Vergel de la Alcarria





CRÓNICAS



El pasado 17 de octubre de 2013 el programa De Andar por Guada, del canal de televisión Guadalajara, emitió un reportaje sobre Aranzueque. 
Aquí os dejamos el enlace para los que no pudisteis verlo.

Aranzueque

Durante una década casi completa (1980-1989) el autor de este reportaje, fue visitando, semana tras semana y uno por uno, los 431 lugares de la provincia de Guadalajara, villas, pueblos y ciudades, en los que existía un número mayor o menor de habitantes. Su fin no era otro que publicar en el periódico “Nueva Alcarria” el reportaje correspondiente de cada uno de ellos. Fue un proyecto largo y laborioso, colmado de vivencias y de anécdotas, que se vio cumplido felizmente.
Estamos próximos a que se cumplan los primeros treinta años del inicio de aquella especie de locura que, con el título de PLAZA MAYOR, fue sacando del anonimato a centenares de pequeños pueblos de esta provincia castellana, en una especie de destello instantáneo en el que el lugar y sus gentes fueron los únicos protagonistas.
Los pueblos han cambiado mucho de entonces a hoy; ha disminuido su número de habitantes y el soplo de la modernidad y del confort los ha ido revistiendo con una nueva imagen. Una buena parte de los personajes que irán apareciendo ya no cuentan en el mundo de los vivos, y muchas de las razones, sucesos y anécdotas contadas por ellos, corren el riesgo de pasar al olvido como parte valiosa de nuestra cultura rural.
(Guadalajara, 3 de diciembre de 2008)

Ayuntamiento. Plaza Mayor, 1981

A esas horas en las que la tarde comienza a romper, inoportunas siempre para andar en solitario por los soñolientos caminos de la Alcarria, uno encuentra como un remoto placer, como una inefable sensación de bienestar, al encontrarse de nuevo con las tierras que configuran la vega baja del Tajuña.
Aranzueque nos da la bienvenida con todo el optimismo de una moderna ciudad veraniega, nimbada de vegetación y de luz; dejando adivinar, no obstante, por encima del ramaje tupido de la alameda, la otra realidad, la perdurable, la que le confiere su vieja y noble condición al otro lado del río. La carretera por la que uno acaba de entrar con todo el calor de la tarde, atraviesa el pueblo zigzagueando y se convierte a su paso en calle principal. Media docena de hombres juegan al mus sentados cómodamente a la sombra de uno de los barecillos de la Puerta del Sol, que es el sitio por donde en Aranzueque se entra a la plaza, a su sorprendente Plaza Mayor, que preside la torre cuadrada del Ayuntamiento.
El bar del Moreno, uno de los dos que aparecen situados en cada acera de la Puerta del Sol, es un establecimiento reducido, donde la gente se encuentra cómoda tomando cerveza y copas de coñac; un barecillo repleto de colgaduras que van, desde una chaquetilla de torero a un nido de urraca, desde un estoque de matar en los ruedos a un jamón de Teruel, pasando por todo un muestrario de carteles evocadores y fotografías del nunca bien ponderado mundillo de los toros. El dueño se llama Alejandro.
-¿De dónde sacó todo esto?
-Pues hombre, afición que tiene uno. ¿Es que no se nota?
-Pero es todo muy original. Además, se ve que alguno de estos personajes es amigo suyo.
-Algunos sí; ese mismo que tiene usted ahí en el retrato estuvo en mi casa hace poco. Ahora nos han traído una ganadería de reses bravas aquí cerca, al monte Mon, con vistas, debe ser a las fiestas de todos estos pueblos. Por aquí hay mucha afición.
-¿Y esos nidos, tienen algo que ver con la fiesta?
-No; pero me gustan. El de golondrina lo he hecho yo con mis manos, y el de urraca lo traje hecho del campo y lo colgué ahí.
En el confortable barecillo del Moreno, uno tuvo a bien dejarse, sin apenas hablar con nadie, una buena parte del sopor con el que entró, consumiendo sin prisa su botellita de refresco, entre la mirada lánguida de Manolete dando la vuelta al ruedo, y la sonrisa aparatosa de don Alfonso del Real, en sendas fotografías colgadas de la pared.
-Aquí vivió Saleri, ¿sabe usted? Sí, en esa casa que hace esquina. Ahora vive su hijo, y la hija, que suele venir los fines de semana.
Aranzueque está intentando romper una lanza en favor de la música tradicional que marchó a mejor vida hace unas cuantas décadas, sin perspectiva posible de acoplamiento en la actual concepción materialista en la que nos desenvolvemos. Empeño nobilísimo, el de traer cada noche a cada esquina los viejos compases de la jota y de la seguidilla, de la poesía y del incontaminado amor de nuestros antepasados en las noches serenas de la Alcarria.
-El problema más gordo que se nos ha presentado fue el conseguir un local para los ensayos; porque, lo que es entusiasmo por parte de la gente, no falta.
-¿Y ya lo consiguieron?
-Lo hemos conseguido, porque hay un vecino, Venancio López,
que nos ha cedido un local gratuitamente y lo ha puesto en condiciones, también por su cuenta. Yo creo que nunca terminare­mos de agradecérselo.
-¿Qué es lo que han hecho hasta ahora?
-Lo primero que se hizo fue la inauguración del local, con un buen grupo traído de Madrid. Luego se organizó la sociedad que ya cuenta con ciento cincuenta socios, y ahora, empezaremos a trabajar hasta que consigamos que se reconozcan nuestras rondas que fueron hace años, sin duda, las mejores de la comarca.
-¿Existe alguna particularidad musical propia del pueblo?
-Aquí se cantó mucho la jota, muy similar a la de todas partes; pero, además, está la seguidilla, que esa sí tiene un carácter muy personal de aquí. Siempre, claro está, acompañada con música de cuerda.
Después de la conversación con Julián Salas, muy entusiasma­do ante la posible realidad musical que se vislumbra, uno prefiere dejar el ambiente cordial de la Puerta del sol y marcharse callejeando por las aceras en sombra, sin rumbo fijo. La Plaza Mayor de Aranzueque es de las que merecen un especial tratamiento, una de las más bellas plazas que el visitante conoce; una plaza que se engalana con la estampa recortada de la Casa Consistorial, su torre impecable para dar la hora, su olma centenaria y una fuente moderna, rematada en triple farola ante la que, por su dificultad para conseguirlo, uno decide marcharse sin beber.
En el pretil de la iglesia la fogosidad del día se suaviza con el vientecillo que sube de la vega. A la sombra de los árboles es aquel un lugar apacible, que de puro al alcance de la mano la gente no ha debido descubrir aún. Desde aquel mirador, la vista se va por encima de la variopinta coraza de los
tejados hasta perderse en la deliciosa hondonada donde comienza a tomar cuerpo y vida la Ribera Baja. La portada renacentista de la iglesia conserva esculpidas viejas inscripciones en honor de Santa María. El templo está cerrado, silencioso, solitario, acusando tal vez en su silencio la falta irreparable de su grandioso retablo mayor que perdió para siempre. Abajo, por el valle, se oye el ronco sonar de las máquinas de trabajo guiadas por hombres, hijos quizá de aquellos labradores de otros tiempos. Alrededor, los cerrucos grises de la Alcarria.
La calle del Norte parte de los aledaños de la iglesia y va a perderse por extramuros con dirección al cerro Capirucho. Los amables habitantes de la calle del Norte se salen a la puerta en grupos de buena vecindad y van de un lado para otro con la conversación, hablando de lo primero que se les ocurre.
-Pues mire usted, si en vez de venir hoy viene el 5 de septiembre, tendría que irse a aparcar el coche a Valdarachas.
-No será tanto. En cada pueblo su fiesta es la mejor.
-No, no; usted pruebe. A ver si lo que le digo no es verdad.
-¿Cuál es el Patrón de Aranzueque?
-Santo Domingo de Guzmán. Antes se celebraba el 4 de agosto; pero por los trabajos del campo se tuvo que cambiar al 4 de septiembre. Al contrario que en otros sitios.
-Entonces tienen el mismo Patrón que en Loranca.
-Sí señor, el mismo; pero no vaya usted a comparar.
-¡Ah! Pues allí tengo entendido que se gastan medio millón cada año en las fiestas de agosto.
-Sí, por lo menos. Y usted se lo habrá creído. Mire, los jóvenes de Loranca se vienen aquí los sábados. Y de eso de gastarse, nada de nada. En Loranca son más agarraos que un chotis.
-¿Qué pasa? No se entienden bien.
-Ni bien, ni mal. Antiguamente había sus más y sus menos entre los
dos pueblos. Ahora, nada. Aquí, con los pueblos que mejor nos llevamos es con Armuña y con Hontoba; de toda la vida.
-También se habrá quedado esto sin gente.
-No; este pueblo no se ha deshecho como otros. Fuera habrá sólo una parte. Todavía tenemos jóvenes que van de tractoristas, y hay vida aquí. La gente se ha ido, sí, pero no es eso de quedarse el pueblo vacío; ni de qué.
El coloquio con don Tomás Moreno y con todo el grupo de vecinos de la calle del Norte es largo y amistoso; una conversa­ción relajante y familiar, sentados, sin que el tiempo cuente para nada a la sombra de la pared. Rosa Mari Cortés sacó a relucir, un poco por encima, el sabor añejo de las leyendas que a nadie hoy se le ocurriría creer, pero que si alguien no las ataja terminarán
perdiéndose para siempre.
El cerro del Moro está hueco por dentro. No sé si es que los moros lo emplearon como refugio, y cuentan muchas cosas que pasaron allí. Luego está la Peña del Judío, que según nos decían antes, había escondido un tesoro y lo guardaba una culebra muy grande. Ya nadie habla de esas cosas; no sé porqué. Los jóvenes del pueblo seguramente que no lo han oído nunca.

Aranzueque, visto sin más durante las horas fuertes de un verano prematuro, es un pueblo hermoso y con ganas de vivir, que escogió para levantarse uno de los rincones más privilegiados de la provincia; donde la gente, pienso yo, debe sentirse a gusto, aferrada a su campo, a su riqueza costumbrista, al esplendor de su sol que mima cada mañana y cada tarde aquella simpar ribera de la Alcarria.
(N.A. Julio, 1981)

Aranzueque se renueva

En la orilla derecha del río Tajuña, en su confluencia con los arroyos que desde Yebes y Alcohete bajan de la meseta alcarreña, asienta este populoso lugar dedicado al regadío. Bien cuidadas sus calles y edificios todos, muestra la señal de una vida moderna adornada de los restos elocuentes de su pasado.

Como una oferta de viaje para estos días que son de tradición y asueto, el valle del Tajuña se muestra ya radiante de verdor y fuerza de la naturaleza. Es el momento ideal de acercarse hasta Aranzueque, máxime porque tras la restauración que ha recibido su templo parroquial, luce ahora con su fuerza renacentista y sus formas y escudos bien tallados. No lleva más de 20 minutos desde la capital, y se puede aprovechar a pasear luego por las riberas del río o subir a los cercanos cerros con sus vistas espectaculares sobre el valle.

VEGA

Tuvo Aranzueque su origen en un antiguo castro ibérico que coronaba el llamado hoy Cerro de los Moros, donde aún se ven restos de edificios, en lo que llaman el Castillejo; también see ve la entrada de una cueva o túmulo funerario, y algunos restos esparcidos de necrópolis y cerámicas. De allí se trasladaría el poblado, en tiempos más seguros, al llano.

Durante la Edad Media perteneció a la jurisdicción de Guadalajara, y fue el rey Juan II quien donó el lugar al marqués de Santillana, en prueba de agradecimiento por los múltiples servicios prestados durante sus campañas contra aragoneses y navarros. Don Iñigo se lo dejó en herencia a su hijo del mismo nombre, primer conde de Tendilla, y en esta rama de los Mendoza, más tarde marqueses de Mondéjar, quedó incluida como una pieza más de su señorío.

Durante las guerras carlistas del siglo XIX jugó un importante papel la villa de Aranzueque. En el primero de estos enfrentamientos civiles, en septiembre de 1837, las tropas del absolutista y pretendiente al trono don Carlos estuvieron a punto de entrar en Madrid. El general Espartero, contraatacando desde Alcalá, le hizo huir, a través de las llanuras alcarreñas de Santorcaz y El Pozo, hacia el valle del Tajuña, quedando reunidos el 19 de septiembre en los alrededores de Aranzueque, los hombres, cansados y no muy veteranos, de don Carlos, quien personalmente les dirigía. Espartero tomó el pueblo, y situando una batería en la explanada de la iglesia, cañoneó al enemigo, que huyó desordenadamente y ya por completo vencido, en dirección de los norteños reductos del carlismo. Se ha fijado, pues, a la batalla de Aranzueque, como uno de los principales puntos de la victoria de los liberales en la primera guerra carlista. La acción, de todos modos, no pasó de ser sólo un descanso a la defensiva de las tropas absolutistas que ya caminaban en decidida retirada.

Hay que hablar, siempre que se hace de Aranzueque, de su curiosa toponimia. Es nombre raro que recuerda un tanto al euskera, de donde dicen algunos que procede. Se documenta ya en 1221 como Arancuech y cinco años después como Aranzuel, y su oirgen euskera parece ser claro, al tener su primera parte constituida por elm vocablo “Aranz” que significa Espino, y el sufijo “ueque” que procede de “occu” lugar de… lo cual significaría realmente Aranzueque = lugar de espinos,  donde abundan los espinos. Según García Pérez procedería de la palabra “Aranzuelo” que tendría el valor de río. Pero nos inclinamos por la primera interpretación, que procede de Ranz Yubero, aunque modulándola en el sentido de que no sería esta de Aranzueque palabra propiamente euskera sino que, como ocurre con todas las palabras y toponimos de raigambre vasca, serían primeramente palabras iberas, autóctonas, que pasarían al euskera, donde se han mantenido como propias.

 


La imagen de Aranzueque

El aspecto del pueblo ha evolucionado en los últimos años, modernizándose. Tiene una ancha plaza mayor, en la que destaca su castizo ayuntamiento, y la torre del reloj. Una casa señorial, que llaman del Indiano, con escudo de armas sobre la puerta, en la que dice la tradición que comía y descansaba Fernando VII cuando viajaba a los baños de La Isabela.

La iglesia parroquial es un buen ejemplo de ese modo de hacer tan característico del reinado del Emperador Carlos I, en el que las trazas góticas se combinan con los detalles renacentistas. La iglesia es de tosco aspecto al exterior, con una portada en cuyo frontón se ven tallados grutescos, la fecha de 1533, y los escudos de línea italianizante del arzobispo toledano don Alonso de Fonseca, que fue quien patrocinó esta construcción y la alentó con esos detalles renacentistas que antes había dejado en sus obras colegiales de Salamanca y Santiago. Tiene esta fachada un conjunto portalado que asombra por lo delicado de sus tallas platerescas y lo infrecuente de su distribución, que, en todo caso, recuerda a muchas obras de Toledo y su reino y circunscripción inmediata. Por cartelas y frisos se distribuye una frase en honor de la Virgen María, que dice “Ave Maria / Gratia Plena / Regina Angelorum Dona”. No se conoce el nombre de quien firmara esa fachada, pero es seguro que fuera arquitecto originario o con obra abundante en Toledo.

IGLESIA

El interior es de tres naves, separadas por gruesas pilastras a las que se adosan columnillas estilizadas que rematan en corridos capiteles. El presbiterio culmina con una bella crucería de piedra, y la nave principal remata con un gran artesonado de tradición mudéjar, pero realizado al mismo tiempo que el resto del templo, en la primera mitad del siglo XVI.

Nada queda en su interior de cuantas obras de arte atesoró en siglos pasados, muestra de la importancia que tuvo Aranzueque. El retablo mayor, magnífico y monumental conjunto de pinturas y tallas con figuras y escenas religiosas, era obra de dos artistas de Guadalajara, quienes lo ejecutaron en 1564: Pedro Barrojo, escultor, y Pedro López de la Parra, pintor. En el fondo del templo había un pequeño altar con tablas de principios del siglo XVI, donación de Lucía Ballestero. Poseía aún esta parroquia dos obras magníficas del escultor José Salvador Carmona: un grupo de La Piedad, firmado y fechado en 1772, y otro grupo del mismo tema, pero más pequeño, en la capilla de los Pardos, llamada de los Indianos, en la que hubo, entre otras joyas, una buena colección de tapices flamencos.

Tiene también algunos elementos curiosos Aranzueque que debe buscar el viajero en su periplo andarín por la villa. Por ejemplo, el monumento al labrador, que es una especie de grande y grueso  pairón con una elemento agrícola en su frente. O la gran fuente del siglo XIX que luce en una de sus plazas al norte de la villa. Es una preciosa pieza que da carácter al ámbito en el que se centra. Finalmente, el viejo puente sobre el río Tajuña es otra pieza que merece verse. Como las arboledas que le rodean. Todo un conjunto de sorpresas que darán justificación a un viaje, aunque sea breve, pero que servirá para dejar prendido este espacio de pura Alcarria en el corazón y la memoria de quien ahora lo vea.

Herrera Casado (Rumbo a Guadalajara, marzo 2008)

 

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