EMERGENCIAS
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  Real Cuerpo de Bomberos
Voluntarios de Santander
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La ciudad de Santander ha sufrido desde sus orígenes, y en varias ocasiones, la destrucción provocada por el fuego. Están documentados los muy graves de 1340 y 1435 además de otros menores. Muchos de ellos acentuados por el viento sur hacen que se extremen precauciones, como cuando en 1535 se
dispone:
         "…cuando arrecie el viento, se pongan cuatro guardas
 que velen toda la noche de a dos, y cada vecino lleve una
cántara de agua, cuando menos."

 

 

Más tarde el ayuntamiento de Santander dejó fijos a esos guardias, solo para la seguridad contra incendios, creándose el primer parque y el primer reglamento en el siglo XVIII.

 

Es en los primeros años del reinado de Isabel II cuando se dan los primeros pasos en la organización de los modernos Cuerpos de Bomberos en toda España.

En nuestra ciudad se comienza con una Compañía de Artilleros-Bomberos en 1834, y a lo largo del S. XIX sufrirán diversas reorganizaciones hasta llegar a ser un servicio más que el municipio pone a disposición de los santanderinos.
 
En el siglo XIX los bomberos de Santander habían aumentado en efectivos, material y dedicación.
En la tarde del viernes 3 de noviembre de 1893 explotaron buena parte de las 51 toneladas de dinamita que el carguero Cabo Machichaco almacenaba en sus bodegas mientras se encontraba anclado en los muelles de Santander.
El estallido provocó el derrumbe de los edificios inmediatos y desató numerosos incendios. La onda expansiva se propagó por toda la bahía y fragmentos de hierro al rojo salieron despedidos a kilómetros de distancia. La catástrofe provocó la muerte de alrededor de 600 personas y dejó heridas a más de 2.000. La misma noche del suceso, un grupo de voluntarios procedentes del valle de Iguña, Renedo y Torrelavega capitaneadas por Luis Bustamante y Quevedo se dirigieron a la capital para colaborar en las labores de extinción de los incendios que se habían desatado. Perecieron las máximas autoridades civiles y militares de la época, así como cerca de la mitad de la plantilla de bomberos existente y la única bomba de vapor en uso.
 
Este trágico suceso marcó un punto de inflexión en el sentir de los santanderinos y su ayuntamiento.
 
 
Un año después, aquella iniciativa espontánea dio lugar a la creación del Cuerpo de Bomberos Voluntarios de Santander, el primero de la península, cuya primera reunión fue celebrada el 10 de octubre de 1894, presidida por el entonces alcalde José María González Trevilla -presidente del consejo de administración sería nombrado Antonio Fernández Balandrón-. En 1901 Alfonso XIII concedería el título de Real a la institución y sería nombrado jefe de la misma.
 
La agrupación fue alojada en un edificio proyectado en 1899 por el arquitecto municipal Valentín R. Lavín Casalís. Las obras comenzaron en 1900 y fue inaugurado el 5 de enero de 1905.
El parque tiene planta cuadrada y está construido con sillería en el zócalo y fábrica de ladrillo revocado -que imita la piedra- en el resto. Presenta dos torres, una circular sobre la puerta principal y otra de planta cuadrada en la esquina contraria. Destaca tambien el patio interior, de planta poligonal y estructura de hierro.
 


Es obra de Lavín Casalis, de 1897, momento este en el que se nota en la ciudad una preocupación por dotarla de una serie de edificaciones funcionales como el mercado de la Esperanza o el propio ayuntamiento.
 
Posteriormente el incendio de la Ciudad de febrero del 41 supuso la pérdida de gran parte del patrimonio histórico y cultural, la desaparición de 37 calles, 400 edificios, 2.000 viviendas.
La estimación de daños en pesetas de la época superaron los 85 millones. Desaparecieron 14 hectáreas, casi un tercio de la ciudad consolidada.
 
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 Más de 10.000 personas, de una población cercana a 100.000 habitantes, se quedaron sin hogar.
 
 
Eduardo Delgado era hijo de bombero voluntario, su padre participó en la extinción del fuego. «Recuerdo que estábamos en casa, en el parque de los voluntarios. Mi padre era conductor y salió a a pagar una chimenea que estaba en llamas en la calle Florida, algo que era muy frecuente porque en las ‘cocinas económicas’ se quemaba de todo, desde serrín a las alpargatas viejas. Volvió de Florida y, al poco, tocó de nuevo la campana. Todos corrieron porque el incendio era entonces en la calle de Cádiz número 20. En el parque quedaron los niños y las mujeres. El jefe de los bomberos voluntarios era entonces Cañedo, un contratista de obras. Las noticias que nos llegaban a cada momento eran peores: el fuego había saltado Ruamayor y Ruamenor, a La Ribera y El Puente... Sólo se salvó la casa de Orán, la de la ferretería Ubierna, que acabada de ser construida. Llegaron en auxilio de Santander los bomberos de Vitoria, de Valladolid, de Palencia... en una semana, por orden militar, no se pudieron encender fuegos en las casas para cocinar. Mi padre y el resto de bomberos voluntarios faltaron de casa los dos días del incendio. Me acuerdo mucho de los días posteriores, con los bomberos tirando las paredes de las casas calcinadas y la reconstrucción de la zona siniestrada y los barracones en los jardines de Pereda, en la plaza del Ayuntamiento, en la Plaza de Pombo y en la Alameda Primera. Desaparecieron 376 edificios en catorce hectáreas, se quemaron 6.000 pisos, afectó a 30.000 personas, desaparecieron 500 comercios y las pérdidas fueron de 250 millones de pesetas de 1941. El fuego se dio por terminado a las 40 horas, luego sólo quedaron rescoldos y pequeños focos. En dos días desapareció todo el centro histórico de Santander, fue terrible».
 
Incendio 1941 desde Ciudad Jardín
 
A la extinción de este descomunal incendio se fueron sumando Cuerpos de Bomberos de diversas ciudades como Torrelavega, Bilbao, Burgos, San Sebastián, Valladolid, Palencia, Oviedo, Gijón y Madrid.
El ejército realizó la voladura de varios edificios para detener el avance del fuego en la zona de la calle Tantín.
No hubo desgracias personales a excepción del bombero madrileño Julián Sánchez.
 Julián Sánchez García y tenía 38 años. Era el bombero número 148 que se trasladó con urgencia desde Madrid hasta Cantabria para enfrentrarse al  incendio que asoló Santander en 1941. 
Ejecutando tareas de derribo en las Atarazanas (durísimas y con los escasos medios de la época) Julián no pudo evitar que le cayera encima parte de la pared de uno de los edificios en ruinas. Sus compañeros asistieron horrorizados a la escena. Rápidamente se le llevó al hospital y no murió en el acto: fallecería el 28 de febrero tras permanecer ingresado en Valdecilla, donde el personal sanitario hizo todos los esfuerzos posibles para salvarle.
Al conocerse la noticia, una infinita pena se apoderó del pueblo santanderino. El cadáver de Julián fue despedido, en gran manifestación de duelo popular, como paradigma de solidaridad. Su cuerpo fue trasladado en tren a la capital de España acompañado por cuatro bomberos en representación de los dos parques. Uno de ellos, el conserje del Parque de Bomberos Voluntarios de Santander, Nicanor Martínez.
"Un hombre que vino a ayudarnos, cuya memoria quedó aquí para siempre"
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