LA FAMILIA PINITO
Hubo una vez una familia llamada Pinito. Vivía en un pequeño bosque de árboles milenarios fuertes y frondosos.
La familia Pinito estaba formada por papá Pinito, mamá Pina y su hijo Pepito Pinito. Vivían todos juntos echando raíces junto a otros árboles, arbustos y flores.
Hasta aquí como otros pinos pero…la familia Pinito no era una familia de pinos convencional. Toda la familia llevaba gafas, y no sólo Pino, Pina y Pinito, también los abuelos, tíos, primos y demás familia Pinito.
Todos eran muy felices, o por lo menos hasta que su hijo comenzó a ir a la escuela. Pepito Pinito había crecido muy rápido y llegó el día de salir del bosque para aprender todo aquello que en un joven pinito debía saber.
El bosque donde vivían se encontraba algo alejado, Pepito tuvo que caminar varios kilómetros en su primer día de escuela. La familia Pinito le despidió, empañando, cada uno, sus relucientes gafas de madera.
Pepito caminó feliz hasta la escuela y allí se encontró con muchas caras nuevas. Unas eran más redondas otras más alargadas…todo dependía de los troncos y las ramas.
Dª Pinada, la maestra, pidió a Pepito que se sentara y así comenzó el primer día de escuela. Todos escuchaban atentamente las explicaciones de Dª Pinada, pues cada arbolito quería ser el mejor de su bosquecillo.
Mientras Pepito habría sus grandes ojos a través de sus gafas mirando a la pizarra, sintió las miradas de unos roblecillos que cuchicheaban. Pepito les miró y les sonrió. En ese instante unas sonoras carcajadas resonaron en la clase. ¡Lleva unas gafas enormes!, se escuchó después, y todas las miradas se clavaron en Pepito. Unas eran de mueca, otras de nada, otras de risa y otras de guasa.
Sin saber por qué, y por primera vez, Pepito se vio horrible con sus preciosas gafas , y se sintió más que como un arbolito se sintió como una astilla.
Dª Pinada les llamó la atención y ella también se puso unas enormes gafas. Hizo ver a todos que llevar gafas era no sólo normal, sino también necesario en algunos casos.
Pepito no entendía las risas, pues llevar gafas no era un chiste, todo volvió a la normalidad, sonó la campana para salir al recreo. Pepito se quedó apartado del resto de los arbolitos y se alimentó de los rayos de sol sin hablar con nadie, sin jugar y sin mirar. Sólo era capaz de dirigir sus ojos, para ver como sus raíces se encogían al pensar que tenía que llevar gafas. Las palabras de Dª Pinada no le consolaban y Pepito pensaba que sin ellas sería igual que los demás.
Al llegar a casa mamá Pina y papá Pino le estaban esperando ansiosos y amorosos. ¿Qué tal el primer día?, le preguntaron, y Pepito fingió para que no se notara su tristeza por las burlas que había recibido de sus compañeros arbolitos.
Al día siguiente, al despertarse, Pepito tuvo una idea, ya no llevaría gafas como toda su familia, y para que nadie lo notase, decidió quitárselas sólo en la escuela.
Así lo hizo, pero Pepito no pudo aprender las letras porque no las veía. No aprendió la canción porque eran notas borrosas, y no hizo amistad con los abetos, porque no podía tampoco ver a los acebos cuando jugaba al escondite con ellos.
Todo fue un desastre, ¡nada le salió bien aquel día!.
Al llegar a casa se encontró con toda la familia reunida, estaban también sus abuelos, que llevaban sus correspondientes gafas.
Las de su abuelo pino Piñones, estaban algo estropeadas y negras. Por un descuido se quemaron en un pequeño incendio que provocó el cristal de una botella dejada allí por un excursionista despistado.
Pepito cuando estaba rodeado de su familia, se sentía tranquilo y feliz, nadie se burlaba de él y no se sentía diferente. Su abuelo Piñones que conocía muy bien a su nieto, le abrazó con sus viejas ramas, y Pepito confesó triste su pesar.
Su abuelo le hizo entender que lo importante es sentirse bien con uno mismo por lo que es y no por lo que puedan decir. Le dijo también que sí seguía así, lo único que conseguiría era estropear lo que podría ser una feliz estancia en la escuela, con muchos amigos y amigas del bosque con los que jugar y aprender.
¡Pepito lo vio claro, más claro de lo que veía con sus gafas!
Llegó el día de regresar a la escuela, y otro día y otro, y Pepito siempre llevó sus gafas, e hizo mucho amigos. Así desde entonces, Pepito pudo ver mejor todas las mañanas, veía las montañas lejanas, las florecillas cercanas, y toda la sierra con sus gafitas de madera.
Pepito era feliz, podía ver de lejos hasta el perdigón de la perdiz, ningún pinito le tapaba, y aunque el bosque fuera frondoso todo él lo observaba alegre y orgulloso.
Pepito Pinito con sus gafas de madera, espera desde entonces contento a que llegue la primavera.
LEGNA