazo rumbo al corazón.


    Al momento caí al suelo, y pude sentir como las raíces ahondaban sus miembros en mi corazón. Comprobé como al momento comenzó a limpiarme, y así todo signo de oscuridad fue desapareciendo hasta no quedar más que una luz agradable y calentita reinando en mi corazón. Al instante comencé a notar que el amor más puro se hizo dueño de mi ser. Y todos mis sentimientos se volvieron nobles y sensatos.

    En ese preciso instante fui quien de darme cuenta del más asombroso de los sucesos. A cada paso que yo daba, ese oscuro desierto comenzaba a desvanecerse sobre sí mismo. Y así, esos improductivos granos de arena se transformaban poco a poco en la más fértil tierra. Olía a ese aroma de la tierra mojada, algo que me hizo recordar lo hermosa que es la vida.

     

    Mi movimiento ya no cesaba, y con él podía comprobar cómo la negra y preñada tierra daba a luz a la más hermosa y verde hierba. En mi memoria, no podía encontrar un rastro con el que poder comparar esta sensación.

    Comprobé cuán grande era el desierto, como ahora lo era el campo. Mis maltrechos pies me agradecían el movimiento, pues con él se producía la más leve de las caricias gracias a esa hierba.

    Me di cuenta de que ahora podía otear el horizonte y mirar todo lo lejos que le era posible a mis ojos. Cosa que antes mi horizonte tan solo eran las puntas de mis pies, y a veces ni tan siquiera eso. Y así, allá en la lontananza pude contemplar unas montañas, En ese mismo instante mi imaginación atrofiada comenzó a hacerse una idea de lo que allí podría haber, era muy difícil para ella, pero todo creó todo un resorte de plena hermosura.



    Así que me propuse saber si en realidad mi imaginación estaba en lo cierto, y marqué como meta el llegar a esas montañas. Imaginaba que una vez allí mi futuro se establecería en esas cumbres. No sabía si sería un futuro corto o para siempre. Pero lo que sí sabía, y no sé cómo, es que en cuanto allí llegase mis problemas dejarían de serlo.

    ¡Oh que delicia! El comprobar que cuando andas te desplazas. Pues cuando todo es igual que absurdo resulta el movimiento.

    ¡Ah que felicidad ahora! Este es un sentir que hace que me eleve y olvidé aquel lugar que ni tan siquiera ahora me gusta nombrar. Un sentir diferente me envuelve. Es ahora cuando comienzo a sentirme vivo. Y a todos digo,

    ¡Nunca más me conformaré tan solo con sobrevivir!

    Y con todo este puñado de grandiosas emociones la noche llego rápida y furtiva. Con ella el sueño vino a presentarme sus respetos. Qué emoción siento, pues ya nada es como antes, cuando en estos momentos me aterrorizaba el verlo llegar. Y así supe que ahora era todo lo contrario, y me deje llevar por los brazos de Morfeo. Las pesadillas espoleadas por los más negros secuaces no se presentaron esa noche. Tan solo las mieles de la paz y la más absoluta tranquilidad fueron quienes me acompañaron. 


     


    © Los demonios de un Ángel.

    Autor Domingo Herbella Rivero





         
    contador de visitas

    pagina web gratis